lunes, 3 de enero de 2011

Hermenéutica de la imagen, según lo corpóreo



















Problemáticas de lo sexual-político y la jurídica del pudor (porno y posporno)

¿Acerca de qué trata el cuerpo que algo «significa», cuando su operatoria se dilucida en el deber ético de una estilística obscena?

Porno y posporno: algo más que una cuestión de «apetitos» 
Por Pablo PALLAS

La crítica que se aplica a lo pornográfico, de alguna manera, las reflexiones que comprende ese material de las Humanidades, ha resultado en composiciones especulativas radicalmente insuficientes. Y es que discutir acerca de las revisiones nematológicas de lo pornográfico forma parte de una problemática fundamentalmente anterior: en términos teoréticos, las ciencias humanas -en general- no han sido escindidas metodológicamente, aún, de una comprensión teológica del cosmos. Al menos, hay que recordar que en las universidades españolas -según K. VOSSLER, a comienzos de la época moderna- la formación humanística era algo formal (fundamentada en lo gramático, lo retórico y la filológico) y, por tanto, no existían conflictos entre lo «bello», lo «bueno» y lo «verdadero». E incluso así, en esa especificidad gnoseológica - siendo que lo gnoseológico se ha divorciado a partir de R. DESCARTES de reminiscencias ontológicas- el objeto de lo pornográfico ni siquiera fue resuelto por la teología informal del siglo XX, especialmente cuando se trataron asuntos propios de la «condición femenina». Y es que el estudio de la operatoria propiamente obscena, (si se consideran las formulaciones preliminares de R. ECHAVARREN en Porno y Post Porno, ed. HUM; Montevideo, 2009: págs. 9-10), de sus consecuencias modales, implica reconsiderar la progresión misma de lo porno como derecho civil, i.e. de esa «situación» que es la atribución de autonomía en la proliferación-producción de lo sexual-explícito, incluso si se comprende como sensibilidad camp; (ídem, pág. 33). De alguna manera, pues, por un lado, hay que inhibir los parámetros del dominio moral que inciden sin exactitud en el tratamiento del asunto, no necesariamente por impropios, sino, porque, al decir de Santo Tomás de Aquino (Suma de Teología I; Cuestión 85, «Sobre el conocer: modo y orden», Art. 6), para un entendimiento verdadero -si se intenta resolver lógicamente un estudio compuesto- no corresponde que con la definición del círculo resuelva los atributos del triángulo. Por otro lado, también hay que intentar que los valores estéticos de la «desnudez» no prescindan de una reflexión microcósmica acerca del sujeto operatorio (porque el cuerpo no solo es oprimido por una moral conservadora o fijista, sino también por un posmercado oligopólico en el siglo XXI). Sería incoherente, además, reducir esta problemática a una mera situación biótica, carente de resultantes que permitan especular. Carece de sentido comprimir la problemática de las prácticas de lo sexual-explícito-que-es-obsceno al «coito», siendo que la imaginería en discusión -incluso el tardologismo en que la contiene A. HAMED; Porno y Post Porno: «Demonios a chorros», pág. 16- deviene de cómo discuto la construcción de la libertad del cuerpo. Para concurrir en una tesis mediante «deliberación colectiva», propongo expandir por tanto la idea de lo Pornográfico. A manera de postulado: puede discutirse lo porno como un efecto obsceno del «lugar» (y pienso al proponer esto en el érgon socrático donde el pensamiento confluye en valores y contravalores, en antecedencia y logos). Atendiendo las nociones de ECHAVARREN (Porno y Post Porno: «Postporno», págs. 65-67), hay que discutir cómo esa obscenidad se confirma entre los variados intersticios del comportamiento -de eso que se es al pensar y hacer- cuando la mirada asocia lo kitsch y lo comedioso, o lo paródico y lo ridículo. En esa topografía es que se hallaría realizándose efectivamente alguna positividad (en sentido foucaultiano), comprendida como «costumbres» existentes, como técnicas que la sustentan, o reglamentos que concuerdan con su sistematización, etc. Esa manera de concebir y comprender los intercambios, lo pre-supuesto socialmente, a su vez, provoca contradicciones en el sujeto atributivo que construye -inevitablemente por sí mismo- una historia sexual. Y ya aquí se tienen al menos dos condiciones -distintas- que se contrarrestan en ese cuerpo que el sujeto es: la estética (que no necesariamente comprenderá una sustantivación, sino progresiones de sí) y la del deber ético (no siempre concordante con las premisas de la moda o la moral, ni con la efectividad de lo que se hace). Si bien toda persona se halla comprometida en términos operatorios, siendo que no vive aislada sino «inmersa» en el ambiente, sus acciones y finalidades con otros resultan de intercambios que implican lo aleatorio, lo referencial y lo asimétrico. El término «persona» no lo refiero al concepto medioeval del siglo XII que Jean-Claude SCHMITT entiende como ambiguo y,finalmente, desleído en el quehacer de lo multitudinario, sino como una comprensión antropológica de un sujeto de inteligencia que es capaz de construir con otros el objeto de su finalidad y asimismo moral. Hay que discutir, por tanto, la morfología de ese «efecto», donde lo operatorio y lo propio de las manifestaciones de sí mismo hacen a lo concreto de su ser elector. Reducir estas progresiones del cuerpo a lo inmoral y a la culpa es un tipo de «alucinación» perversa que la aparatosidad económico-puritana oprimió-y-revitalizó una y otra vez (entre 1850 y 1980, o mediante los conglomerados editoriales y filmográficos, si atendemos alguna que otra secuencia archivística, o, si se atiende la propuesta de ECHAVARREN, a través de una sujeción a la jurisprudencia victoriana en que destaca el «Código Penal Indio» como inhibidor de las prácticas de sexualidad, a partir de 1860). Ya a finales del siglo XX la propia recreación de las formas obscenas se había constituido en objeto museográfico: Das Museum of Porn in Art (Zürich) es un caso que destaca por especializar su estudio en la poética de lo porno. Lo que hay que intentar, entonces, en términos psicológicos, aunque no solo clínicos, es una comprensión poliédrica de los comportamientos (en el sentido que le daría Marcos AGUINIS). Es necesario formular una hermenéutica del intercambio que analice lo perlocutivo de la práctica de los placeres, i.e. las expresiones explícitas del cuerpo y la proliferación semántica de sus desbordamientos narrativos (en los trabajos de Alfonso DRAKE hay un análisis austiniano donde «acto» y «efecto» coinciden y donde ese efecto no proviene de una comprensión lingüística sino de un procedimiento institucionalizado o decretativo). Porque la estilística que comprende efectivamente las enunciaciones de las que soy capaz (lo correspondiente con mi-decir) es aquella que interviene el cuerpo que soy. La problemática pornográfica se integró en las relaciones de las fuerzas productivas contemporáneas -especialmente mediante las estrategias emergentes de las teletecnologías- y como fenómeno histórico no se corresponde con un único ordenamiento político o clase. En términos antropológico-sociales, pues, no es racional afirmar que la pornografía es simple resultante de la alienación que el régimen capitalista provoca en las personas humanas, específicamente en los explotados por la clase burguesa. Porque también los sistemas stalinistas, inmersos en el «comunofascismo», así como las teocracias entre las que destaca la aplicación de la tradición legal islámica y su sistema jurídico de la sharia, cuando se asume la aplicación de las ofensas hudud, o los propios Estados católicos aletargados en el feudalismo, cometieron equívocos lógicos diversos a la hora de interpretar la historia de la sexualidad. Esto no implica negar discusiones que traten acerca de la existencia de la «mercancía» erótica y la pornográfica (siendo que se corresponden con algún tipo de análisis social y económico, a la manera de J. K. GALBRAITH, tanto del capitalismo anacrónico que se propugna en los países pobres, como del poscapitalismo en general y su economía de posmercado). Aunque esto no tiene por qué implicar que lo sexual-obsceno termine reforzándose como una etiología de la «prostitución» (revolviéndose entre falsos factores económicos de la concepción clásica o de la marginalista neoclásica, como si acaso fuese su existencia una resultante del juego natural de la oferta y la demanda, olvidándose las tensiones que envuelven su legitimidad o por la vía religiosa o por la esclavista). Habría que discutir entonces qué es el cuerpo, en una dinámica de explotación de ese patrimonio intangible que se denomina, algunas veces, «industrialización del arte» y que supera la sola cuestión porno. Y es por eso que este análisis hace una sinopsis menos abarcadora. El principal problema de la producción pornográfica es decididamente la cuestión económica (y lo afirmo pensando en Alfred MARSHALL, quien orienta hacia una noción de economía en su «Principles of Economics»): la pospornografía critica lo sexual-obsceno como mero producto valorado mediante concurrencia y realiza y pluraliza esa exhibición en términos de derechos. La formulación del «porno verbalizado» (ECHAVARREN; Porno y Post Porno: «La invención del porno», págs. 45-47), por lo menos su literatura didáctica, a partir del siglo XVIII, se volvió un instrumento político de los derechos humanos para explorar el cuerpo en compañía, para aprender pues acerca del placer. Es una «economía» del cuerpo -oikonomia- asociada a una ley del icono que forma unidad [imaginaria] con el ordenamiento de los bienes del mundo (esta idea, ya discutida por los bizantinos, es retomada por C. ÁVILA, a partir de una formulación de M. J. BAUDINET, aunque en otro campo de resolución académica). Esto nos involucra de manera directa con la problemática queer, en el propio campo simbólico de las relaciones humanas. La obscenidad del cuerpo que es porque se explicita (factor que implica, además, una existencia en referencia al otro), se ha encorsetado en una frontera que lo jurídico-político instaló «entre» lo erótico y lo pornográfico. En el Uruguay su Código Penal lo trata mediante el Título X: «De los Delitos contra las buenas costumbres y el orden de la familia», especialmente en los capítulos IV y V. La obscenidad (conceptualmente fija y estigmatizada), pues, como objeto de estudio deontológico, sigue siendo referida a una conducta de infracción o incluso de violación grave de la ley en el marco del Derecho penal. Menciono el caso uruguayo porque podría revelar, en algo, quizá, lo extremo o incluso temerario de un planteo estrictamente heterorreflexivo (i.e., en términos sociológicos, de reducción del comportamiento a la expectancia del otro) que tipifica irracionalmente la conjunción de determinados comportamientos sexuales. Entre otros delitos, a saber: «Comete estupro igualmente, el que, mediante simulación de matrimonio, efectuare dichos actos [de conjunción carnal] con mujer doncella mayor de veinte años » (ídem, art. 275). ¿Cómo lograr que se presuma que una mujer no conoció varón, anteriormente a mí? ¿O, de manera contraria, cómo lograr que se presuma que mi cambio de parecer no es más que un arrepentimiento sincero, siendo que la experiencia obtenida no me confortó o incluso me afligió? ¿Qué debería en tales circunstancias darse por condición tácita? ¿Es racional y políticamente honesto este articulado, en Occidente, en el siglo XXI, en un Estado laico y republicano? Lo porno-erótico del cuerpo no se resuelve dilucidándolo en su sola condición de mercancía -algo que resulta evidente- ni tampoco como una simple composición inmoral de un sujeto al que además debiera de punir, o mediante su taxonomía respecto de algún supuesto esquema natural de comportamientos. Es necesario reconocer la pertinencia social que poseen las conformaciones múltiples de fetiches, los intercambios estéticos diversos, las suplantaciones virtuales u ortopédicas asociadas al cuerpo y sus placeres, etc., y que no es, por tanto, solo una cuestión privada su práctica. Insisto en que reflexionar acerca de lo porno y lo posporno, en términos de obscenidad, implica objetivar al sujeto de inteligencia que desarrolla sus intercambios de manera compleja y no a partir de la univocidad o de la concordancia absoluta o fija con la historia (colectiva) que lo comprende. Ese posporno -preliminares, ECHAVARREN; Porno y Post Porno; pág. 11- trata acerca de la inflexión y crítica que se resuelve acerca del propio proceder pornográfico, por causa del reexamen y la recreación que las minorías erráticas realizan respecto de sus vivencias pulsionales, siendo que ese «posporno político» (ídem; págs. 69-70), en términos generales, es una confluencia de corrientes de pensamiento y activismos atinentes con lo feminista, el queer y el punk. La pospornografía fue iniciada por Annie SPRINKLE en 1980. Así es como comienzan a depreciarse los parámetros de lo pornográfico, su comprensión intenta resolverse más allá de la plusvalía económica o de su sola concreción como dispositivo culpógeno. Se intentan presentaciones nuevas, se renuevan las discusiones -clínicas, industriales, jurídicas, etc.- acerca de las cotidianas restricciones del cuerpo. Se comienzan a ensayar, pues, resistencias o fugas a los controles compulsivos del Estado sobre la personalidad y los deberes éticos que el sujeto de inteligencia construye. Estas reflexiones evidentemente no tratan acerca de una apologética de la lascivia; no me detengo en alentar el miedo a caer sin remisión en los deleites carnales, tampoco profeso su adoración, no sostengo que unos se valgan de alguna debilidad física en otros, ya sea que se trate de la población infantil, ya sea de la anciana, o en personas socioeconómicamente vulnerables entre las que podrían destacar los adolescentes, o las de razonamiento diferente, etc. Tratan, sí, estas formulaciones, acerca de una corporeidad incluso extremada que posee -en sentido foucaultiano- existencia microfísica. Es, como objeto de estudio hermenéutico, una problematización de lo explícito y lo obsceno de la personalidad, donde la «vergüenza» podría ser un dispositivo a examinar, entre otros, aunque no un fin en la comprensión general de los episodios sexuales. Esta «obscenidad» no se funda en la depravación sino, por su cuestión interpretativa, en la necesidad de reflexionar a causa de las formas que adquiere lo que se halla fuera de lugar cuando el sujeto es -sin renunciar a sí mismo- y remueve por tanto, de alguna manera, la propia existencia de ese funtor holótico que lo niega mediante sus universales. Y es que incluso la autocrítica (la palinodia griega), necesaria para recrear un estilo de sí, puede generar, de esa manera, obscenidad, i.e., acciones fuera de lugar con las que -en términos de finalidad- se legitima políticamente el cuerpo. Hay que mencionar, en este sentido, que el transexualismo es una problemática que destaca obscenamente: la Organización Mundial de la Salud siguió comprendiéndolo en la CIE-10 -aparecido ya el siglo XXI- como un tipo de trastorno paranoide de la personalidad. Los derechos civiles de la persona transexual, de esta manera, quedan reducidos a un cientificismo anacrónico.          

Teletecnologías para la autocomplacencia o el goce fruitivo: concupiscentia oculorum y otras vergüenzas

En términos teatrológicos (a la manera de la Theaterwissenschaft), carece de sentido discutir la validez estética de la escenificación pornográfica si previamente no desplazamos los sofismas morales que complican, por su reducción a la angustia, la idea de una poética para la «desnudez». Y entiendo a esa desnudez en los términos que la considera Otto DÖRR: es una desaparición -en el cuerpo amante- de todo elemento tipificador y supraindividual. Es, esa desaparición de los elementos «encubridores», pues, una acción concreta de realización libido-ficcional del pensamiento, para el propio placer. No se trata por tanto de una tergiversación del cuerpo -como la aplicada por el nazifascismo, al desnudar a los hombres y las mujeres en los campos de concentración y exterminio- sino de una recuperación toponímica de sí mismo. Hay un efecto (o dýnamis aristotélico) dado por la gnoseología puritana que consiste en no admitir la práctica estimulante de los genitales -pública o incluso reservada- y en negar el derecho a hacer del cuerpo, en general, una realidad erógena. Tocarse y además mostrarlo es -parecería- aberrante como práctica legitimadora de un cuerpo que posee la facultad de producir (de manera restringida) su propia secuencia de imágenes. La propia narratología quizá comprendiese esa manera expresiva como un obstáculo para la palabra, como una inhabilidad para la hipotiposis. Y es que los conflictos hermenéuticos se corresponden mutuamente en su permutación estética: imagen escritura sonido silencio |. No obstante, la transitoriedad corpórea en lo porno -la comprensión del lugar por causa de la violencia de lo explícito- implica acciones de des-cubrimiento: hay una desmesura que habilita la ficción (tomo esta fórmula de L. BLOCK de BEHAR, cuando trata acerca de la existencia de la hybris). La semiótica -por lo menos la involucrada en una ontología metafísica y crítica del aristotelismo de Tomás de Erfurt- presenta las conexiones físicas con aquello que deseo comprender del objeto y sus asociaciones como instancias intelectivas que requieren de la experiencia; y es Charles S. PEIRCE quien comprende este asunto en los prototipos de la iconicidad y la indicidad. En esta trama, pues, no habría trama (o drama) que es de alguna manera el dispositivo con que se pretende divorciar lo erótico-poético (las enunciaciones propiamente de una apariencia) de lo explícito-orgásmico (o de la práctica confirmativa de su saber-hacer). Y es que en términos hermenéuticos lo explícito es violento (siendo que no necesariamente implica, como desmesura o desatención, un «exceso negativo»), porque la disposición que realiza de lo concreto exacerba las condiciones de perplejidad. Está claro que en un dominio de elecciones la acción nos distancia -en su práctica- de sus opuestos potenciales. De alguna manera, el cuerpo que explicita su desnudez vulnera nuestras propias reducciones lingüístico-cognitivas. Esa «iconicidad» e «indicidad» producidas en el «goce fruitivo», siendo problemáticas asociadas a la referencia gestual, cumplen pues una verdadera función psicotrópica (a la manera de un entonamiento hiperestésico de dificultoso encauzamiento posterior en el lenguaje, o a la de una subjetividad incomunicable que se manifieste como estupor). La corporeidad del sujeto de inteligencia, en la libido-acción explícita, minimiza o desatiende el representamen de aquello que es visual y auditivo y se «aparta» -atendiendo los prototipos intelectivos de PEIRCE- del símbolo. Y es que no se reduce la experiencia, además, a una mera estética acerca del otro cuerpo; el coito -ese protoefecto- nos recrea en la causalidad o contigüidad que provoca (en la negación de una distancia). La persona contrae su intelecto; retrae su operatoria y se apasiona. Al decir de HAMED (Porno y Post Porno: «Ojo y sexo», pág. 19), no hay panorama porque el cuerpo se olvida de toda cosa que no sea copular. Y es que incluso en esta escasez de palabras efectivamente hay un intercambio que se narra a sí mismo por causa de quienes lo practican. Está claro que solo mediante una práctica explícita no se logra fundamentar el aprendizaje o el «razonamiento» y sus fines: «A medida que nos comunicamos nos vamos apartando del porno», (ECHAVARREN; Porno y Post Porno: «El negocio del porno», pág. 58). Aunque sí habilita, respecto de la cuestión corpórea, la discusión de las prácticas del placer involucrando a los órganos teleceptores en general. De todas maneras, esta «metafísica aplicada» no sería para negar -como lo hace el sinejismo de PEIRCE- la individualidad, sino, por el contrario, para comprender la operatoria sexual a partir de lo superlativo de las personas. Es, sí, una negación política de la animalidad o infra-humanidad (i.e., de las propuestas que prescinden absolutamente de la facultad de conformar estilo y de pensar-se acerca de lo realizado o por venir). Hay toda una porno-didáctica de las sensaciones o «apetitos» que proyecta lo físico hacia una virtualidad-on-line (la webcam es su dispositivo de contacto, hasta que otro artefacto la supla): ante otros, de manera geométrica, me muestro, me vulnero, me des-figuro, me exalto, me plazco, i.e., en general, me re-presento arquetípicamente en escenas o me mimetizo con mis referentes estereotipos o ensoñados. Me constituyo partícipe de una «telerrealidad» en que soy espectáculo siendo espectador (puede parecer trivial esta fórmula, o evidente, no obstante la reafirmo para discutir el absurdo personológico que supone pretender bifurcar al sujeto operatorio en «emisor» o «receptor»). En términos fisiológicos, esa distancia telemática es una profilaxis sobresaliente. En términos pedagógicos, hay que lograr discutir la finalidad de las acciones para que incluso los «flujos» conversacionales no se remitan a una mera repetitividad o tipificación de aceptaciones (a irritantes moldes mundanos de moral), para que la ficcionalidad -específicamente respecto de lo sexual- redunde en una hipertelia o atrofia del estereotipo (es una idea que de alguna manera discute E. BAENA en Teorías e imágenes críticas de la literatura; ed. Anthropos; Barcelona, 2004: pág. 211). El instantaneísmo de lo telemático, la hipervisibilidad que habilita, su problemática condición de contingente, más que corresponderse con procedimientos mecánicos de censura, confirma la conveniencia ontológica de un sujeto de inteligencia que existente -respecto de lo ficcional o lo real- sepa efectivamente ejercerse en los intercambios, tanto para el cuidado de sí como para la proliferación de los acuerdos con el otro. En términos históricos, está claro que vivir de la pornografía industrializada (estructura que posee además dispositivos propios para «autorizar» o «desautorizar» realizaciones, tómese por caso la AVN® Media Network, Inc. que produce sus AVN Adult Awards) no convergente necesariamente con el derecho a realizarse el propio cuerpo de manera pornógrafa. En términos sociológicos, podría decirse que se trata de tópicos distintos e incluso que divergen. Esta tensión, de alguna manera, intenta ser reingeniada por el porno industrial en el siglo XXI. Los casos de showcam, como valor de cambio y como modalidad de intercambio, han sido extendidos mediante las aplicaciones teletecnológicas; valga destacar el que realiza CAM4 de la Surecom Corporation, NV, Curacao. Esta economía entre la «industria» y el «cuerpo», en efecto, constituye un problema sexual-político que se funda en la cuestión de cómo el sujeto de inteligencia construye historia mediante sus elecciones y decisiones (i.e., fundamentalmente, mediante la comprensión de su ambiente). Ejercer el placer del cuerpo a partir de los sentidos visual y auditivo -y mostrarse: converger en un lenguaje incluso reducido a «señales»- se convirtió en una práctica pasible de ser punida. Y algo así se produce porque la pedagogía de la sexualidad queda reducida al horror y control del abuso psicofísico; esto, en efecto, pauperiza los mundos de la operatoria sexual. Hay que preguntarse pues por qué el Estado -como aparatosidad represiva- coagula jurídicamente la diseminación de los comportamientos sexualmente explícitos, impliquen o no sojuzgar al otro, acepte o no ese otro o uno mismo, además, para deleite, esa disposición relacional. La exacerbación del pudor resulta entonces en un dispositivo moral objetor del sujeto de sexualidad. Y esto, ¿para qué? Quien conculca el pudor (en sentido aristotélico, diríamos, quien no está dispuesto para los placeres del cuerpo en la medida que la ley manda) no es aquella persona que meramente exhibe en desnudez su cuerpo (el detallismo anatómico, o el ejercicio de hacer ver una parte por el todo, incluso se aplica en la pospornografía académica; aparece entonces una vagina en primerísimo primer plano, o incluso la cavernosidad de su interior, los pezones, etc.). Quien conculca el pudor es aquella persona que practica la desnudez mediante el exhibicionismo (en términos psiquiátricos, la OMS lo siguió catalogando como una parafilia). Manifiesta sus realizaciones sensuales -sus «desórdenes de preferencia sexual»- mostrando con prurito la penetración anal, bucal, vaginal, la masturbación genital o, en términos generales, lo erógeno de su cuerpo, resolviéndose esa práctica en presencia de otros, impúdicamente, lo aprueben esos otros o no. Estas manifestaciones agobian al sujeto de inteligencia cuando en el intercambio se reduce exageradamente su rareza a una patogenia de la personalidad (hay compendios como el desarrollado por Theodore MILLON que trata los trastornos de esta «cualidad elusiva»). En el campo de la dramaturgia, por otra parte, tenemos a Edward ALBEE que ha sabido ensayar alguna crítica acerca de esa inquisición moral que clasifica lo obsceno (mostrado o enunciado) con un fin penitente, en obras como «The Goat or Who is Sylvia?». O, atendiendo a E. LISSARDI en «Después de la pornografía» (Porno y Post Porno; págs. 84-85), también se halla como antecedencia más explícita la escritura obscena de BATAILLE que rebasó incluso los límites de pudor de la propia pornografía de su tiempo de posguerra (1950-1960). La arqueología de esos comportamientos así tipificados, en cambio, no es un problema jurídico -fuera de la sexualidad- si se trata de un infante que la practica, o de una persona con alguna alteración en sus procesos cognitivos, o de razonamiento diferente, o por causa de una práctica de meeting de tipo publicitario, o político, etc. Todo esto de alguna manera se comprende-delimita en la estructura de control de un Estado, siendo a su vez que todo «control» implica alguna «orientación» que ordena el "castigo". El derecho de expresión no es lo que resulta pues radicalmente o principalmente vulnerado en su construcción formal, sino el derecho-a-expresarme como causa de concreción material del cuerpo. Hay, en esta manera social en que se obra, una dilemática morfológica entre las prácticas de «evocar» o las de «mostrar». Hay un estancamiento ontológico y político en la comprensión y resolución hilemórfica del sujeto operatorio. Porque no solo se restringe la pluralidad de la situación que vive, si nos remitimos a las estrategias de finalidad-acción de las que es capaz, sino además que por causa de sus deseos no se hallaría apto para involucrarse intelectivamente consigo mismo en ese nos-otros que la sociología denomina «espacio público». Hay una distinción que especifica ECHAVARREN (Porno y Post Porno: «El negocio del porno», pág. 58) y que advierte acerca de estas distorsiones vinculares: "La crítica al porno no implica una defensa de la censura. (...) Es un derecho de la persona". De lo contrario, el criterio de relación posible pues se pauperiza; así es como se han estigmatizado -entre otras prácticas de lo corpóreo- las orgías del carnaval (sus megalesias, bacanales, saturnales, lupercales, esto, entre los romanos, sin mencionar, además, en retrospectiva, las propias prácticas de los dionisíacos griegos, las celebraciones egipcias, etc.). El exhibicionismo entendido como «prurito» antes que como «perversión» (incluso el resuelto de manera reservada, aplicando el recurso de la cam en la propia mensajería instantánea) no debe clasificarse apresuradamente como un obrar inmoral o un interés malsano, siendo un comportamiento que hace a la existencia y realización misma del cuerpo mediante un ocio que implica la proliferación de ortopedias virtuales. En términos pedagógicos (podemos pensar en el construccionismo de Seymour PAPERT), los estilos de vínculo, respecto de alguna didáctica del intercambio en términos telemáticos, habría que discutirlos a partir de una androginia (Roberto ECHAVARREN propone esta noción para comprender el comportamiento en Arte Andrógino). Esa androginia podría permitirnos especulaciones más densas acerca de cómo es que se involucra el sujeto de sexualidad en «ese» lugar o contexto deíctico que no lo legitima. Si la aplicáramos a un espacio antropológico, quizá podríamos prescindir del dispositivo epistémico de «anormalidad» a la hora de reflexionar respecto de lo obsceno. Entre otras alternativas, ayudaría a discutir las formas sexuales del out in public que se hallan expandidas en la netporn (hay que considerar como evidencia que los propios intercambios porno-eróticos en los espacios públicos han sido asumidos por la industria filmográfica; si mencionamos un caso, se tienen los trabajos de la Bangbros Company mediante la Haze Cash).   

Intentos fallidos de omisión: una falsa dilemática moral entre lo «erótico» y lo «porno» que el posporno diluye

El intento de separar lo porno de lo erótico, para provocar gradaciones de pudor -entre parámetros presupuestos y falaces de comportamiento- es lo que permite denominar de manera exótica lo sexual-obsceno que es explícito para distanciarlo así de cualesquiera otras peccata minuta en que se involucrara el cuerpo. Entre el erotismo y la pornografía, pues, podría discutirse la «elipsis» como una estilística de ese umbral político que confirma -porque lo anquilosa o lo disuelve- al pudor mismo en término de valores. Y es que finalmente luego de la elipsis y por su causa es que la imaginería provoca la mirada pornógrafa. ¿Acaso el límite entre lo erótico y lo porno trataría acerca de prácticas de memoria, de pensar acerca de lo no de-mostrado o pronunciado? ¿Por qué detenerse acaso en el deseo, si el placer es un derecho? ¿Respecto de qué protege la aparatosidad de la persistente mecanicidad púdica de no des-velar? ¿Por qué disminuir la «sugerencia» a la «ocultación»? ¿Por qué invalidar con antelación las certidumbres de lo sexual-explícito, o degradar la antropología de la genitalidad, en pos de una irracional sistemática del escrúpulo? Etc. Hay que considerar que la separación de lo erótico de lo porno es más una disposición mágica que un concreto razonable: implicaría descomponer la fórmula nóēma-soma, i.e. prescindir de lo propiamente psicosomático del sujeto operatorio por la vía de un adoctrinamiento que aunque dado en las construcciones de la historia del cuerpo, igualmente, no es fijo, (ese divorcio lo pretendió acaso el DSM-III de 1980 que en el siglo XXI perdió vigencia). Esta engorrosa ingeniería intelectual es resuelta por el posporno en términos de «pluralidad» de representación que se exhibe. Si bien la estilización de sí, en efecto, implica alguna realidad estética que es intervenida por deberes éticos, i.e., en las condiciones de una personalidad, las figuraciones que concreto -no siendo funcionales al propio campo de la sindéresis- no dependen de los deberes morales. Puesto que no son los otros quienes deben autorizar o tolerar mi visibilidad, ni lo poético o la sustantividad de los productos emergentes que devengan de lo superlativo que logro ser. Se comienza, así, toda una serie de discusiones asociadas al agotamiento político de una ideología del escrúpulo sistemático contra las cuestiones y los cuestionamientos que tratan la concreción sexual del cuerpo. Esto, no obstante, no implica defender la infecundidad poética: no conviene reducir lo porno a presentación de pura fisiología, la pose, evidentemente, no debe ser un demérito en la ficcionalidad puesto que lo porno no es traducible a documental naturalista o a una presentación pseudoetnológica. Se inculca -en la didáctica de la negación de la imagen (en tanto semejanza compleja)- el temor a la orgía, al lesbianismo, a la analidad del varón, etc., i.e. a la degustación del cuerpo, a comprometerlo con el saber de sí, siendo esto una vivencia política acerca de la propia personalidad. Se ahoga al cuerpo en un autismo; sus intercambios son subsumidos en el mentalismo, o en el ilusionismo de temer a entidades fantasmagóricas (sublunares o supraterrenales), en vez de practicarse la asertividad. Esta tensión entre moralidad y estilos se evidencia en el reduccionismo escatológico al que son sometidas las producciones pornográficas o posporno, sin otro mecanismo para la destrucción de valores no puritanos que el de la propia censura. La vergüenza, entendida como dispositivo moral que acota el comportamiento propio respecto del otro, posee, en efecto, una raíz aristotélica que es antecedencia de su comprensión moderna y transformada (Retórica, Libro II/ Cap. 6: «De la vergüenza o respeto»). A su vez, si asumimos la existencia de su contravalor, en el siglo XXI la desvergüenza podría identificarse como una resultante moral que discutiese la comprensión política de los vicios presentes, pasados o futuros que parecen llevar a perder el honor. El posporno reactiva críticamente el ejercicio de esa desvergüenza del cuerpo: no para desestimar la vergüenza -la pena y turbación que le sean intrínsecas, su expresión- sino para recrear incógnitas acerca de por qué resulta correspondida con obras procedentes del vicio. El posporno -atendiendo las nociones que propone ECHAVARREN; Porno y Post Porno- trata acerca de la inflexión y crítica del proceder pornográfico, por causa del reexamen y la recreación que las minorías realizan de las vivencias pulsionales. En esa operatoria, uno de los casos aristotélicos dice: «(...) [es una obra procedente de vicio] fornicar o con quienes no es lícito o donde no es lícito o cuando no lo es, porque procede de incontinencia [voluntaria]» (ídem, Libro II/ Cap. 6; esta transcripción se toma de las traducciones de Antonio TOVAR). Dilucidar la procedencia del evento explícito del cuerpo, por tanto, implica una discusión ontológica acerca del propio reconocimiento del lugar que habito-vivo mediante la referencia de aquello-que-no-es-vicio para uno mismo o para aquellos por quienes uno tiene interés. Si la vergüenza es una representación de deshonor y éste, asimismo, se padece en atención a los que juzgan, la problemática se constituye de cómo se piensa en la opinión de los que son prudentes puesto que dicen la verdad: emerge, así, de este devenir, la cuestión de la positividad foucaultiana y de cómo se instrumentan en el quehacer burocrático (mediante el lenguaje que según G. FREGE condiciona y asocia sentidos y significados) las pre-disposiciones del cuerpo para la práctica de sus placeres. Y es que la densidad política de la vergüenza se reduce finalmente a lo público, a cómo confirmo los intercambios siendo su resultante valorativa correspondiente con lo que se ve por parte de otros para juzgar lo irrenunciablemente propio, más que en instancia, en lugar que lo priva. Todo ese fundamento -que actualmente podría comprenderse como un psicologismo mecanicista del intercambio- resulta compuesto a su vez por procedimientos de ocultación que dificultan el hallazgo físico de las prácticas de los placeres. En el campo laicista, esta dificultad metodológica se manifestó -durante el siglo XX- en movimientos feministas antipornográficos. Redujeron todas las figuraciones que se resolviesen en el asesinato del cuerpo de la mujer (generadas como snuff movies principalmente) a una cuestión de misoginia. Por tanto, toda snuff porn comercial o académica -toda ficcionalidad que violentara el cuerpo de la mujer- quedaba al mismo nivel que un asesinato real, como si acaso pudiesen comprenderse ambas situaciones indistintamente en el dominio criminógeno. Esto llevó a que se rotulara de «feminicidio» incluso a las películas snuff «blandas» que comprenden figuraciones correspondientes con el terror, el suspenso, el misterio, etc., puesto que también convertían a la mujer en objeto de violencia ficcional extrema. Algunos movimientos feministas incluso igualaron mediante el «feminicidio» a la pornografía, por su tipo de concreción explícita de lo sexual-obsceno, con la gorenografía por esa misma realización aunque subyacente (i.e. mediante aquella realización de cine gore que comprenda la filmografía de terror y de ciencia ficción). La industria filmográfica debía pues acotarse a la ideología feminista y el snuffout ficcional resultaba un tipo escolástico de «realismo» que debía ser superado por la historia, como la matanza pública en las arenas del circo romano fue superada. Atendiendo este considerando sucinto, correspondería ahora en el campo religioso que es su correlato, esbozar también alguna reflexión acerca de las afirmaciones que el Catecismo de la Iglesia Católica proclama acerca de estos entredichos que se tienen con el cuerpo: «2354 La pornografía consiste en dar a conocer actos sexuales, reales o simulados, fuera de la intimidad de los protagonistas, exhibiéndolos ante terceras personas de manera deliberada. Ofende la castidad porque desnaturaliza la finalidad del acto sexual. Atenta gravemente a la dignidad de quienes se dedican a ella (actores, comerciantes, público), pues cada uno viene a ser para otro objeto de un placer rudimentario y de una ganancia ilícita. Introduce a unos y a otros en la ilusión de un mundo ficticio. Es una falta grave. Las autoridades civiles deben impedir la producción y la distribución de material pornográfico». Además de la propia construcción nematológica de estas afirmaciones (de los silogismos aparentes en que se envuelve), hay que discutir mediante qué sindéresis atributiva la persona humana se-aprueba estrategias (micropolíticas) para recrear-se, para concretar-se siendo un cuerpo. Al sujeto de sexualidad se le imputa ser causa de un obrar procaz -respecto de las propias tensiones operatorias que dimanan de los estilos, por contraponerse con una moralidad que converge en el fijismo- si elije y decide disociarse de la castidad. Esa castidad -como valor moral que presenta el catequismo- amalgama y confunde las recreaciones pornográficas o posporno. Iguala irracionalmente entre sí lujuria, masturbación, fornicación, prostitución y violación, así como sus respectivas figuraciones, como si acaso fuesen manifestaciones equiparables. Las incongruencias expresivas del cuerpo con el lugar, de no «invisibilizarse» o «curarse», convergen así en algún tipo de martirio institucionalizado. No obstante, la tarea política de concentrar la censura en el porno se corresponde más con una exaltación propagandístico-moral que con un análisis narratológico que indague en hallazgos diairológicos acerca del fenómeno en sí mismo. Y es que la gorenografía, en su entramado obsceno-sexual, puede incluso superar objetualmente lo narrado-explícito de la pornografía (pudiendo, en términos de cotejamiento, pues, resultar la propia figuración porno, en sus proliferaciones visuales, apenas una tímida argucia). En el Museo de Arte Precolombino e Indígena de la Ciudad de Montevideo (otrora denominada Apóstoles San Felipe y Santiago de Montevideo) la curaduría expone como permanente -de su colección y acervo- una pieza de cerámica; trata acerca de una vasija con tres figuras de bulto yacentes y que en términos sui géneris podría denominarse «homoerótica». Esa pieza es originaria del distrito de Moche, Perú (data de los años 1 a 700 d.C.). De ese trimonio de varones, dos de las figuras de bulto presentan su genitalidad: un varón mantiene coito anal con otro de los varones, en tanto que el tercero pernocta junto a ellos, abrigado y sin intervenir en el placer de sus pares. Esa pieza es observada por variadas personas, sin que haya censura en su presentación (siendo que esto incluye la visita de estudiantes menores de dieciocho años de edad, incluso infantes). ¿Qué se debe de hacer? ¿Debo afirmar que la población precolombina de Moche era «inmoral»? ¿Debo sugerir a las autoridades del museo que eviten mostrar esa pieza pornográfica a los infantes, a los adolescentes y a los posadolescentes? ¿Acaso debo desarrollar una campaña pública para advertir de tal vergüenza a madres y a padres, tutores, etc.? ¿Cuánto más debo de reaccionar? ¿Debo promover que se prohíban los relatos bíblicos en los que se justifica el incesto, la entrega de hijas vírgenes para que sean violadas, la afectación entre varones, las relaciones buco-genitales que mujeres practican a varones? Porque esa exégesis de la novelación que podemos denominar (sin que sea un oxímoron) como porno-erótica  -intervenida por tropos e incluso resuelta políticamente mediante la traducción y la composición ideológica de lexemas- es comprendida en la Santa Biblia, especialmente en el «Cantar de los Cantares» (un caso que discute esta problemática es el de la propia Carta Encíclica Deus Caritas Est, del Sumo Pontífice Benedictus XVI, donde se presenta por asunto «el amor cristiano» y no es una cuestión menor si se recuerda que Fray Luis de León fue un teólogo y filólogo detenido y encarcelado en el año de 1572 por la Inquisición de Valladolid, siendo acusado i. de preferir el texto bíblico en hebreo y ii. de traducir y divulgar lo narrativo erótico del Cantar a lengua española). ¿Debo promover incluso la prohibición de libros como el Fedro, en el que Sócrates recuerda que el «deseo» existe -como concepto- por causa de los efluvios amorosos que en el dios Zeus provocara el príncipe Ganímedes? ¿Hay que reducir a polvo la sexo-escénica explícita resuelta en la ceramografía griega? ¿Hay que evitar acaso que se visualicen, o incluso propiciar demoler, las estatuas públicas de los amantes que desnudos copulan -en pareja, o inmersos en la orgía- en el antiguo templo de Visvanatha? ¿Deben prohibirse las lecturas de «Los Amores» de Ovidio, siendo que celebra a Rómulo por raptar doncellas para que sean violadas por sus soldados? ¿Quizá convendría destruir aquellos ostracas de Deir el-Medina que poseen pinturas de sexo explícito realizadas en tinta negra? ¿Y qué hacer a su vez con el propio papiro «pornográfico» de Turín (aunque el término «porno» podría resultar inexacto, respecto de una hermenéutica del cuerpo asociada a la caracterización del hecho en planos como el antropológico, o el historiográfico, etc.) y con sus doce escenas obsceno-sexuales, donde las mujeres -narcotizadas con la flor de loto- se masturban, o mantienen coito con hombres de falos prominentes? ¿Y qué resolver entonces respecto de las escenas lésbicas del Shunga (asociadas a la propia producción xilográfica del Ukiyo-e), siendo que su influjo alcanza tanto a las realizaciones del anime como del manga? ¿Hay que hacer desaparecer acaso a aquellas galerías que promueven obras como la «Trilogie Der Wahrheitsucherei» (1953) de Friedrich SCHRÖDER-SONNENSTERN, o el «Palimpsesto» de Clever LARA (2001), o «The Eunuch» (2003-04) de Charles GARABEDIAN, o «Trouville» (2007) de John CURRIN, o la pieza «Penetralia» (2008) de Sarah LUCAS, o «Gauchos» (2011) de Willy TERZANO, entre tantos otros incontables que prescinden del pudor en sus respectivas conformaciones y confirmaciones poéticas? Etcétera... ¿Debo promover, pues, respecto de objetos pretéritos, contemporáneos o probables la censura moderna, o alguna manera de «eliminación» o de ceguera iconográfica? No, no debo. Lo que sí debo hacer es discutir oportunidades pedagógicas para «mostrar» que esas realizaciones del intercambio, como tantas otras, poseen validez epistémica en términos antropológico-sociales. Porque, asimismo, debo de «de-mostrar» que el cuerpo es también una concreción explícita (aunque no cumpla una función explícita, puesto que no puedo comprender al sujeto de sexualidad como un reflejo mecánico ni de su sociedad, ni de su tiempo). Hay que corresponder el cuerpo con una pedagogía de la sexualidad que se involucra contemporáneamente con la emergencia de una pedagogía pornográfica. El cuerpo debe ser discutido -retrospectiva y prospectivamente- con producciones teóricas que en su método contrapongan lo real de un contenido (i.e. al sujeto vivo realizándose) con la normativa que naturaliza su comportamiento y que sirve al propósito propagandístico del fijismo: convalidar un determinismo anatómico en el Homo sapiens sapiens, y, finalmente, des-hacer o atenuar por compulsión la problemática de aquella personalidad que se significa como «otredad negativa». Y es que durante el siglo XX, en sus contextos bélico e inter-bélico, destacaron aquellas articulaciones burocráticas del discurso biológico, político y psicológico que tuviesen por fin enclaustrar a los sujetos «no-normalizados».    

Lugar y economía del fetiche: las protuberancias del cuerpo y sus «dildos»

El fetiche en la operatoria sexual -como «valor»- resulta inseparable de la propia institucionalización de los deseos y sus efectos. Desborda, además, mediante sus aplicaciones excitativas, a otros procesos de institucionalización del comportamiento que no lo comprenden como objeto. Involucra física o virtualmente, de alguna manera, al propio sujeto de sexualidad con la «cosa» o corporeidad que se configura libido-significante en sus intercambios. Trata -si atendemos la propia problemática teórica de los fenómenos que se rotulan como fetichismo- acerca de cómo es que se integra la personalidad en la comprensión de su mundo-entorno para la práctica del placer, a partir de una situación ilusoria que «sustantiva» o «hipostasía» los propios objetos a los que se revoluciona su morfología. En efecto, hay diversas plataformas o instituciones fetichistas, nuevas tecnologías mediante, más o menos plurales, más o menos pospornográficas, en las que se «expone» ese algo-erógeno del estilo de sí y que se concreta en apreciación explícita. Su lugar y economía, en esta trama arqueológica de lo sexual-obsceno, hace referencia pues a cómo comprender la existencia del fetiche a partir de connotaciones axiológicas positivas y, por tanto, a cómo contraponerlo con la religión, la etnografía y la nosología psiquiátrica cuando lo confunden con la «magia» y lo restringen a sinónimo de «aberración», «perversión», «degeneración», o «primitivismo». Hay valores técnicos, morales y estéticos que se aúnan en elementos con morfismos complejos cuando se asumen para placerse (siendo la boca, el pene, la vagina, el esfínter, la lengua, los pies, etc., referentes de una persona que es entendida como totalidad fenoménica que no reduzco a un «todo único»). El objeto-instrumento, por tanto, respecto de sus imágenes en recreación para el propósito formativo del placer, respecto asimismo de los distintos niveles de didaxia en que se lo involucre, no es un indicador secundario en el progreso de una pedagogía sexual (a manera de caso específico, se halla el proyecto porno para ciegos de L. J. MURPHY: Tactile Mind). Su alternativa didáctica se implica en la discusión misma de los asuntos que componen electivamente la cartografía educacional, así como la metodología que se resuelva en aplicación. Y es que de lo contrario, puede no avizorarse que el determinismo también en la relación sujeto-objeto pauperiza la comprensión poética del entorno, ciñe la relación del educando con la «cosa» a un mero ejercicio de competencias, a un pírrico adiestramiento vincular. La corporeidad del sujeto de sexualidad, tal como lo afirma la propia teología del cuerpo, no debe de ser tratada como «objeto de manipulación». ¿Para qué este requisito? Para que el cuerpo sea -efectivamente- de la persona. No obstante, esa sola premisa dificulta concluir que los intercambios deban resultar predeterminados a partir de entelequias comportamentales de «masculinidad» y «feminidad». ¿Por qué? Porque el «cuerpo», distinto de lo que presupone la antropología cristiana, no resulta reducido a un sentido esponsalicio (afirmado además como fin supremo de todo intercambio, so pena si no de ser catalogado -en un maremagno de calificaciones- de concupiscente, hedonista, o egoísta, etc). Convertir esa dicotomía eclesiástica en premisa clínica no es exacto en términos epistémicos, ni prudente en la órbita del Derecho. En términos historiográficos, resulta imprescindible, además, inhibirse de toda credulidad mítica que encarna el mal en la generalidad de una ideología; esto debería de aplicarse incluso cuando se indagasen resultantes nefastas de un esquema de humanidades. La intervención del fetiche en la construcción sexual-obscena del intercambio debe discutirse, por tanto, fuera de una presuposición patológica de la personalidad que comprendiese ese mundo-entorno. Estas reflexiones, mediante las que intento alguna apreciación lógica de la cuestión, poseen por acotamiento la concreción experiencial en sí y lo que resulta ininteligible de lo que cada personalidad es. Y es que discutir acerca de lo sexual-obsceno comprende asimismo lo pre-epistemológico foucaultiano, porque, en estas anotaciones dilemáticas resultan fundamentales las respuestas ostensivas, al menos, donde no son metodológicamente posibles las definiciones o las generalizaciones. El acercamiento intuitivo a la comprensión de sí mismo, pues, resuma de las propias prácticas de placer del cuerpo con que se recrea y representa a su vez la microfísica de los vínculos y su pertenencia. Esta limitante -por desplazamiento del universalismo a lo real- permite atender, en el devenir mismo del problemático proceso a comprender de esta realización o aquella de lo porno o posporno, siendo asumidas como prácticas de libertad, lo evidente: lo porno o posporno per se no necesariamente significan libertad. Esta observación nos protege de una metafísica ciclópea que hipostasíe lo sexual-obsceno y dificulte el hallazgo mundano de lo «deplorable» o de lo «aberrante» que lo es, aunque también intervenga el cuerpo, porque no lo faculta para el ejercicio de su libertad, de su existir para sí, sino para su negación (un caso a mencionar en el Cono Sur de América, durante los gobiernos fascistas, es el de los torturadores que alcanzaban el orgasmo mientras deshacían los cuerpos de sus víctimas, en general civiles que el Estado secuestraba por declararse demócratas y ser activistas clandestinos). Por tanto, un análisis de lo pornográfico -las trazas o resabios arqueológicos con que se intenta construir alguna episteme para tratarlo- no es que deba ignorar entimemas morales (o argumentos sustantivos que resulten en silogismos a discutir), pero sí debe, podría decirse que en términos cartesianos y esperanzadoramente renacentistas, promover la hesitación y las verdaderas distinciones ante todo canon con que se pretenda edificar el sentido y la significancia de los cuerpos y más si las conclusiones gnoseológicas que sustenta apenas penden de «premisas idiosincrásicas». En términos generales, el estudio de un asunto que tipifico como real, incluso una producción ficcional (su opus, siendo existente en sí), según la pertinencia social de su problemática, i.e. del por qué de su «emergencia» y «visibilidad», seguramente implicaría diversas reflexiones acerca del estado de la cuestión que lo comprendiese, de lo deplorable o exacto de sus condiciones de realización, de cómo acaso su manera de regularidad y sociabilidad se halle inmersa en nuevas formas de patetismo, de vacío existencial donde se confunda lo análogo con lo idéntico, o, donde la experiencia de pensar los objetos expresables sistemáticamente resulte restringida, etc. La urdimbre de criterios de relación que produzco entre i.lo producido que sustantivo y ii.la relación a su vez que me comprende con lo elaborado, por principio, no debe de anular la tarea especulativa ni el reconocimiento de la excepción o lo excepcional. Hay que sencillamente asumir estas discusiones como una práctica de la libertad de pensar respecto de las propias figuraciones. Está claro pues que no se reflexiona acerca de lo pornográfico y lo posporno «idealmente», sino a partir de la existencia misma de lo corpóreo representado, y, en términos jurídicos, podría decirse que a partir de una necesaria «sana crítica» a las estrategias de visibilidad del cuerpo que proliferan, especializando o no, densificando o no, (en términos sociológicos), el nomos contemporáneo o la producción social del ordenamiento de la experiencia poética. Hay que discutir para esto la propia problemática de la «videncia» de sí mismo, así como los mecanismos mediante los que se construyen instrumentos para el placer que deben de comprenderse en la hipertelia de su progresión. Puesto que en esas prácticas subyace la «evidencia» constitutiva de las formas (incluso obscenas) del intercambio. Si se toma por caso la penetración, como estrategia teleceptora desligada del fin reproductivo y del dogma de los «roles», el fetiche se confirma en términos de «dildo» cuando resulta instrumentalizado con el propósito de alternar los deseos con lo lúdicro-concreto: «penetrar» comprende, de esta manera, potencialmente, penetrar-la, penetrar-lo, penetrar-me, penetrar-nos, puesto que penetrar y ser penetrado descompone las disyunciones de un régimen binario esencialista (ECHAVARREN; Porno y Post Porno: «La invención del porno», pág. 39). Este asunto, asimismo, permite insistir en la proposición del fetiche -siendo «dildo» o «protuberancia»- como realidad en construcción en la que los valores técnico (didáctico), estético (didáctico), o moral (didáctico) se entrecruzan, resultando de operatorias complejas y no de mecánicas relacionales predeterminadas. Asimismo, la elaboración del fetiche podría comprender la conjunción de personas en un lugar que queda significado como «sitio para» tipos de práctica de intercambios que su diseño no comprendió originariamente. Hay así una consumación patrimonial e inmaterial de «sitios», especialmente urbanos, a los que se altera su razón significante: servicios higiénicos públicos, playas, parques, plazas, costaneras, aceras, ascensores, peatonales, pasillos, callejones, autobuses, puentes, etc. El «lugar», pues, atendiendo a su topografía y estructura y al tipo de urbanidad que correspondiera a sus prácticas vinculares y circunstancias, etc., se convierte en un sitio erógeno de sociabilidad para el ejercicio lúdicro del placer. Entre el pudor y las prácticas del cuerpo (contrarias a las propias), en efecto, convendría por axioma una orientación comprensiva, renovable y dinámica, acerca de la otredad de las posturas entre los sujetos de inteligencia. Y si bien este eslabón del intercambio -denominado a partir del siglo XVII como «tolerancia»- implica la cuestión deontológica, y, específicamente la moral y jurídica, no podría resolverse especulativamente si careciese del sentido poético, si no se vislumbrara la validez institucional del fetiche en la comprensión política de los comportamientos y estilos. No postulo las manifestaciones porno o posporno del cuerpo -respecto de las asociaciones y acuerdos inherentes a toda urbanidad- en términos de libertad utópica, de autonomía absoluta, de prescindencia ciega del lugar o de otros cuerpos, sino como estrategias para legitimar el derecho a la excitación, sin que los elementos simbólicos que comprenda conjugados, en pos de un pudor abstracto, irracional, se sobrestimen configurando para la persona algún tipo de discriminación injusta, sometimiento humillante o prevaricación. Una arqueología de la sexualidad colaboraría pues en el esbozo de conformaciones gnoseológicas que permitiesen dilucidar del cuerpo, de su totalidad existente, lo explícito-sexual de sus referencias operatorias. Las antecedencias de una poética de lo porno se hallan incluso en petroglifos o grabados rupestres, o en piezas que algunas veces se ha omitido exponer públicamente (mientras se discutía su relevancia estética, su validez técnica, su etnicidad, etc.). Las experiencias porno-eróticas forman parte del propio patrimonio intangible que los agrupamientos tribales han conformado, siendo que los procesos de colonización, evangelización y exterminio irradiados en la época moderna, especialmente mediante la instauración del capitalismo, especificaron un señalamiento moral que autorizó, además de una política de genocidio en América, la explotación del cuerpo y el padecimiento del placer. En términos muy generales, y, sin resolverse aún la morfología de la cuestión, podría discutirse lo porno y lo posporno entre dos parámetros que son atendidos por el propio campo jurídico-político: i.los entornos teleceptores, en que se involucra además la propia exacerbación de la influencia teletecnológica, y ii.los desplazamientos de la imaginería sexual, asociada a las complejidades y renovaciones de una ficcionalidad normativa. Es en este conglomerado de intersecciones políticas que se reconstruye asimismo lo moral. Porque en términos histórico-críticos las expresiones del cuerpo no se logran concentrar compulsivamente en un único sentido. Hay que reflexionar por tanto acerca de cómo es que se instala en el sujeto de inteligencia la moda o lo globalizado de su comportamiento y cómo se conforman asimismo las fugas estilísticas, las recreaciones del sentido, i.e. finalmente, las personalidades. Del sex shop al piercing y del tatuaje a las prótesis eventuales de «consolación» se evidencia una tradición instrumental en que se involucra al cuerpo para -interviniéndose- expandirse a partir de alguna lúdicra que sofistica la comprensión del placer, abstrayendo la sola experiencia hacia algún cúmulo asociativo de acciones y procederes con que se elabora una narratología (no siempre autorizada) del devenir orgásmico. El «degeneramiento» del comportamiento normal, al menos las conclusiones en que se comprende a partir de una credulidad mítica, resultan de discusiones atinentes con cómo controlar y castigar la variedad de estilos en que se ramifica lo sexual-obsceno, siendo que no proviene de un único sistema social. Porque, exceptuando la práctica reproductiva (acotada por los Estados a determinadas variantes), no hay una legitimación de los mundos-entornos que concreta lo sexual-político: de la «pornotopía», como sistema provocador de fantasía que asimismo discute en términos microfísicos el «género» y el «posgénero», o de los «trimonios», siendo este campo activista una oportunidad para conjeturar cómo se renuevan las conformaciones y concepciones de una idea de hogar (o, en los términos de la antropología cristiana, de «familia»), así como la cuestión de sus convencionalismos, o de la «pornosátira», siendo que contribuye -como antecedencia histórica- con la reconstrucción de las polémicas republicanas que hubo en el Reino de España acerca de lo tabú-iconográfico y de cómo esto se irradia en Iberoamérica, entre tantas otras alternativas que se configuran en oposición a las prácticas del biopoder. A) ¿Qué protección moral o prevención clínica finalmente deben elaborarse ante la narratología pornográfica que las personas, mediante los recursos teletecnológicos, expanden exponencialmente? B) ¿Cómo impedir que los objetos y el propio mundo-entorno se trasfiguren en libido-significantes? ¿Cómo proceder con tales cuestiones dudosas -como las anteriormente formuladas: «A» y «B»- que no comprenden, en su precario esquema gnoseológico, la arqueología inevitable que hace a la inteligencia política del sujeto de sexualidad? Hay que proponer y promover que la responsabilidad y el cuidado de sí proliferen, para que el placer del cuerpo no sea un padecimiento y para que el cuerpo, sus imágenes y protuberancias no las enajene el Estado, o el consenso moral de Estado. Esta noción, en efecto, retoma e interviene un ya clásico objeto de estudio sociológico: el disciplinamiento, la disciplina del comportamiento, respecto de un conglomerado de circunstancias y condiciones que harían de la personalidad un constructo predecible, un objeto de prognosis, un cuerpo, finalmente, políticamente adiestrado. Hay que discutir pues la existencia misma del « »"pudor", al menos respecto del hecho político que lo comprenda como dispositivo de disciplinamiento. Y es que ante la sola insinuación de un pudor que se pretendiese incuestionable, acaso, incontestable, en los términos propios del estilo heroico, podría formularse lo que propone ECHAVARREN en Arte Andrógino: «En vez de love and peace, duda agresiva». Antes que desvanecerse en una mera monotonía intelectual para la comprensión del cuerpo, antes que encapsularse en una asepsia ideológica, la «duda agresiva», como contra-cara de una invisibilidad que ilegitime las humanidades, podría resolver de manera más exacta las verdaderas asociaciones del sujeto de pensamiento con lo concreto múltiple de sus disposiciones exteriores. Puesto que la causa posporno-política de las acciones -la finalidad asimismo en que se comprendan como problemática de la personalidad y la libertad- si no se asocia con el deseo de sí y del otro podría afianzarse en el horror y el asco a sí mismo y al otro (en la inhibición comunicativa, finalmente, de Eros con Anteros).    














Título: Steam | Director: Damien REA | Año: 2008 | País: USA | Duración: 02:34 min.


Título: Il Decameron | Director: Pier Paolo PASOLINI | Año: 1971 | País: Italia | Duración: 94:30 min.


Título: Salò o le 120 giornate di Sodoma | Director: Pier Paolo PASOLINI | Año: 1975 | País: Italia | Duración: 113:33 min.
Salò o le 120 giornate di Sodoma from Vitruvius Technologos on Vimeo.

Título: Srpski film | Director: Srđan SPASOJEVIć | Año: 2010 | País: Serbia | Duración: 103:47 min.

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