martes, 16 de agosto de 2011

Ecosemiótica/ Los bosques como hecho político



Crónica ambiental: Devoradores del Sur... 

¿Cómo se asocian los "indicadores ecológicos" de una territorialidad, las condiciones de vida que evidencian, con una ecosemiótica que se corresponda de manera crítico-conclusiva en prácticas productivas sustentadas por procesos industriales, respecto de una realidad económica de oligopolios?

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Por Pablo Pallas

En el año de 2000 la CNN en español me publicó un artículo acerca del uso de suelos para monocultivo forestal extensivo en el sur atlántico americano, atendiéndose la región rioplatense. Ese trabajo se formuló y presentó como producción de la Universidad de la República Oriental del Uruguay, mediante su Licenciatura en Ciencias de la Comunicación. A su vez, las principales fuentes hemerográficas aplicadas, la supervisión redactora, el diseño gráfico de su presentación, etc., fueron resultantes de la colaboración que obtuve del equipo de trabajo de la gacetilla "La Brújula" que pertenecía al bisemanario Carta; en ese entonces era dirigido por el docente de filosofía Fausto PÉREZ. Ahora se consigna una síntesis de lo entonces expuesto (su versión primera puede obtenerse en el wayback de Archive).* En el año de 2011, siendo que la Unión de Naciones lo celebra internacionalmente como de los bosques, presento, una vez más, ese artículo, tal como en su inicio, a manera de una "crónica ambiental". Si bien solo trata acerca de un material ambientalista meramente divulgativo, lo propongo como contribución reflexiva, incluso como objeto de ecosemiótica, de síntoma de procesos industriales en países con economías tercermundistas o emergentes. Hasta podría asumirse como preámbulo de otra tratativa en que confluye lo ambiental, cuando resulta de condiciones ideológicamente extremas de conservacionismo: el ecologicismo que pretende reducir las construcciones de historia a hechos de la naturaleza, negándose incluso irracionalmente una necesaria economía de explotación de los suelos (esto devino en una controversia diplomática entre Argentina y Uruguay, a causa de una producción de pasta de celulosa ininterrumpida en la zona de Fray Bentos y que se presentó como de presunto impacto negativo sobre un afluente común a ambos Estados). Los monocultivos forestales en el Uruguay, a partir de la década del 60 del siglo XX, se han perpetuado, a menor o mayor escala, en diversas administraciones, de las estrictamente fascistas, pasando por las neoliberales, hasta las progresistas (en su versión social liberal, socialdemócrata, o marxista sui generis). Si bien una auditoría ambiental no puede ni debe implicarse en la absoluta negación de un complejo industrial y productivo, es necesario, en efecto, indagar y determinar la orientación de aquellas prácticas explotadoras y extractivas que requiera. No solo por la materia prima que se obtiene y en qué condiciones, etc., sino sectorialmente por el valor agregado que en potencia comprendería. Igualmente este asunto -como problemática de una concepción económica- se halla a estudio, tanto del entramado gubernativo como de los síndicos (empresarios u obreros). En el Uruguay del siglo XXI se discute, mediante su Ministerio de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente, acerca de la oportunidad de construir viviendas a partir de la madera y del barro. Ese hecho político implicará, asimismo, a las trabajadoras y los trabajadores integrantes del PIT CNT, de su central síndica única, o por su Departamento de Desarrollo Productivo, o por su instituto de investigaciones Cuesta Duarte, en una discusión acerca del esquema de riqueza en que se hallan insertos. Puesto que tanto el SOIMA (Sindicato de Obreros de la Industria de la Madera y Afines) como el SUNCA (Sindicato Único Nacional de la Construcción y Anexos) confluyen en una problemática ambiental que les es común y que no es estrictamente ecológica, ni de solo ordenamiento logotécnico, sino -en los términos de un espacio antropológico- fundamentalmente salarial.

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orillas del océano Atlántico, en dirección hacia el sur, en el Río de la Plata se origina un territorio llamado Uruguay. Pronto quedará desértico, quizá, en poco tiempo más sus cauces de agua serán inútiles en ese suelo. Un descendiente de marinos dálmatas -anota Isidro Mas de Ayala- tenía amistad con hombres de mar de diversas latitudes. Acostumbraba ir a los médanos esteños y los imaginaba embriagados, entre la diversidad de azules de un territorio embarullado de ríos, aunque, en su visión, agregaba abetos, robles y cedros. Antonio Lussich -resalta el escritor del libro "Y por el Sur el Río de la Plata"**- obtuvo semillas de árboles de los cinco continentes.

Esa tierra del sur atlántico le brindó su bienvenida a todas las especies y las cobijó durante cada una de las estaciones, en sus días y en sus noches. Los pinos de las nieves fueron traídos por un capitán de Odessa; las araucarias, las acacias plateadas y los eucaliptos eran la gentileza de armadores australianos, obedientes a su pedido; el origen de los actuales abetos fue Normandía; de México, asimismo, llegaron las coníferas, aunque no todas puesto que algunas procedían de California; los arces gigantes venían de la nórdica Canadá; del mediterráneo y de Jerusalén es que trajeron los pinos; de Persia fueron obsequiados los cedros, los glaucos y los áureos; las cañas, de India; los bambúes, de Japón. 

Esto continuó, el Uruguay y Lussich hicieron del bosque un concierto de latitudes y climas. Llegó a emerger, así, en el Cono Sur -indica Mas de Ayala- la concentración forestal más importante de América Latina. En el Uruguay se produjo el milagro de los bosques; en su tierra afloraron, pacíficas, especies arbóreas de distintos orígenes, de diverso género. Era un sueño que comenzaba en el año de 1896. A ese linde de troncos en particular, situado sobre la Sierra Ballena, se lo llegó a inmortalizar en la literatura como "El bosque de la colina de piedra". 

El sur y sus tierras han cambiado. En el año de 1998, catorce naciones de todo el mundo crearon la "Declaración de Montevideo". Ese acontecimiento fue la resultante de la preocupación social que crea la acelerada invasión de millones de hectáreas en las que el sur es devorado para instaurar plantaciones extensivas de madera para pulpa o caucho u otros cultivos forestales industriales. Esa realidad es padecida también en el Uruguay. 

Esos "falsos bosques" avasallan los ancestrales y originarios bosques del Nuevo Mundo. Los suelos quedan ceñidos al único uso de plantar miles y miles de árboles del mismo género. Crecen con rapidez. A ese bosque artificial se lo conoce con mirar uno solo de sus troncos, los árboles son uniformes. 

Las industrias, requieren del territorio no poca cosa: espacios regulares, una preparación intensiva del suelo, fertilizantes, material vegetativo seleccionado, el combate mecánico o químico de la maleza, uso de pesticidas, poda y cosecha mecanizada. Los paisajes son trastocados mediante esos monocultivos. 

Es necesario tener en cuenta que las plantaciones son atractivas -lo resalta el World Rainforest Movement- por prometer al mercado de la pulpa y la madera un abastecimiento de materia prima de excepcional uniformidad. No solo eso, se obtienen resultados más óptimos que con los bosques naturales y, además, la ocupación de la tierra es de menos hectáreas. 

Inclusive -asegura el WRM- a medida que la industria forestal, ante las directrices que se estimulan en el mercado, se ve forzada a trocar los bosques naturales (poseen menores ventajas para la "competitividad") por plantaciones de madera para pulpa, entonces, más se incentiva el envío de esa producción de materia prima fibrosa hacia el sur. 

Se afirma así que especies del género Eucalyptus (tipo de forestación que las administraciones nacionales incentivan en el Uruguay), de crecimiento veloz, se desarrollan en conjunto con más rapidez en el sur, si se compara con su tasa media de crecimiento en el norte.

La frase clave en el sur ante esa realidad es "inversión extranjera". El crecimiento económico para los ámbitos gubernamentales deviene de esa premisa. Sin embargo, el suelo que nada sabe de economía y de política asume los impactos ambientales como negativos. 

En el planeta, así, el suelo se compacta, aumenta la erosión, la biodiversidad (la misma que emprendiera Lussich en el siglo XIX, en su caso, de manera antrópica) comienza a perderse, las reservas de agua subterránea y del flujo superficial están en franca disminución, y por si esto fuera poco, esa situación incide en el aumento del número de riesgos de incendio.  

La UNESCO advirtió que el Uruguay se localiza en el sexto lugar entre los territorios que poseen menor disponibilidad de recursos hídricos por persona. A su vez, la normativa incompleta y la falta de coordinación institucional de las administraciones nacionales sucesivas y las comunales dificulta la obtención de soluciones ante el desperdicio de agua que implica. 

En los suelos del Uruguay, hoy día, existe el peligro de carecer de recursos hídricos. La proliferación forestal de eucaliptos, sobremanera, acrecienta esa crisis.  Los gobiernos, parecería, de hecho, temen afectar los flujos comerciales con restricciones de carácter ambiental y, en cambio, nada se preguntan respecto de cuánto afecta la habitabilidad del planeta Tierra el actual comercio exterior vinculado a una industria forestal así orientada.

Las afecciones que provoca ese tipo de monocultivo -asevera el WRM- se expanden, es lo común, más allá de la plantación específica. También afecta los suelos en áreas adyacentes, o los localizados, inclusive, aguas abajo. La tierra queda degradada a lo largo de grandes extensiones, ocurre así por la erosión y la desecación como consecuencia del uso. Se denuncia, además, la destrucción, por parte de las plantaciones industriales de árboles, de los recursos vitales de la agricultura, la pesca, la ganadería y la caza. 

El Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales ha declarado, en varias oportunidades, una clave referida a la opción de la industria de las plantaciones de trasladarse hacia el sur: es allí donde se tienen recursos hídricos baratos (aunque cada vez más escasos), fuerza de trabajo a bajo costo (nota I, hay dificultades para sindicarse y no se posee una legislación integral que contemple a sus operarios), territorios que permiten un rápido crecimiento de los árboles y una legislación ambiental que no obliga a desplegar altos costos operativos (notas II y III).  

Esa expansión forestal es promovida de dentro y fuera de los Estados. El modelo que se aplica de desarrollo forestal en el Uruguay, sobre la base de extensos monocultivos de árboles que se destinarían a la exportación, es viable -indicó Ricardo CARRERE en el año de 1996, siendo subdirector del Instituto del Tercer Mundo- solo con el apoyo estatal en confluencia con organismos internacionales y bilaterales de financiamiento. 

En el Uruguay -sostuvo el técnico forestal- el principal apoyo económico proviene del World Bank en lo que refiere propiamente a la promoción forestal. Otras organizaciones, también participantes, serían algo así como un abanico que iría del FMI a la menos pública Agencia de Cooperación Internacional del Japón, sin dejar de lado a otras como la FAO o la OEA. 

En el Uruguay -señalaba CARRERE- el Fondo Multilateral de Inversiones (FOMIN) que administra el Banco Interamericano de Desarrollo había mostrado disposición, en el año de 1996, de donar a la UCUDAL (Universidad Católica Dámaso Antonio Larrañaga, de administración privada) más de un millón y medio de dólares estadounidenses para la implementación de un proyecto conocido como "Programa de Capacitación para la Gestión y Preservación del Medio Ambiente y Recursos Naturales". 

El proyecto -denunciaba el técnico agronómico- se destina a apoyar el modelo vigente de desarrollo forestal y es acrítico al partir de la premisa de ser "positivo" y "sustentable". Eso reflexiona, dado que no puede ser sostenible un monocultivo de eucaliptos extenso (o inclusive de pinos como se ha hecho en el Uruguay, en proporciones menores). La propuesta del BID impulsa la existencia de capacitación de mano de obra que sea requerible por el sector forestal, tanto en lo que hace a la labor en las plantaciones como en el área de procesos para la industrialización. 

La sustentabilidad del modelo -publicaba CARRERE en la "Revista del Sur", de 1996- es cuestionada por el movimiento ambientalista del Uruguay. Se señaló, entonces, el posible impacto negativo en el agua puesto que la sequía en la latitud uruguaya es un "fenómeno normal". A lo que habría de agregarse como resultado -indicó CARRERE- una clara advertencia de peligro: los monocultivos forestales extensivos podrían conducir a procesos de inevitable desertificación.  

Para las empresas, de todas maneras, el emprendimiento es conveniente: el forestador obtiene del Estado el 50% del costo de plantación, se beneficia con créditos blandos y hay toda una serie de impuestos que no paga. A decir del WRM, la tierra es todavía más barata en el sur si de grandes extensiones contiguas se trata. Es más, ese cambio operado en el mundo del comercio hacia las plantaciones de monocultivo extensivo, abandonándose los bosques naturales, trasladándolas al sur -se afirma en el movimiento pro bosques- ha coincidido con la creciente aceptación de su fibra, en especial de eucaliptos (como sucede en el Uruguay), por decisión de los propios productores industriales. 

Al desaparecer la biodiversidad, así, la forestación uniforme -concentrada en un género- refuerza la dependencia hacia esas plantaciones. Uruguay se halla en ese camino de monocultivo forestal extensivo, entrometido entre los devoradores del sur...

* Se ingresa en el wayback de Archive el siguiente URL: <http://cnnenespanol.com/especial/periodismo/2000/2000tercer.html> y se obtienen, así, un mínimo de siete registros posibles para lectura (de 2003, 24 de junio, 18 de agosto, 16 de octubre, 19 de noviembre, 16 de diciembre; de 2004, 20 de febrero, 21 de mayo).
** Cfr. "El bosque de la colina de piedra" en MAS de AYALA, I.; Y por el sur el Río de la Plata; (2ª ed.) Talleres Gráficos Gamma; Buenos Aires, 1959 (págs. 54-56). 


Nota I. El trabajador montaraz tiene carencias de los tipos siguientes: • Alojamiento inadecuado • Inexistencia de agua potable • Alimentación desbalanceada • Separación del grupo doméstico. Existe un bajo nivel salarial promedio como modalidad de pago a destajo o de jornal. Si son jornaleros, su salario, el común de las veces, se establece con la tipificación "asalariado rural". En realidad, su actividad es de montes, bosques o turberas; eso los haría pertenecer a la Caja de Industria y Comercio. En algunas ocasiones los trabajadores, mediante la organización SOIMA, obtienen, luego de presionar a los empresarios, alguna mejora mínima en sus remuneraciones. La mayoría de los obreros que trabajan en el sector forestal [año de 2000] no están registrados por el Estado en el Banco de Previsión Social, ni en el Banco de Seguros del Estado y eso provoca que carezcan de seguros de salud y de trabajo.

Fuente: Gacetilla "La Brújula" 1999, A. P.

Nota II. Las ventajas financieras que los empresarios forestales obtienen del Estado se corresponden con los siguientes atributos: • Exoneraciones impositivas durante doce años • Créditos blandos • Subsidios que varían del 20% al 60% del costo ficto de plantación • Reinversión de impuestos • Capitalización de la deuda externa. Los fondos son asignados por Ley según sea la cantidad de hectáreas que el empresario forestal usufructúa. Las exoneraciones consisten [durante el año de 2000] en dejar sin efecto la Contribución Inmobiliaria, el impuesto al agro (IMAGRO), el impuesto a las rentas agropecuarias (IRA) y el Impuesto al Patrimonio. Los subsidios, a su vez, se amparan en la ley 16002 que rige al año de haberse realizado la plantación forestal. Por su parte, la capitalización consiste en obtener los empresarios bonos de la deuda exterior del Estado.

Fuente: Gacetilla "La Brújula" 1999, A. P. 

Nota III. Dentro de la temática "Protección de la Flora" es que se creó la legislación 15939 de 28 de diciembre de 1987, conocida como Ley Forestal. Ni la legislación sobre "Conservación de Suelos" (decreto-ley 15239 de 23 de diciembre de 1981) ni la de "Evaluación de Impacto Ambiental" (ley 16466 de 19 de enero de 1994; el Decreto 435 de 21 de septiembre de 1994 es reglamentario de la norma) lograron contrarrestar las actividades forestales de monocultivos extensivos. Un antecedente legal hubo en el año de 1968, la diferencia radicó que en ese entonces no había ningún plan de financiamiento, lo que no creaba una oportunidad objetiva para los inversores. El Plan Nacional de Forestación-Uruguay, aprobado en el año de 1989, proyectó él plantío de 100 mil hectáreas en un quinquenio. Esa era la primera etapa de un plan a treinta años. La meta era rondar las 420 mil hectáreas de monocultivo. Algo así fue logrado en un lapso menor. 

Fuente: Gacetilla "La Brújula" 1999, A. P.

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