lunes, 9 de octubre de 2017

1917-2017: el centenario leninista de toda Rusia












1917-2017
Acerca del centenario de la revolución rusa 
O cómo fue hitada la civilización greco-latina


¿Cómo se lograría enserir categorialmente, a la historia de las revoluciones sociales, la política discursiva materialista (incluso discutiéndose la «forma monista» como problemática metodológica habida entre académicos), si trata especialmente acerca de una revolución rusa y soviética que resultó en contradictorio económico de otros mundos del análisis histórico, anticomunista o revisionista , a su vez, como de tantos otros procesos revolucionarios contemporáneos anteriores?

Fuente hemerográfica: 
GRAMSCI, A. (1919, junio 7). S. a. «El precio de la historia» en URL: http://www.gramsci.org.ar/1917-22/07-precio-de-la-hist.htm (Acceso 2017, julio 17)
Primera Edición: artículo publicado en L´ORDINE NUOVO. Rassegna settimanale di cultura socialista, de 7 de junio de 1919|Año I|N° 5|Torino
Nota ecdótica. El artículo en lengua española asumido como escopo discursivo se revisa comparativamente de las fuentes hemerográficas siguientes en lengua italiana: i. de la transcripción del artículo «La taglia della storia» en URL: http://www.nuovopci.it/classic/gramsci/taglia.htm y ii. del facsímil del artículo «La taglia della storia» en URL: http://www.centrogramsci.it/riviste/nuovo/ordine%20nuovo%20p1.pdf (págs. 31-32). El artículo de A. GRAMSCI en lengua española ―presentado como objeto de trabajo en coordenadas geopolíticas― se halla editado con el propósito didáctico de contextualizar sus enunciaciones. Esa fuente hemerográfica, a su vez, remite a texto y cotexto sin edición docente.



Por Pablo PALLAS
ESCOLIO. A pesar de los pesares, el marxismo-leninismo rebosa de vigencia política si el objeto histórico tratante es el propósito emancipatorio latinoamericano (advertencia esta que supieron formular investigadores materialistas, primero J. C. MARIÁTEGUI al discutir 7 ENSAYOS DE INTERPRETACIÓN DE LA REALIDAD PERUANA y luego R. ARISMENDI en su opus Lenin, la revolución y América Latina). De alguna manera, el centenario leninista de la revolución rusa, si es analizado su aniversario en coordenadas geopolíticas latinoamericanas, se refracta en las múltiples poblaciones suramericanas superexplotadas (una situación política grave, incluso sin incorporarle las temáticas esclavistas que resurgen del propio capitalismo tardío tercermundista). La revolución rusa, su estirpe leninista, se arraiga en las poblaciones suramericanas que latinoamericanizan sus reivindicaciones sectoriales, las distintas totalidades académicas, ambientalistas, campesinas, comunitarias, étnicas, parlamentarias, partidarias, sexuales, síndicas (obreras y estudiantiles), sociales, religiosas, etc., necesariamente conformadas mediante alguna coordinación política de sus desarrollos en lo nacional, lo regional, o propiamente hemisférico y enfrentándose a una hegemonía neocolonial en el plano de las relaciones internacionales. Podría asumirse que si la revolución rusa de los bolcheviques comenzó en la norteña Petrogrado (conocida como San Petersburgo hasta el año de 1914 y como Leningrado a partir de 1924, para posteriormente desistir de sus nomenclátores anteriores y volverse San Petersburgo nuevamente en el año de 1991 aunque prevaleciendo oficialmente su lema de «Leningrado, ciudad heroica»), donde hubo sustantivos levantamientos obreros, los de 1905 contra el zarismo, y siendo que sus revueltas se continuarían y expandirían hacia sus múltiples repúblicas y etnias para conformar un «pueblo soviético» contra la beligerancia y progreso de una dictadura militar prozarista, en cierne durante 1917, y ante la impavidez de un gobierno provisorio demócrata-burgués que no poseyó condiciones para defender una nueva institucionalidad resueltamente anti-oligárquica también se yergue a su vez del otro lado del mundo, en América, una gesta de siglo XIX que se hallará históricamente confirmada en el levantamiento armado de la sociedad cubana de 1957 contraria al tirano F. BATISTA y posteriormente en playa Girón, donde su revolución antillana, de raigambre antiimperialista y martiana, derrotó la invasión estadounidense de la administración EISENHOWER (quien autorizó la Operación Pluto con que se incursionaría de manera piloto en el reconocimiento aéreo con satélite espía y una propaganda negra que amedrentara mediante Radio Swan a la población isleña), siendo continuada con una guerra económica, anteriormente iniciada contra la primera república socialista habida en la geopolítica caribeña y latinoamericana. Las formas anti-neoliberalistas de emancipación nacional, implicadas en los anti-reformismos macroeconómicos, finalmente resultan orientadas, no de manera automática, sino en su necesaria dialéctica histórica, hacia un enfático antiimperialismo. Y este antiimperialismo es una convicción independentista posible de fundamentar aunque nada sencilla de promover en los territorios latinoamericanos, si se reconocen las desapariciones forzadas habidas y probadas, los arrestos injustificados a periodistas, o su procaz asesinato, las fosas comunes clandestinas con inhumaciones que se cuentan de a centenas, el allanamiento a centros de comedor o de biblioteca comunales, o incluso a alguna sede de organización político partidaria, así como a la residencia privada de algún activista de derechos humanos con el propósito neoliberalista y fascista de configurar el mito de un «enemigo interior», así como la proliferación temeraria de presos políticos, siendo especialmente nativos anti-capitalistas y mujeres dirigentes sociales ejecutadas, alguna de estas víctimas nativas incluso hasta es integrante del Parlasur, muchas de estas poblaciones nativas han resultado sistemáticamente vulneradas, quedándoles escasos supervivientes, etc., es una sangrienta historia de mártires políticos, el martirologio de los explotados, a quienes de manera lábil además se priva de sus derechos civiles mediante meras «resultantes administrativas». Estos hechos políticos devenidos de democracias panamericanistas no ya de siglos anteriores, XIX o XX, sino en pleno siglo XXI proliferan de manera deliberada: los casos de Argentina, Brasil, Colombia, Honduras, México, o Paraguay, entre otros, podrían acaso ayudar a una clarividencia de esas persecuciones y asesinatos a activistas sociales, a trabajadores organizados como síndicos mediante una organización atributiva de sus representaciones, como central única de trabajadores y de ordenamiento clasista y antiimperialista, (unidad obrera que es históricamente contraria sin duda al infantilismo de reducirse a corpúsculos distributivos, algo propio de intelectualoides pequeñoburgueses, de ideólogos meramente propatronales, de esquiroles o amarillistas pasotas). A los estudiantes, a los periodistas, a los representantes comunitarios, etc., a las distintas totalidades sociales aunadas pues con el «mundo asalariado», es a quienes no se los ha atendido como «noticia» por parte de los oligopolios de la comunicación periodística. Algo esperable, puesto que esas sociedades anónimas no son más que aparatajes de propagandismo especializados en un anticomunismo generalista, actualmente operado a partir de guerras no convencionales y de cuarta generación enfocadas en esa fantasmagoría que es el «peligro rojo» de las emancipaciones nacionales. El neoliberalismo suramericano de primera generación se expresó en una regresión industrial continentalizada durante la década de 1980 y rezumada de crisis económicas influidas por organismos de intermediación financiera hasta principios de siglo XXI. Una segunda generación de neoliberalismo tendrá por contexto económico, así, una disminución continuada de establecimientos industriales y de empleabilidad (claro que esta segunda vuelta no podría confabularse en las condiciones fascistas o de sola manu militari del de primera generación, ni mediante una administración pinochetista en Chile, ni mediante una conflagración anglo-argentina a causa de un archipiélago atlántico invadido con flota perteneciente a la NATO). Empezaría a concretarse mediante golpes de estado parlamentarios como el dado en Brasil contra la administración ROUSSEFF (proceso anti-latinoamericanista continental, asociado a fiscalías que operan judicialmente mediante prototipos de anti-corrupción y de derechos humanos) y que se refractan políticamente en un tipo de desregularización y precarización de las relaciones laborales capaz de retrotraer a la población asalariada a condiciones de trabajo propias de siglo XIX aunque inmersa en una incipiente cuarta revolución industrial que los neoliberales conjeturarán a partir de suposiciones metafísicas de desaparición del trabajo, en tanto que la conclusión leninista implica reconocer las condiciones objetivas para conformar una sociedad comunista de superproducción de riquezas que pruebe el economismo anacrónico de reducir la antropología del trabajo a «mercancía». Este neoliberalismo de segunda generación en suramérica ―la hipotética de su consumación jurídica― es aún más irracional en sus formas posibles de arqueología institucional que las relaciones serviles habidas en la Rusia preleninista (en la América Latina y Caribeña de siglo XXI se tiene a 42 millones de personas en condiciones de hambruna, así es presentada por la FAO esta situación de deterioro que además entiende como universalmente progresiva en su informe de 2017 a pesar de haber en el planeta Tierra alimentos suficientes para las poblaciones). El neoliberalismo exacerba pues el carácter mismo del sistema capitalista: se fabrican cosas que benefician a pocos (alimentos, calzados, condominios, medicamentos, etc.), para que esas cosas sean inaccesibles a muchos (carentes de alimentos, de medicamentos, de viviendas, el listado resultaría extenso).  Es un neoliberalismo de segunda generación que se ampara ―si acaso vale metodológicamente una historiografía antiimperialista― en un identitarismo imperial entramado en las hipotéticas delirantes del «mundo blanco». Ese mundo imperialista supura de ortogramas racistas, de una historia de asentistas que es identificable si se remeda a G. HORNE como netamente contrarrevolucionaria y en la que además se amparará la moralina del conquistador capitalista (los propietarios esclavócratas de siglo XVIII o los confederados de siglo XIX, o la inteligencia gubernamental anti-panteras negras de siglo XX se confirman, así, históricamente, posteriormente, en la burguesía oligopólica neoliberal anti-latinoamericanista de siglo XXI que se expresa contraria a la emancipación bolivariana en territorio venezolano y a la de otras naciones, mediante la USAID, la NED que de alguna manera reemplazará la operatoria encubierta que antaño realizara la CIA, la RAP, etc., incluso cooptando «cipayos» en estamentos de representación gubernativa, síndica, o de empresas de comunicación, para retrogradar las gestas independentistas nacionales y antiimperialistas, de manera similar a como fuera ejecutado anteriormente contra Chile, Granada, Guatemala, o Nicaragua). Es pues a partir de un imperialismo racista que es posible identificar las persecuciones políticas instauradas contra las multiplicadas formas de negritud social (refractadas, más que en un fenotipo de piel, en el asalariado superexplotado, en el desempleado, en el desplazado forzoso, en el nativo desterrado, en el transexual reducido al ostracismo, incluso en el plano castrense, y, en general, en las multiplicadas poblaciones neocolonizadas). Es una legitimación de racismo-y-capitalismo que se aplica como ortopedia plutocrática por parte de un imperialismo oligopólico que recrea y renueva su fascismo en las condiciones de las fake news (tecnología declarativa de noticias apócrifas que podría acaso hacer perecer a su propio inventor). Y con ese veneno esparcido, especialmente sobre la conciencia histórica de clase, se abate a poblaciones enteras para procrastinar toda revolución social anti-capitalista que acaso fuese políticamente posible. Esas fake news (posible de retrotraerlas al propagandismo contrarrevolucionario y esclavócrata de siglo XVIII que supeditó los derechos civiles a los del comercio y que de territorio caribeño se desplazará a territorio continental norteamericano), es aplicado en el siglo XXI para el despliegue operatorio de guerras no-convencionales y de cuarta generación. Y es que las celebraciones mundiales del centenario de la revolución leninista se hallan inmersas, claro que de manera no-convencional, en una tercera conflagración mundial claramente propensa a los desequilibrios regionales (la «balcanización», o la geopolítica de los conflictos regionalizados, se sustenta tanto de corpúsculos terroristas como de la conformación artificiosa de separatismos étnicos). Y su progressus continúa, puesto que toda confrontación imperialista contemporánea finaliza en el anticomunismo y sus multiplicadas formas emancipatorias. Así, para evitar estas emergencias antiimperialistas que hacen a la propia existencia y construcción de historia, la plutocracia intenta configurar una cuarta beligerancia verdaderamente universal con que pretende reconstituir la institucionalidad de los estados nacionales en función del mundo de los oligopolios (la geopolítica del pacífico, netamente talasocrática, demuestra ese propósito irracional que conduce necesariamente al ontocidio; e.g., se tiene el caso harto notorio aunque no único del bloqueo económico imperialista que se ejecuta contra una RPDC que avanza hacia el desarrollo de su sociedad comunista y la unión pacífica de Corea, a pesar de impedírsele su libertad de «comunicación» con Occidente: Uriminzokkiri es un canal oficial de la RPDC rescindido durante 2017 por YOUTUBE). La tecnología discursiva de las fake news como operatoria de un complejo industrial de comunicación colectiva, o, al menos, de reconcentrada coordinación ideológica de una política de comunicación por parte de las empresas de comunicación destacadas internacionalmente disipa hasta su aniquilamiento la convicción diplomática de una «moral internacional» (aquella que e.g. en América del Sur supo promover la administración YRIGOYEN de República Argentina en la década de 1920, y, concomitantemente con otro principio fundamental que es el de la «autodeterminación de los pueblos», a instancias de una Sociedad de las Naciones que como organización diplomática era la respuesta internacional que la administración WILSON de Estados Unidos de América daba en el año de 1918 a la emergencia de la revolución bolchevique de Rusia). No obstante, las revoluciones emancipatorias anti-neocolonialistas en el tercer mundo, luego de V. LENIN, se han multiplicado algo que se comprende, claro, si se revisa esta primera centuria, como un resultado socialmente pertinente e históricamente razonable.

Se ha sucedido un siglo de aquella pretérita Rusia imperial de terratenientes y servidumbre, así como de insipientes industriales. La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (la otrora URSS, constituida en el año de 1922) logra irrumpir en el mundo de las naciones de siglo XX. Resultó de un proceso emancipador comunista que asume el poder en el año de 1917 con su Comité Militar Revolucionario (órgano del Soviet de diputados obreros y soldados de Petrogrado). Ejecutan la rendición de un gobierno provisional que se había desligado de reivindicaciones económicas sustantivas, como lo era la entrega de tierra a los campesinos ―exigencia revolucionaria que definitivamente contrarió los intereses de clase de una nobleza rusa virulenta en los estertores de su poderío. Ese gobierno provisional era un conglomerado de liberales que presidiría inicialmente el príncipe G. Y. LVOV (proclive, a lo sumo, a un proceso reformista democrático-burgués); resultó fomentado por una aristocracia que disolvía su Duma, como una forma política de pos-zarismo que se intentó. Fue la resultante de la abdicación de Nicolás II Románov, no en vano conocido como el autócrata, a favor de su hijo el zarevich Alexei (aunque, ocurría a su vez que mientras obreros y solados derribaban a aquella monarquía en plena guerra civil, su burguesía autóctona durante el gobierno provisional que se instauró querría haber entregado el poder político al hermano del zar dimitente: el gran duque Miguel). El último zar legaba un binomio luctuoso. A toda Rusia involucró en la primera guerra mundial, debido a la relación comprometida que mantuvo con la Triple Entente y sus aliados (conformada como «tercer sistema», resultante imperialista asimismo de los sistemas bismarckianos). Esto diezmó a sus súbditos, los abatimientos y heridos a causa de los combates se contabilizarían de a cientos de miles y su concomitante hambruna terminaría de asolar a sus poblaciones. Aquel gobierno provisorio, increíblemente, no sólo continuó con la estrategia bélica del zar; se orientó de manera infructuosa, asimismo, al intento de liquidar a los bolcheviques, a los propios movimientos de obreros, a los de soldados y a los de campesinos que habían forjado durante décadas anteriores la decisión política de unificarse como clase e incluso de tomar las armas, de ser necesario, y así lo hicieron, para supervivir y librarse de las formas de opresión de los señores feudales, harto conocida por los siervos, o de la explotación capitalista sufrida por los propios jornaleros en las fábricas y en los yacimientos. No obstante, hubo un terrateniente a finales de siglo XIX que sí reconocería aquella opresión insana que padecía la servidumbre rusa: el conde León TOLSTÓI. En esta época revolucionaria logran imponer los trabajadores y los desheredados, a comienzos de aquel convulsionado siglo XX, su derecho a una insurrección, gestada en el anti-feudalismo y el anti-capitalismo y que calará con hondura en la historia de las naciones debido al bienestar social que se obtendría (la URSS consagró en un breve arco histórico múltiples derechos de raigambre leninista: la jornada laboral de ocho horas, las vacaciones anuales pagadas, la educación secundaria y superior al amparo de su gratuidad, la educación para la población preescolar,  la atención médica al amparo de su gratuidad, la vivienda también en condiciones de gratuidad, la imposibilidad de despido al trabajador sin el consentimiento de su propia clase social organizada en lo síndico y lo partidario, la garantía de empleo a la persona graduada, el usufructo del transporte terrestre en condiciones de gratuidad para garantizar la movilidad de la persona a su trabajo o instituto de enseñanza, etc.). Los propios soldados ya no atendían a las jerarquías de un gobierno provisional que apenas perduró meses, diluyéndose estrepitosamente, además, el apoyo político y moral de quienes otrora fueran sus «electores» dado que no había «paz», o «pan», ni «tierra». Esa era una exigencia que sí se hallará formulada en la octavilla propagandista bolchevique, aparecida al defenderse Petrogrado contra la División Salvaje de L. KORNILOV avanzaban sus regimientos de cosacos incluso con tanques británicos ante la ineptitud de ese gobierno provisorio dirigido entonces por A. KERENSKY, quien nada hizo contra aquel ataque―. Y a pesar de haberse vencido a KORNILOV por parte de los propios trabajadores, KERENSKY ordenará que se los disuelva como organización de consejos obreros y de soldados; intentó aniquilar a esos mismos soviets que habían defendido Petrogrado. Los trabajadores asumen aquella defensa citadina mediante el Instituto Mayor de Defensa. El lema bolchevique se encarnó estratégicamente en la población rusa: ¡Proletariado, aprende a manejar el fusil! (a pesar del intento de apresar nuevamente a LENIN, durante su clandestinidad logró dirigir mediante sus camaradas I. STALIN, Y. M. SVERDLOV, V. M. MOLOTOV y G. K. ORDZHONIKIDSE― un VI Congreso del Partido Bolchevique que planearía, secretamente en Petrogrado, el levantamiento armado del pueblo ruso contra sus opresores). Los ministros capitalistas de KERENSKY carecerían de representatividad. Derrocar a la monarquía con el propósito de instaurar la primera revolución socialista implicó estratégicamente, pues, desestimar el apoyo a aquel gobierno provisional fijado en la estrategia belicista de la Triple Entente. Comienzan los revolucionarios comunistas a librar a sus poblaciones del vasallaje, al que durante centurias se hallaron subsumidas. El propio campesino hasta la década de 1860 no sería capaz de ninguna sindéresis distributiva (en el año de 1861, el zar Alejandro II aboliría ese régimen de servidumbre del que se valió su cuerpo dinástico, aunque la explotación servil se mantuvo de manera encubierta, así como el endeudamiento progresivo y explícito del campesinado con los terratenientes, debido a su relación con la baja rentabilidad de las parcelas que se adquirían por expropiación a precios sobrevalorados en millones de rublos); al amparo y con la condescendencia de la ortodoxia religiosa, en esa tierra rusa aún sin Constitución, el siervo doméstico, o el sometido a la corvea, o el que pagara renta, ni siquiera habría podido casarse, ejercerse en una ética esponsalicia, sin la previa autorización de su terrateniente. En el año de 1879 era notoria ya la proliferación del propagandismo revolucionario entre los campesinos, dado el descontento político habido ante la carente distribución de tierras. Habrá después un parlamento nuevo, clasista, en un siglo XX incipiente. Instituyéndose en el antiimperialismo, internacionaliza su admirable alarma leninista contra del absolutismo desplegado por una dinastía zarista divinizada y sus posteriores liberales (el censo identificaría al zar como «terrateniente» con posesión de más de la mitad de toda la tierra de Rusia, unos 6 mil millones de acres)  ―una alarma que alcanzó además a sus adláteres, devenidos de una arraigada aristocracia boyarda, de un clero funcional al régimen monárquico y de un aparato de burócratas que correspondía su tecnología discursiva con una instrumentalidad jurídica definitivamente parcializada―. El zarismo había instaurado un sistema militarizado de asesinato de trabajadores, al mando del gran duque Vladímir (tío del último zar). Las quejas salariales de los obreros peterburgueses llegarían hasta el mismísimo Palacio de Invierno, para resultar ahogadas en el fuego zarista de su infantería (esa jornada se conocería como «el domingo de sangre» de 1905). Fue necesario de esta manera que  aquellos jornaleros defendiesen, organizándose en la clandestinidad, su derecho a la libertad política: los militares rusos del zarismo en el año de 1903 persiguieron y desaparecieron a obreros en Yaroslavl, Petersburgo, Riga, Rostov del Don y en Zlatoúst. Alrededor de 40 mil presos políticos del zarismo morirían en el encierro. No obstante, ni aquel terror zarista ni el posterior terror que instauraran los revolucionarios demócratas burgueses logró detener este otro proceso revolucionario comunista que ya había comenzado a gestarse en las últimas décadas de siglo XIX. Esto, a pesar de que en el año de 1896 ―durante las huelgas de verano― la dirigencia obrera ya había sido diezmada mediante asesinatos compulsivos ejecutados por el aparato represivo del zarismo. Se deportaba a los obreros para evitar nuevos reagrupamientos síndicos; se los enviaba de las capitales a centros industriales de provincias. Las represiones anti-obreras continuarían, en el año de 1912 los mineros en Siberia se proclamarían en huelga: se los asesinó en pleno campo de trabajo. Luego de gigantescas proezas obreras, una nueva época comienza para la civilización: el sistema capitalista es desbordado por un sistema social radicalmente distinto, posible de fundar a partir de repúblicas socialistas capaces de abolir dos mitos económicos inmanentes a la imaginación burguesa de aquello que entienden que es el mundo y que se refractan, además, en su aparato de Estado como «estado burgués». El primer mito: hay una supuesta necesidad de defender la propiedad privada (impide que los bienes fundamentales de las naciones, su riqueza patrimonial, pertenezcan colectivamente, como correspondería con el agua potable, la riqueza mineral, el conocimiento científico, los bienes de la industria, etc.). El segundo mito: hay una supuesta necesidad de mantener relaciones caóticas de producción, donde el sujeto de trabajo vive antropológicamente reducido a la mercancía (es un progreso confundido con una libertad de comercio donde las hogazas de pan no se producen para alimentar acaso a quien nunca debería hallarse hambriento, puesto que su producción se degenera para servir como mercancía, para servir a la sola contingencia de la venta; algunos, así, en ese esquema de enriquecimiento, poseen palacios aunque haya una muchedumbre que apenas resuelve su habitación en asentamientos humanos irregulares, indignos a cualquier persona). El mundo político ya no volverá a ser el mismo. Ahora la democracia burguesa envuelta en sus ortogramas de libertad reconoce históricamente a su verdadero enemigo político y no lo serán los reyes o príncipes a quienes se guillotinara con esmero en siglos anteriores, ni tampoco el clero: le preocupará el marxismo-leninismo y especialmente su dictadura del proletariado (i.e., el proceso de apropiación del poder económico de una clase explotadora rusa a quien se le arrebataba, diluyéndose una dictadura militar que intentaron imponer los zaristas con tanques británicos al mando de KORNILOV, sin lograrlo puesto que la dirigencia política comunista lo contrarrestaría junto con obreros, campesinos y soldados), asunto que criticará A. SCHAFF, en base a la experiencia nacional polaca, debido a que aquella «dictadura del proletariado» históricamente necesaria para el bolchevismo tendría una interpretación esquizofrénica posteriormente en otras geo-antropografías, europeas o africanas, así lo entenderá este teórico materialista, puesto que siendo un «modelo de socialismo» universalizado, luego de instaurada su revolución de octubre que fuera asediada por múltiples intereses imperiales,  terminaría por ser un proceso geopolítico deformador de aquel comunismo que teorizó K. MARX y F. ENGELS en el manifiesto de 1848 y que impediría además como resultante de su equívoco ideológico la «libertad individual» en el bloque soviético. No obstante, ¿qué libertad política hubiese podido obtenerse por parte de los bolcheviques cuando los contrarrevolucionarios vencían una y otra vez a finales de siglo XIX e inicios de siglo XX, mediante la masacre de una población desarmada y el aislamiento de las barriadas obreras? En esa contrarrevolución, los soldados integrantes del Primer Regimiento de Ametralladoras atendió el llamado a brindar apoyo militar a los obreros sublevados y se los acusaría de felonía por quienes representaban la política zarista devenida en democrático-liberal (igualmente estos presos políticos serían poco después liberados de sus calabozos por los propios bolcheviques). El Estado Mayor de la organización militar bolchevique fue atacado. El Comité de Petrogrado del partido bolchevique fue destruido. El ministro de justicia y de guerra, el ministro de la marina, entre otros, operaban políticamente con KERENSKY favoreciendo el interés monárquico. KERENSKY autoriza la orden para el restablecimiento de la pena capital tanto en el Ejército como en la Marina. La revolución comunista devendría en una antítesis última, al menos, en relación a las anteriores revoluciones que constituyeron a la civilización greco-latina. Incluso, claro que de manera generalísima, hasta podría conjeturarse que aquella gesta resultó involucrada en la transformación misma de una arqueología institucional que durante milenios remitía a esquemas de intercambio entronizados en las variadas formas históricas habidas de «explotación del hombre por el hombre». ¿Libertad? ¿Libertad para qué?: si hay una libertad de lucro para los ricos, ¿esa es la libertad? LENIN analiza la democracia en condiciones adjetivadas, así como el «ambiente democrático» o la «amplia democracia» de una organización política. Discute la exigencia democrática de la socialdemocracia alemana no solo en relación a la autocracia rusa que oprimía al vasallaje y a sus obreros sino, a su vez, en relación a la valoración moral de los intercambios. Y discute la conformación democrática de una organización política en relación al movimiento emancipatorio comunista en las condiciones de la clandestinidad, desdoblándola en dos rasgos fundamentales: i. el carácter público de todas sus operaciones y ii. el carácter electivo de la dirigencia para tales operaciones. Y lo formula en sentido apagógico. Aunque debe destacarse que el «ejercicio democrático» per sé, al menos como ortograma absoluto de la organización de los intercambios de un estado es desestimado para la práctica clandestina. La propia regulación de las decisiones políticas se resuelve mucho más como posición moral, antes que en la sola exaltación del altruismo espontáneo: «El único principio de organización serio a que deben atenerse los dirigentes de nuestro movimiento ha de ser el siguiente: la más severa discreción conspirativa, la más rigurosa selección de los afiliados y la preparación de revolucionarios profesionales». ¿Pero a qué remite después de todo la democracia de las repúblicas burguesas, o de las naciones democrático republicanas en el sistema capitalista? A intereses de clases y no a meros sesgos democráticos que si es necesario se suprimen u omiten. Aunque se introyectan y refractan institucionalmente, es innegable (e.g. mediante toda una doctrina jurídica verdaderamente valiosa). No obstante, no implica esto que acaso resulten perpetuamente miscibles. ¿De no ser así, cómo habría sido posible acaso tanto despliegue de maldad insolente en un siglo XX donde un hombre como Nelson MANDELA, entre muchos otros hombres, mientras se hallaba encarcelado y vejado por el régimen del apartheid, al procurar la libertad política de los trabajadores negros sudafricanos, estuviese identificado como terrorista hasta el año de 2008 por los gobiernos de Estados Unidos de América? ¿O cómo es posible que la única potencia bélico-industrial que se ha valido de bombas atómicas, para el aniquilamiento de civiles en el imperio del Japón, haya sido Estados Unidos de América, no habiéndose documentado, nunca, arrepentimiento ninguno en relación con la barbarie acometida? ¿Cómo es posible que tales prácticas, radicalmente inmorales, se hayan legitimado como relaciones asimétricas de estado? ¿En aras de la libertad? ¿De una «libertad para qué», respecto de quiénes y en relación a la conformación de qué Derecho? Es un objeto de trabajo teórico la libertad, i.e. el desplazamiento de la cosa en sí a la cosa en sí cognoscible como cosa en sí para nosotros no solo hipostasiado a causa del relato literario y los centones que se valen de un anterior utopismo, sino también debido al embrollo teórico en que se envuelve, notorio incluso en el neoliberalismo discursivo circundante, y de la catacresis que conlleva su sentido político y esto, así, sin más morfología, solo ridiculiza su análisis (asunto que preocupó a MARX en el año de 1868 y que resultara retomado por LENIN en el año de 1914). Y es que incluso su análisis remite a intereses de clases envueltos en la razón de Imperio (o en la categoría de imperio, entendida incluso como entimema del discurso democrático capitalista, así como se podría acaso discutir, mediante otras formas, respecto de la democracia esclavista de la Época Clásica, etc.). Esto, igualmente no logra concluirse, acaso, como una negación mediocre de la «democracia» (la más de las veces, sólo revisada como objeto lisológico de las relaciones republicanas de estado), en pos de alguna erudición moral (la revolución comunista no se reduce a la República de Sócrates o a algún otro areópago antidemocrático ensimismado en su sabiduría); simplemente refiere a que LENIN se niega a que la propia democracia, incluso como objeto de trabajo teórico y por tanto político y entonces necesariamente adjetivable, sea reducida a oclocracia ―si se quiere, a un actual fundamentalismo democrático primermundista―. Después de todo, hasta los reyes son demócratas, si acaso esa Democracia ampara sus intereses de clase, e.g. en la forma jurídica de una monarquía constitucional (de Estado, como el caso del Reino de España que reaccionó impidiendo un referendo en relación a su territorio catalán que otra vez ha intentado la secesión). En estas cuestiones, LENIN discreparía con la intelectualidad marxista que le resultara contemporánea, como R. LUXEMBURGO o L. TROTSKY o A. PANNEKOEK. Un intelectual estadounidense como N. CHOMSKY más recientemente concluyó a LENIN como un oportunista político. Esta suposición anarquista no es una retrospectiva suficiente (máxime si se considera para tal denominación moral que hay incluso formas de anarquismo neoliberalista en el siglo XXI, especialmente en el campo de las criptodivisas). Y es que el leninismo en su condición dialéctica de ensamblaje de intereses políticos― no reduce al marxismo las cosas del mundo (aunque esto posteriormente no se comprendió en lo relativo a cuestiones estéticas o metodológicas en general, si se atienden las observaciones teóricas de ARISMENDI), sino que aplica a las cosas del mundo un criterio de relación marxista incluso si los intercambios habidos objetivamente continúan produciendo capitalismo (se vale de aquel estadio de materialismo histórico que refluye como organización de lo político partidario de las naciones, incluso si se hallan sumidas en la degradación moral de sus necesidades sociales e individuales). Es el materialismo histórico con que construye conocimiento conceptual acerca del capitalismo (y operatorio de sus oposiciones concretas con que puede darse forma al socialismo, es una posibilidad, como su contradictorio). Se investiga el capitalismo, sus totalidades necesarias, y, no se lo contrapone a resoluciones o presuposiciones volitivas, sino a la categoría de imperialismo, respecto de aquellas decisiones políticas que confirmaran dominarlo histórico-institucionalmente, hasta su aniquilamiento como sistema (esto, si se asume la simpleza de concebir que todo sistema social es, respecto de aquella historia económica de que resulta, un sistema enantiológico). Conjeturar que el ejercicio gubernativo de los soviets (o consejos de obreros, campesinos y soldados), es acaso una vuelta al zarismo, siendo que esto el anarquismo lo ha supuesto, si no, incluso fue supuesto como mero totalitarismo, implicaría adjetivar a la revolución rusa mediante meros ortogramas democráticos, ignorándose que LENIN si algo no podía hacer es ejecutar de motu proprio las decisiones políticas que sólo se confirmaban en condiciones de parlamento, hallándose antagónicos a un belicismo imperial que junto con la propia población rusa rechazaban aunque la democracia de los terratenientes e industriales pretendería continuar una primera guerra mundial como fórmula para la libertad, donde el terror de la dictadura militar para restaurar el zarismo que aquellos demócratas burgueses y príncipes no enfrentaron, debió contrarrestarse necesariamente con el terror revolucionario de la dictadura del proletariado, puesto que el enemigo de clase al amparo de capitales ingleses o franceses no entendía que debiera acaso entregar ninguna de las riquezas que explotaba en la propia Rusia. Y así fue cómo la historia del mundo asalariado empezaría a transformar la deontología del obrero y del oprimido, de una manera que nunca antes revolución alguna hubiese logrado. El 10 de octubre el Comité Central del Partido Bolchevique debatía el levantamiento armado. Se aprueba la posición leninista de organizar el Comité Militar Revolucionario. LENIN, retornado secretamente de la clandestinidad asume la dirección del levantamiento comunista. El llamamiento a las armas fue publicado. «A los ciudadanos de Rusia: ¡El gobierno provisional cayó!». El poder del estado es asumido por las autoridades de obreros y soldados soviéticos de Petrogrado. Es media mañana, 25 de octubre de 1917 en el anterior calendario juliano. Ahora, aquella gesta de dignidad de una clase obrera emancipada por la vía teórica del marxismo, se ha vuelto semilla prolífica. LENIN sin que esto implique un sentido mitificado, o mágico, sino de necesaria cocina política ha sido multiplicado como los panes y los peces que no se acaban. 
















El precio de la historia
A. GRAMSCI

¿Qué reclama aún la Historia al proletariado ruso para legitimar y hacer permanentes sus victorias? ¿Qué otro precio sangriento, qué más sacrificios pretende esta soberana absoluta del destino de los hombres?

Las dificultades y las objeciones que la Revolución proletaria debe superar se han revelado inmensamente superiores a las de cualquier otra Revolución del pasado. Estas tendían tan sólo a corregir las formas de la propiedad privada y nacional de los medios de producción y de cambio; afectaban a una parte limitada de los elementos humanos. La Revolución proletaria es la máxima revolución; porque quiere abolir la propiedad privada y nacional, y abolir las clases, afecta a todos los hombres y no sólo a una parte de ellos. Obliga a todos los hombres a moverse, a intervenir en la lucha, a tomar partido explícitamente. Transforma fundamentalmente la Sociedad; de organismo unicelular (de individuos-ciudadanos) la transforma en organismo pluricelular; pone como base de la Sociedad núcleos ya orgánicos de la Sociedad misma. Obliga a toda la Sociedad a identificarse con el Estado; quiere que todos los hombres sean conocimiento espiritual e histórico. Por eso la Revolución proletaria es social; por eso debe superar dificultades y objeciones inauditas; por eso la Historia reclama para su buen logro precios monstruosos como los que el pueblo ruso se ve obligado a resistir.


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La Revolución rusa ha triunfado hasta ahora de todas las objeciones de la Historia. Ha revelado al pueblo ruso una aristocracia de estadistas como ninguna otra nación posee; se trata de un par de millares de hombres que han dedicado toda su vida al estudio (experimental) de las ciencias políticas y económicas, que durante decenas de años de exilio han analizado y profundizado todos los problemas de la Revolución, que en la lucha, en el duelo sin par contra la potencia del zarismo, se han forjado un carácter de acero, que, viviendo en contacto con todas las formas de la civilización capitalista de Europa, Asia y América, sumergiéndose en las corrientes mundiales de los cambios y de la historia, han adquirido una conciencia de responsabilidad exacta y precisa, fría y cortante como las espadas de los conquistadores de imperios.

Los comunistas rusos son un núcleo dirigente de primer orden. Lenin se ha revelado, testimonian cuantos le han conocido, como el más grande estadista de la Europa contemporánea; el hombre cuyo prestigio se impone naturalmente, capaz de inflamar y disciplinar a los pueblos; el hombre que logra dominar en su vasto cerebro todas la energías sociales del mundo que pueden ser desencadenadas en beneficio de la Revolución; el hombre que tiene en ascuas y derrota a los más refinados y astutos estadistas de la rutina burguesa.

Pero una cosa es la doctrina comunista, el partido político que la propugna, la clase obrera que la encarna conscientemente y otra el inmenso pueblo ruso, destrozado, desorganizado, arrojado a un sombrío abismo de miseria, de barbarie, de anarquía, de aniquilación en una prolongada y desastrosa guerra. La grandeza política, la histórica obra maestra de los bolcheviques consiste precisamente en haber puesto en pie al gigante caído, en haber dado de nuevo (o por primera vez) una forma concreta y dinámica a esta desintegración, a este caos; en haber sabido fundir la doctrina comunista con la conciencia colectiva del pueblo ruso, en haber construido los sólidos cimientos sobre los que la Sociedad comunista ha iniciado su proceso de desarrollo histórico; en una palabra: en haber traducido históricamente en la realidad experimental la fórmula marxista de la dictadura del proletariado.

La Revolución es eso, y no un globo hinchado de retórica demagógica, cuando se encarna en un tipo de Estado, cuando se transforma en un sistema organizado del poder. No existe Sociedad más que en un Estado, que es la fuente y el fin de todo derecho y de todo deber, que es garantía de permanencia y éxito de toda actividad social. La Revolución es proletaria cuando de ella nace, en ella se encarna un Estado típicamente proletario, custodio del derecho proletario, que cumple sus funciones esenciales como emanación de la vida y del poder proletario.


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Los bolcheviques han dado forma estatal a las experiencias históricas y sociales del proletariado ruso, que son las experiencias de la clase obrera y campesina internacional; han sistematizado en un organismo complejo y ágilmente articulado su vida íntima, su tradición y su más profunda y apreciada historia espiritual y social. Han roto con el pasado, pero han continuado el pasado; han despedazado una tradición, pero han desarrollado y enriquecido una tradición; han roto con el pasado de la historia dominado por las clases poseedoras, han continuado, desarrollado, enriquecido la tradición vital de la clase proletaria, obrera y campesina. En eso han sido revolucionarios y por eso han instaurado el nuevo orden y la nueva disciplina. La ruptura es irrevocable porque afecta a lo esencial de la historia, sin más posibilidad de vuelta atrás que el desplomamiento sobre la sociedad rusa de un inmenso desastre. Y era esta iniciación de un formidable duelo con todas las necesidades de la Historia, desde las más elementales a las más complejas, lo que había que incorporar al nuevo Estado proletario, dominar, frenar, en las funciones del nuevo Estado proletario.

Se precisaba conquistar para el nuevo Estado a la mayoría leal del pueblo ruso; mostrar al pueblo ruso que el nuevo Estado era su Estado, su vida, su espíritu, su tradición, su más precioso patrimonio. El Estado de los Soviets tenía un núcleo dirigente, el Partido comunista bolchevique; tenía el apoyo de una minoría social, representante de la conciencia de clase, de los intereses vitales y permanentes de toda la clase, los obreros de la industria. Se ha transformado en el Estado de todo el pueblo ruso, merced a la tenaz perseverancia del Partido comunista, a la fe y la entusiasta lealtad de los obreros, a la asidua e incesante labor de propaganda, de esclarecimiento, de educación de los hombres excepcionales del comunismo ruso, dirigidos por la voluntad clara y rectilínea del maestro de todos, Lenin. El Soviet ha demostrado ser inmortal como forma de sociedad organizada que responde plásticamente a las multiformes necesidades (económicas y políticas), permanentes y vitales, de la gran masa del pueblo ruso, que encarna y satisface las aspiraciones y las esperanzas de todos los oprimidos del mundo.


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La prolongada y desgraciada guerra había dejado una triste herencia de miseria, de barbarie, de anarquía; la organización de los servicios sociales estaba deshecha; la misma comunidad humana se había reducido a una horda nómada, sin trabajo, sin voluntad, sin disciplina, materia opaca de una inmensa descomposición. El nuevo Estado recogió de la matanza los trozos torturados de la sociedad y los recompuso, los soldó; reconstruyó una fe, una disciplina, un alma, una voluntad de trabajo y de progreso. Misión que puede constituir la gloria de toda una generación.

No basta. La Historia no se conforma con esta prueba. Formidables enemigos se alzan implacables contra el nuevo Estado. Se pone en circulación moneda falsa para corromper al campesino, se juega con su estómago hambriento. Rusia se ve cortada de toda salida al mar, de todo intercambio comercial, de cualquier solidaridad; se ve privada de Ucrania, de la cuenca del Donetz, de Siberia, de todo mercado de materias primas y de víveres. En un frente de diez mil kilómetros, bandas armadas amenazan con la invasión; se pagan sublevaciones, traiciones, vandalismo, actos de terrorismo y de sabotaje. Las victorias más clamorosas se convierten, mediante la traición, en súbitos fiascos.

No importa. El poder de los Soviets resiste. Del caos que sigue a la derrota, crea un poderoso ejército que se transforma en la espina dorsal del Estado proletario. 

Presionado por imponentes fuerzas antagónicas, encuentra en sí el vigor intelectual y la plasticidad histórica para adaptarse a las necesidades de la contingencia, sin desnaturalizarse, sin comprometer el feliz proceso de desarrollo hacia el Comunismo.


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El Estado de los Soviets demuestra así ser un momento inevitable e irrevocable del proceso ineluctable de la civilización humana; ser el primer núcleo de una nueva sociedad.

Y puesto que los otros Estados no pueden convivir con la Rusia proletaria y son impotentes para destruirla, puesto que los enormes medios de que el capital dispone ―el monopolio de la información, la posibilidad de la calumnia, la corrupción, el bloqueo terrestre y marítimo, el boicot, el sabotaje, la impúdica deslealtad (Prinkipo), la violación del derecho de gentes (guerra sin declaración), la presión militar con medios técnicos superiores― son impotentes contra la fe de un pueblo, es históricamente necesario que los otros Estados desaparezcan o se transformen al nivel de Rusia.

El cisma de la especie humana no puede prolongarse mucho tiempo. La humanidad tiende a la unificación interior y exterior, tiende a organizarse en un sistema de convivencia pacífica que permita la reconstrucción del mundo. La forma de régimen debe ser capaz de satisfacer las necesidades de la humanidad. Rusia, tras una guerra desastrosa, con el bloqueo, sin ayudas, contando con sus únicas fuerzas, ha sobrevivido dos años; los Estados capitalistas, con la ayuda de todo el mundo, exacerbando la expoliación colonial para sostenerse, continúan decayendo, acumulando ruinas sobre ruinas, destrucciones sobre destrucciones.

La historia es, pues, Rusia; la vida está, pues, en Rusia; sólo en el régimen de los Consejos encuentran adecuada solución los problemas de vida o de muerte que incumben al mundo. La Revolución rusa ha pagado su precio a la historia, precio de muerte, de miseria, de hambre, de sacrificio, de indomable voluntad. Hoy culmina el duelo: el pueblo ruso se ha puesto en pie, terrible gigante en su ascética escualidez, dominando la voluntad de pigmeos que le agreden furiosamente.

Todo ese pueblo se ha armado para su Valmy. No puede ser vencido; ha pagado su precio. Debe ser defendido contra el orden de los ebrios mercenarios, de los aventureros, de los bandidos que quieren morder su corazón rojo y palpitante. Sus aliados naturales, sus camaradas de todo el mundo, deben hacerle oír un grito guerrero de irresistible eco que le abra las vías para el retorno a la vida del mundo.



LiNks nOw!