domingo, 4 de octubre de 2009

Aportaciones teóricas de la filosofía alejandrina

Delirios de la poderosa superstición
Debilidades de la Escuela de Alejandría

¿Qué reflexiones comprenderían los «tipos invariables» de las cosas, en tanto objeto de interés con el que se pretendió discutir la existencia del logos?


Alejandría

Se aplica el nombre de Escuela de Alejandría a la sucesión de filósofos, que desde el siglo III de la era cristiana hasta fines del siglo V pretendieron unir la filosofía griega con la oriental. Denominada ecléctica o neoplatónica la filosofía alejandrina es colocada entre el mundo pagano y el cristiano (correspondiendo en ello a la posición geográfica de la misma ciudad de Alejandría y poniendo así de manifiesto una de las afinidades del mundo material con el moral), se refiere a uno y a otro; procede de Platón y de Pitágoras, del Oriente y de la Grecia, de los gnósticos y de los cristianos, intenta resumir y restaurar la antigüedad e inunda a la vez de idealismo y de misticismo toda la Edad Media cristiana. Aún fructifican semillas de la Escuela de Alejandría en el Renacimiento del siglo XVI que si reviste principalmente caracteres artísticos, lleva dentro de su seno factores y elementos de aquella gran cultura (V. Bruno, Biog.). Procede la Escuela de Alejandría, al menos en el sedimento de que dimanan todas las evoluciones de la cultura, del genio helénico, es decir del primer pueblo del mundo antiguo por el alto vuelo de su pensamiento filosófico y por el alcance de su inspiración artística, prácticamente expresada en el ritmo inalterable de la belleza clásica. Para el conocimiento de sus múltiples evoluciones, no huelga ninguna de las muchas referencias que pueden hacerse acerca de las fuentes, que afortunadamente abundan (V. Ritter, Philosophie ancienne, t. III y IV; Vacherot, Histoire de l'Ecole d'Alexandrie, 3 vol. en 8º; J. Simon, L'Ecole d'A1exandrie, 2 vol. en 8º. Ravaisson, Essai sur la Métaphysique d'Aristote, t. II; Zeller, Philosophie grecque; Matter, Histoire de l'Ecole d'Alexandrie; Meiners, Consideraciones acerca de la filosofía neoplatónica [alemán]; Boutterweck, Memorias de la Sociedad de Gotinga; Ribot, Revue Philosophique). Los caracteres más generalmente acentuados de la filosofía alejandrina son el eclecticismo y el misticismo.




Título: Ágora | Director: Alejandro AMENÁBAR | Año: 2009 | País: España | Duración: 99.18 min.


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Termina la denominada filosofía griega con Zenón y Epicuro en el escepticismo, cuyo último periodo es señal evidente y clara de la falta de virilidad y reflexión del espíritu helénico y también signo de decadencia de la filosofía como antecedente cronológico de las tendencias eclécticas, que acusan por lo menos un paréntesis o punto de parada del genio filosófico. Es necesario considerar este periodo como punto de transición de la filosofía griega a la alejandrina, y si señala la muerte temporal del pensamiento helénico, indica a la vez su reaparición con más ricos y complejos elementos, que preparan la laboriosa gestación debida al sincretismo greco-oriental. La filosofía alejandrina o neoplatónica consta, aparte de factores menos importantes que rellenan el formalismo escolástico, de los siguientes elementos primordiales; la Dialéctica platónica, según la cual se concibe cúpula y remate del procedimiento el bien supremo; la unidad primera pura y absoluta de Parménides, unida al principio de la filosofía oriental del proceso o emanación; la inteligencia como el principio de que emana el Verbo (el Logos) y con él el alma, principio de movimiento, y las ideas, tipos invariables de las cosas. Los principales representantes de la filosofía alejandrina son (aparte de su fundador Ammonio Sacca) el metafísico Plotino, el lógico Porphyro, el teósofo Jamblico y Proclo. Expongamos el problema fundamental que late en la Escuela de Alejandría, prescindiendo de la audacia de los métodos, de la sutileza de los principios, de la incoherencia de las teorías, de la misteriosa oscuridad de las fórmulas y del abuso del lenguaje metafórico, y adelantando la advertencia (necesaria para disponerse a una crítica imparcial) de que uno de los errores que más serie de ellos se ha producido en el Neoplatonismo, dimana de que los alejandrinos abrigaron la loca pretensión de ser más apóstoles y teósofos que pensadores y filósofos. El esqueleto de todo este ropaje aparatoso puede ser expresado en estos términos sencillos: el Neoplatonismo tiende a conciliar la doctrina aristotélica con la platónica, combinándolas con el principio de la filosofía oriental de la emanación. Para intentar esta síntesis recorre el Neoplatonismo, en un periodo de cuatro siglos, todo el círculo de las especulaciones metafísicas y resume las doctrinas de todas las escuelas que le precedieron. Como jugo sinovial, que conexiona entre sí los más graves problemas filosóficos, cual condensación de todas las dificultades del pensamiento en la primera y principal, el Neoplatonismo, que viene nutrido de la enseñanza platónica y que necesita tener en cuenta la aristotélica, se encuentra entre el idealismo (el Platonismo), que suprime lo individual (pensado como el no-ser) y el empirismo (la filosofía peripatética), que no concibe la realidad de lo universal (a no ser en el pensamiento estimado como el único acto puro y perfecto), entre la Metafísica que lleva al Panteísmo y la Psicología que termina en el Antropomorfismo: Platón contra Aristóteles y viceversa, tal es el problema que late en toda la Escuela de Alejandría. 

Este problema, que se ofreció en sus comienzos como pura cuestión de método, hoy se extiende a más amplios horizontes y lleva, mediante la fuerza progresiva de la indagación crítica, a una completa renovación de la ciencia y de la vida. Se halla esta cuestión planteada de antiguo en la historia del pensamiento. Adopta la escuela Jónica el método inductivo, parte de la observación de los fenómenos sensibles y llega a formular por generalización las leyes del universo, en opuesta dirección al rumbo seguido por la escuela Itálica, que parte de la idea más general para proceder luego por vía de deducción. Se reproduce de nuevo esta cuestión por los dos pensadores más profundos de la Grecia. Admitiendo Platón nociones anteriores a las percepciones sensibles, conceptos típicos o ideas, y afirmando que la filosofía consiste en el conocimiento de lo universal y necesario, lo ve todo a priori y relega de la ciencia el testimonio de los sentidos que da sólo el conocimiento de lo variable. Por el contrario, Aristóteles, procediendo siempre à posteriori, atiende predominantemente a los conocimientos relativos (sensaciones), los cuales adquieren un carácter universal y necesario (científico), mediante las formas lógicas o especies inteligibles (ideas) que son leyes internas de la razón, y no tipos eternos que existan realmente, como pensaba Platón. El predominio de cada una de estas dos escuelas dividió constantemente el pensamiento filosófico de la Edad Antigua, reapareciendo la cuestión en la Edad Media con la célebre querella entre nominalistas y realistas. En la Edad Moderna, Bacón, recomendando la experiencia y el método inductivo, es el precursor de Locke, quien sistematizando el célebre principio peripatético (cognitio nostra primum incipiat in sensu) es a su vez el maestro del siglo XVIII. En sentido inverso Descartes, comentando a Platón y exponiendo la teoría de las ideas innatas, da origen al movimiento idealista que se señala en todos sus discípulos, y aun cuando más tarde Leibniz, en su genio vasto y conciliador, aspira a concertar a Locke con Descartes y a Aristóteles con Platón, se decide sin embargo por el último. Queda así en pie la cuestión, subsistiendo la división del pensamiento en dos opuestos bandos. A la solución, aunque relativa y parcial, impuesta por exigencias lógicas y metafísicas, encaminó todos sus esfuerzos la Escuela de Alejandría, si bien en las consecuencias que infiere de toda su doctrina muestra preferencia por el idealismo platónico de lo cual procede el nombre que se le da de Neoplatonismo. Muestra en efecto su concepción general del problema muchas analogías, salvo las diferencias de tiempo y cultura con el vuelo atrevido del pensamiento especulativo en el idealismo alemán. Escuela la de Alejandría más erudita que original, no olvida nunca, ni aun en sus más audaces especulaciones, la tradición de sus maestros, renovando incesantemente las doctrinas de Platón y Aristóteles con formas, no sólo distintas, sino más comprensivas. Amplía y explica ante todo la Escuela de Alejandría, la doctrina de Platón. Para ella la dialéctica no queda reducida a un simple procedimiento lógico, ni la teoría de las ideas equivale a una clasificación abstracta de los seres en géneros y especies; la idea es el tipo acabado, el ejemplar eterno de todas las realidades perecederas, que toman su existencia de aquel género (que son congéneres). Según es la universalidad de la idea, que determina la Dialéctica, es luego su propia jerarquía, cuyo orden ascendente conduce el pensamiento, porque se lo enseña así la realidad en su gradual perfección y en su progresiva universalidad, a la suprema unidad, idea de las ideas, que contiene (aunque el pensamiento haya abstraído) toda la comprensión o todas las cualidades, que en la serie de lo uno se va reconociendo. Contesta esta interpretación del idealismo platónico, que queda latente en el Neoplatonismo de Alejandría, a las críticas de Aristóteles que censuraba a su maestro de emplear un método semejante a un juego de palabras y parecido al de los sofistas. Resulta así comprobado de manera indudable que el Platonismo o mejor el Neoplatonismo funda la ciencia en la noción de lo universal, y que con su Dialéctica abre el camino a la ontología para llegar a concebir la idea de las ideas (Dios). De este segundo resultado procede el relativo predominio, de que ya haremos mérito, de la doctrina platónica en los primeros tiempos del Cristianismo (Padres de la Iglesia griega), porque entonces se trataba de informar el dogma y de precisar las bases ontológicas de la fe, a diferencia de lo que acontece, andando los tiempos (Padres de la Iglesia latina), que se concede una decisiva adhesión al aristotelismo, porque informados ya los dogmas, era preciso revestirlos de formas lógicas para vulgarizarlos.

El método especulativo de Platón, tenía que ser preferido por los Padres de la Iglesia griega, atletas incansables de la información del dogma y de la constitución de la ontología cristiana. Su opuesto y contrario, el método de Aristóteles, sustituye a la abstracción racional, eje a cuyo alrededor giran la doctrina platónica, la intuición empírica y la definición. Aristóteles persigue el conocimiento de las cosas en la realidad individual, en la forma, no en el género supremo, sino en las especies congéneres y en lo que les es propio. Así la esencia del hombre para Aristóteles no está en lo que aquél tiene de común con los seres vivos, sino en lo que posee propia y específicamente el alma inteligente. En todo lo que toca a la realidad supuesta, la doctrina aristotélica no admite óbice ni objeción de importancia y es aplicable a la organización sistemática de las ciencias particulares, según el monumento imperecedero de su Lógica. Por tal razón había de ser preferido (una vez creída la realidad y supuesta su existencia) Aristóteles a Platón, por los Padres de la Iglesia latina, que, al encontrarse informado el dogma, necesitaban dar plasticidad y relieve a los principios ontológicos que le sirven de base. El Aristotelismo, aceptado por la Iglesia hasta el punto de haber sido propuesto para la canonización el maestro de Alejandro, reviste de formas lógicas la realidad creída. Al genio superior de Santo Tomás había de caberle en suerte la envidiable de concertar, o ensayarlo al menos, estas dos direcciones relativamente opuesta (la platónica y la aristotélica), ofreciendo así la sustancia intelectual de que, salvo diferencias de tiempo, educación y gustos, aún sigue alimentándose la civilización cristiana europea. Pero, volviendo a los precedentes del problema, tal como los hallara en su tiempo la Escuela de Alejandría, nos encontramos con que la Dialéctica platónica se eleva rápidamente a lo universal, escapándosele la realidad individual que le sirviera de punto de partida; mientras que la filosofía peripatética baja con su penetrante observación a los fondos de la individualidad, sin concebir lo universal más que como una abstracción lógica. De ahí procede la lucha entre peripatéticos y platónicos y en ella encuentra la causa ocasional para determinar su eclecticismo la Escuela de los Neoplatónicos de Alejandría. Indica toda tendencia ecléctica un amortiguamiento de las fuerzas nativas del pensamiento y de las viriles y espontáneas energías interiores; pero su aparición como nota dominante en una Escuela de tan larga duración como la de los Neoplatónicos de Alejandría (cuatro siglos), obedece a leyes que son superiores a exigencias precipitadas de espíritus descontentadizos. Es que la obra complejísima de la gestación y desarrollo de la cultura humana precisa puntos de parada y descanso, en los cuales vuelve la vista el espíritu individual hacia el espacio recorrido como condición precisa para poder seguir adelante, descubriendo nuevos horizontes a través de la densa penumbra que oculta lo porvenir. Estas recapitulaciones de lo ya producido (erudición) representan saldos que el espíritu individual convierte en partidas de haber del espíritu colectivo, con el cual se liga y obliga el primero para proseguir los derroteros ya comenzados. El eclecticismo neoplatónico podrá haber sido estéril para el progreso efectivo del pensamiento, puesto que el genio creador de Platón y de Aristóteles falta a todos los filósofos alejandrinos; pero su obra de recomposición será siempre estimable y valedera para la historia del pensamiento, en cuanto ha contribuido de una manera eficaz a que se haga carne el verbo, esto es, a que se incorpore a la vida individual y social la enseñanza de Platón y Aristóteles combinada con la doctrina cristiana. Ha vivido hasta hoy, y apenas si se entrevé aún horizonte nuevo, toda esta civilización cristiana europea, y ha vivido de obra y palabra, en ciencia y en realidad, de la savia que le prestara el sincretismo greco-oriental tan acentuado en la Escuela de Alejandría. La tendencia constante del espíritu a dilatar su escrutadora mirada en el espacioso horizonte de la realidad, sin dejar, por esto, de condensar mediante la reflexión los resultados obtenidos; el insaciable deseo de saber, eco del acicate de nuestro instinto de curiosidad, consagrado a hallar principio ordenador de nuestras experiencias, y el afán (que sirve de génesis a la aparición incesante de las escuelas y a la desaparición sucesiva de las teorías) de hallar, en último término, un sistema de ideas que corresponda con el organismo de los objetos: tales son en suma los impulsos que pretendemos descubrir cual principios animadores de este flujo y reflujo en que se manifiesta la cultura humana, suprema condensación de todas las audacias de la iniciativa individual con las energías del espíritu colectivo. Merced a ellos, en la historia de la cultura humana (cuyo spiritus intus lo anuncia y esboza la inteligencia, hallando lo uno en medio de lo múltiple como base del orden y de la racionalidad) se producen desprendimientos generales, hechos de tan capital importancia, que constituyen por sí, o estados verdaderamente sincréticos, en que el espíritu desea recoger con religiosa escrupulosidad toda la herencia legada por generaciones anteriores, o estados completamente críticos, en los cuales desea el hombre elaborar su pensamiento, en vista de su historia, iniciando en ella, sin embargo, nuevos y más complejos derroteros. Sincretismos gradualmente más amplios y extensos y crisis cada vez más profundas y laboriosas constituyen los caracteres salientes que ofrece en sus horas solemnes la historia de la cultura humana. Mientras en los primeros la reconstrucción se impone y prepondera en toda manifestación de la actividad intelectual; en las segundas la indagación y el prurito de originalidad absorben por completo la atención. Son los primeros momentos solemnes en que se recogen y clasifican los frutos reunidos por el trabajo común de los pensadores, y a ellos siguen las crisis, cada vez más hondas, en que la inteligencia aspira de nuevo a formar conciencia más amplia de la realidad, simplificando, no obstante, los procedimientos y disminuyendo las dificultades. A los primeros corresponde el Neoplatonismo, cuyo método no es una simple superposición o artificioso engrane de los procedimientos platónicos y aristotélicos, sino que los condensa bajo el principio propio de la filosofía oriental del proceso o emanación. Según él, sale el ser de su principio, como la luz del foco, por difusión, por irradiación o emanación. El principio es el ser simple, invisible, inmaterial, concentrado en las brumas y profundidades de su esencia, y su representación está en el ser sensible, exterior, que lo manifiesta. Mientras la Dialéctica platónica, con su abstracción, llega a la idea, unidad exclusivamente lógica del género (donde queda sin explicación lo específico de sus congéneres) y la definición aristotélica a la unidad individual de la forma, que no concibe la noción del ser sino como entidad exclusivamente intelectual (dando así origen a la célebre cuestión acerca de los universales en la Edad media), el análisis del neoplatonismo concibe la unidad sustancial, cual centro indivisible del cual proceden los seres. Fácil es ya señalar el relativo progreso que representa el eclecticismo de la escuela de Alejandría, comparado con las doctrinas opuestas del platonismo y peripatetismo. Indaga el neoplatonismo la causa en su efecto, el principio en su producto, el ser universal en la manifestación individual y la idea pura en la realidad exterior. Procede por intuición y no por abstracción, hallando Plotino, en vez de un tipo abstracto, un principio verdaderamente sustancial, y en lugar de la unidad genérica, la unidad de vida y de ser, en fin, lo universal, real y vivo que sustituye a la fórmula lógica, lo mismo platónica que aristotélica. Conexiona, pues, el eclecticismo alejandrino los opuestos principios de las dos direcciones de la filosofía griega y los compone bajo el propio de la filosofía oriental del proceso o emanación, con lo cual aproxima en el pensamiento la concepción de los dos órdenes de la realidad (lo individual y lo universal). Pero abusando del análisis y dando a la imaginación un alcance que nunca es lícito en la esfera de la ciencia, van los filósofos alejandrinos tras un mundo de abstracciones y quimeras. La unidad alejandrina, que no es la numérica de los pitagóricos, ni la del género de Platón, ni la formal de Aristóteles, es la impenetrable de la emanación, punto indivisible del cual proceden como rayos de luz las esencias y los seres, que equivale a dar por real y aun a personificar lo abstracto (reabsorbiendo la múltiple movilidad de lo real y vivo en la unidad de unidades). Interpretando tales datos, para Plotino y para toda la filosofía alejandrina lo simple y lo uno es lo perfecto, el principio, en sentido de fundamento, y el fin, como término del cielo evolutivo, de todo lo real y vivo; así es que todo movimiento fuera de la unidad es una caída (el ideal está en el quietismo nihilista), toda esencia se degrada realizándose (debe huirse la acción y consagrarse sólo a la meditación) y en una palabra, la perfección consiste en la unidad sin variedad, en la sustancia sin actos, en la esencia sin forma y en la idea sin realidad. La abstracción vacía de la unidad absoluta, tal parece ser la solución definitiva de todo enigma para los filósofos alejandrinos. No se estimará en toda su trascendencia las doctrinas neoplatónicas si se prescinde en su examen del estado de la filosofía griega en aquel tiempo. Las escuelas múltiples, que alegaban los prestigios de la tradición, debían reconciliarse bajo un principio superior para que muchas de aquellas verdades que constituían su cuerpo de doctrina fructificasen en la práctica, sirviendo de sustancia intelectual a las generaciones sucesivas. Y a este fin primordial obedece el sincretismo greco-oriental, cuyo aspecto especulativo se ha producido en el seno de la Escuela de Alejandría. Comprende mejor que todas las escuelas anteriores la de Alejandría la relación de lo sensible con lo inteligible, de la realidad con la idea, del mundo con Dios, concibiendo el uno de estos términos con el desenvolvimiento natural y la forma exterior del otro, coexistiendo los individuos en el Ser universal. Mostró que los individuos subsisten, obran, se desenvuelven en el seno de la vida general, sin perder su individualidad y conservan su naturaleza propia, teniendo común su esencia con el Ser universal. Así llega la escuela de Alejandría, conciliando los principios más que las escuelas, a fundir, trasformándolos, todos los elementos esenciales del pensamiento griego, el platonismo, el aristotelismo, el estoicismo y aun la escuela de Elea y la de Pitágoras (sin exceptuar de esta síntesis vastísima más que el empirismo radical de los materialistas Demócrito y Epicuro). No tiene, pues, nada de extraño, antes bien satisfactoriamente se explica que la Escuela de Alejandría haya sido semillero de doctrinas para informar la parte especulativa y para construir el formalismo externo de toda civilización cristiano-europea, que si al término de la Edad media, que agotó respectivamente con Santo Tomás las direcciones platónica y aristotélica, recurrió al Renacimiento que inicia la Edad moderna, aun persigue esta misma tendencia en nuestros días, produciéndose un recrudecimiento del naturalismo científico y práctico, con lo que se denomina la secularización del pensamiento y de la vida. 


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