miércoles, 19 de diciembre de 2012

Semiótica de lo transaccional en las organizaciones de trabajo














Semiótica acerca de las Relaciones Públicas: 
la comunicación como acto organizacional
una cuestión de proporcionalidades

· Sinopsis de microconferencia de semiótica desarrollada para el aula de Relaciones Públicas de la Escuela Superior de Comunicación Social y Diseño Gráfico de Montevideo

Por Pablo PALLAS

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El nódulo académico de relaciones públicas de la escuela de comunicología, en el último semestre[1] de especialización terciaria y técnico-profesional de sus educandos, me invitó a deliberar acerca de la realización discursiva que se implementa en las unidades económicas, especialmente en el plano organizacional. Hubo que discutir, así, ¿para qué acaso se sistematiza lo comunicativo (no como asunto lingüístico, sino transaccional, a la manera de una koinonía) en un mundo empresario oligopólico? Integré para esto -y con un fin protréptico- un conjunto de temáticas económicas y políticas que postulo como convergentes a la cuestión expuesta en la microconferencia. Esta tesela provocada posteriormente, a partir de los diálogos mantenidos con su docente y el alumnado, resultó envuelta, pues, de manera generalísima, en esa problemática pedagógica de lo intencional en el aula que refiere al saber-hacer en la formación del discente (siendo una cuestión, además, asociada con las producciones que orientan “la didaxia de la oportunidad” implicada en la resolución de una labor formativa con otro, con ese otro que no yo, mediante el trasvasado del mundo del trabajo como realidad).

¿En qué convergen, acaso, un taller de relacionismo público y una asignatura metodológica como lo es la de semiótica? Y ya antes de atender esta cuestión dudosa, antes de su aniquilación lógica, hay que aclarar que la asignatura semiótica que se rige por el campo pedagógico refiere -en los términos del espacio gnoseológico- a construcciones β-operatorias con las que se “inicia” también el propio campo semiótico, distinto de lo que podría ocurrir con otras referencias, iniciadas en el aula aunque para aplicar en el mundo, como las de la física o la química, (esto, aunque la “asignatura semiótica” no se rija por composiciones categoriales semióticas sino, hay que recalcarlo, pedagógicas). Y en la semiótica burocrática a la que me ciño, pues, así denominada no respecto del campo del que devienen sus composiciones temáticas sino de la asignatura-programática que trata sus asuntos, se conviene reflexionar (programáticamente) acerca de la teoría de la interpretación (aunque lo verdaderamente nodular -para la existencia u ontología del campo- refiera a una conformación histórica del “lógos” que no debe equívocamente reducirse, por la vía filológica, a una mera cuestión de la “razón” respecto de las cosas, puesto que trata acerca de una symploké de los estados del mundo, de ese mundo-de-lo-antrópico que es necesario conocer porque es imprescindible dominarlo).

En principio, se conjugan sus operatorias, las de un taller y un curso metodológico, a partir de esa verdadera-vida que hace a la propia dominancia de un saber-hacer y que formativamente debe convertirse en mathema (siendo que lo reconocido como conocimiento puede incluso negar la experiencia personal del sujeto de trabajo o su perspectivismo). Y lo que sabe-y-hace se deflagra con las alternativas de la acción en el propio dominio de las elecciones. Y, esto, ¿para qué? Para resolver la teleonomía que hace al cierre tecnológico de una profesión, siendo el relacionismo público el escopo de las conjeturas que se formulan en esta sinopsis. La oportunidad de aula de imbricar lo semiótico con el relacionismo público, permite corresponder la operatoria de su “laboratorio transaccional”, ese progressus, con el estudio metodológico antes que escolástico de las totalidades que le son propias.  Y esto, como práctica-teórica implica agregar a la fórmula “relacionismo público, ¿para qué?” un trabajo de adjetivación: se asigna así el análisis de un relacionismo público burgués, tecnostructural, cobista del consumismo, etc. (siendo este escopo, ahora morfológico en vez de lisológico, incongruente con aplicaciones organizacionales no occidentales, como las del sistema de trabajo Dean o el método de trabajo Chongsanri[2] que en un sentido modernista, no exentos de tintes empirio-humanistas, podrían discutirse a partir del antropotelismo[3] puesto que la persona es confirmada como fin moral).

Los criterios de relación que se conforman al razonar, el propio ensamblaje de Nous-Érgon-Palinodia, refieren a un hacer teórico implicado -como reflexión aristotélica- en el pensar la operatoria de lo concreto (donde la tratativa del asunto implicará su descripción paramétrica), especialmente mediante la comparación y la reflexión, aunque no únicamente, para resolver no solo lo verdadero sino la causa de lo equívoco.[4] Es imprescindible para esto que la realidad trasvase el aula, porque de lo contrario el conocer se ahogaría en una ontologización del pensamiento (siendo en escuelas materiales europeas especificado como “sustancialización del pensamiento”). Esto implica, en la cartografía pedagógica, concomitantemente, un antiformalismo jorismático del docente-proagoro[5] en las posturas didácticas de aula. Es una operatoria discursiva que concreta su elocuencia mediante la discriminación temática, para que se resuelva la morfología del aprendizaje en cuestión y su conclusión.

Y debe resolverse a la manera de un regressus que defina, acaso, la certeza del escopo que es, respecto de este esbozo de problema, la relación didáctica -i.e. programática- de la Semiótica con las RRPP en referencia a modelos organizacionales correspondientes con la manera de relación productiva capitalista, así como de sus envolvimientos tecnológicos (como lo es el caso de las normas ISO, a la manera de tecnicismos que se regulan en el proceso mismo de la internacionalización del capital y  que “superan”, por tanto, las limitantes interesadas de Estado).

El propósito de esta tesela, por tanto, no es el de discutir respecto de alguna nematología del relacionismo público, aunque es una cuestión comunicológica evidentemente relevante. De alguna manera, parafraseando a los pensadores de la Escuela de Frankfurt, a su primera generación, al menos, tal como los presenta Blanca MUÑOZ[6], analizar teorías institucionales implica escudriñar -respecto de la organización de trabajo- la “ideología justificadora” con que una escuela distingue por la vía de la paráfrasis (principal insumo discursivo, además, del mediador o conciliador) sus construcciones “pseudoculturales” o “comunicativas”. En todo caso, la apología de un paradigma u otro del relacionismo público, es una cuestión cuodlibética que correspondería orientar según condiciones administrativas de análisis de un ordenamiento laboral-y-poblacional (i.e. de la dirección subordinada de propósitos, siendo que de la década del cincuenta del siglo XX en adelante fue resuelta a partir de planificaciones estratégicas convertidas en casos modélicos, amparándose funcionalmente en el replicacionismo).

No se subestiman por tanto las eficacias de ese oficio del que tratan las Relaciones Públicas, resultante de la propia operatoria que amalgama lo vincular y lo declarativo, en su forma transaccional, en el propio dominio de las elecciones. Durante la microconferencia, pues, a la manera de un “ensamblaje de ideas o de representaciones”, se intentó discutir en términos semióticos el “lógos” del relacionismo público. Se intentó reflexionar acerca de la idea transaccional[7] en que se envuelve categorialmente, y, asimismo, acerca de la idea filosófica del intercambio en que se traman antropológicamente sus correspondencias burocráticas o tecnocráticas. Esto, sin desatender las disposiciones “productivas” y “organizacionales” que conforman a una unidad mayor de organización, principalmente respecto de los mundos del trabajo que el neoliberalismo y el gerentismo en general reducen fatalmente a “mercado de trabajo”.

Ese relacionismo público -en los términos de un aparataje de la “industria de la conciencia” que tanto preocupó, como hecho político, a los movimientos académicos antinazifascistas durante el siglo XX- atiende las cuestiones del “ocio” y del “consumo” por la vía, especialmente, de la “responsabilidad social” (la denominada RSE Responsabilidad Social Empresaria que no es más que un enorme caballo de madera entre troyanos) y que se vale de dispositivos tales como el del “voluntariado” y el del “entretenimiento” para conformar como commodity -o, en términos bursátiles, para poner en valor- alguna “imagen corporativa”. Mediante esa RSE, siendo su andamiaje administrativo una progresión mercantilista de los programas de “ayuda a la comunidad” u otros aledaños, la comunicación corporativa aúna esfuerzos operatorios, especialmente promocionales, con el relacionismo público a partir de “eventos solidarios” que se intrincan en concepciones como la del maternalismo (potenciadas por la mercadotecnia, como atributo psicologista, a partir de una psicografía orientada mediante psicologías sociales): consumo para colaborar con la mejoría o subsanación de alguna problemática social (la atención clínica de infantes de hogares carenciados, la entrega de construcciones prefabricadas como refugio a personas desplazadas, la cobertura con insumos de estudio a estudiantes en sociovulnerabilidad económica, la protección a minusválidos, etc.).

La confirmación comunicativa de ese andamiaje se vislumbra siendo parafernalia pseudoetnográfica: hay historias de vida que se relatan -y con infaltable música de fondo- tal como las presentaciones religiosas de los testimonios de los que son salvos y de donde deviene, además, la antecedencia estadounidense de su televisación (comenzada con la administración de R. REAGAN). El relato que se desplaza de la angustia hacia la concesión de la esperanza -y que como procedimiento discursivo se reduce a interconexiones perspectivas, sin que esto implique acaso menospreciar el verdadero dolor de quien lo vivencia- es sistematizado, editado y repetido en el proceso hegemónico que convierte a esa-no-virtud que es la “solidaridad”, a partir de una moral mercantil, puesto que ninguna moral es aséptica, en un “valor democrático” (de una democracia capitalista, puesto que tampoco el tipo democrático es aséptico): la gestión solidaria se internacionaliza por la vía de la captación de fondos, captación que además se monopoliza en el entramado jurídico de fundaciones y asociaciones civiles, hallándose la mismísima “Teletón”[8] como renombrado caso en lo panamericano.

El producto adicional -no necesariamente secundario- que efectivamente adquiero es “yo soy una buena persona”, o “yo soy colaborador”, o “solidario”, etc. Y eso permite el ingreso del “cliente” en el aparataje oligopólico y en sus variopintas estrategias de consumo: disentir o ser disidente de la práctica de “aceptabilidades”, i.e. decir, finalmente, no colaboro, es una oposición discursiva que resulta censurada en la comprensión-irracional del evento ya moralmente instaurado. Y es que la compra-venta de la “colaboración” (i.e. su merco-exposición) es consecuencia obligada del esquema adquiriente de productos. Esto, en un proceso de trabajo organizacional que además convalida a la “recepción” como resultante parecería que inevitable de la extensión del mensaje. Porque incluso diciendo “no colaboro” sigo aprisionado en una mera actitud receptiva, en una isostenía; no escapo acaso del sentido discursivo-afirmativo publicitario que se construyó (continúo ligado a esa máquina de universales metafísicos que además ahora me señala como “renegado”).

La propia “televisación” comunicativa de la bondad social en tanto atributo sociométrico -como proceso doxográfico condicionante de una muestra editada de eventos, mediante artilugios estroboscópicos- implicó un dispositivo conjetural de presentación del mundo resuelto por la vía de la “veridicción” (i.e. de formas discursivas que por compulsa especifican el sentido con que se conforman declaratorias acerca de lo “correcto” o de lo “reprochable” de un hecho). Trató, pues, acerca de una consumación de la retórica persuasiva, aunque para que proliferasen fabulaciones verosímiles acerca del mundo (cuestión que preocupó incluso a Aristóteles, en su defensa de lo retórico, aunque apegado a la razonabilidad de los juicios, a la que históricamente habilita el campo de la lógica[9]). Implicó, asimismo, una declaratoria propagandística con la que empezó a ejercerse relacionismo público a partir de nociones reconformadas en la eutopía: si logro hacerte feliz, no lucharás contra míy, además, pensarás en mi beneficio.

Ya se habrá podido avizorar que la relación de la semiótica (de la semiótica del “lógos”) con las relaciones públicas -en tanto escopo adjetivado- se comprende en el interés de lo comunicativo como “acto profesional”. Es la operatoria comunicativa -especialmente en el ordenamiento de las organizaciones de trabajo- una resultante aleo-relativa (o de “alteridad” tal como lo referiría el pos-estructuralismo francés). Es evidentemente interesada, racional y específica, por la que el mundo del trabajo como experiencia-no-personal se reduce -mediante la vía semántica- al sentido. Y refiere a un sentido que principalmente será, en términos asimétricos, un decir corporativo y que adquiere, en el diseño tecnocrático de una “resolución”, la forma del organigrama y, por tanto, las condiciones o límites del capital. La pátina burocrática, por su parte, bien puede desdibujar la identificación del capital en las determinaciones del proceso de trabajo, aunque, finalmente, en condiciones de Estado refiere a ese Estado.

El hecho social de la inevitabilidad de lo comunicativo que se postula, así, implica el “efecto” -o anomalía que finalmente todo fenómeno posee- de la interpretación, como campo de composición de alternativas o de crítica a lo descriptivo-normativo, identificando o ambigüedades o vaguedades, en el escopo que envuelve incluso aunque se presente “rotundo” o “veraz” (no asociándose esta propuesta, de todas maneras, a ninguna solapada apología de la “perversión hermenéutica”[10]). Y esto se comprende efectivamente en el esquema de tensión, a su vez, de otro par de fenómenos que trasvasan lo comunicativo e interpretativo: el apotético y paratético. Las resultantes operatorias de estas tensiones entre las formas de la certeza y de la incertidumbre, además, se hallan en función de un proceso hegemónico que en términos de Historia de las Ideas puede incluso abismarse en la absurda negación de la materialidad primogenérica, mediante postulados y escolios dispersos, (i.e., finalmente, no aniquilándose las cuestiones dudosas como ensamblaje necesario a lo holótico múltiple de un estado del mundo, no para un diletante “placer del saber”, sino, para dominancia efectiva de la realidad).

Una composición ecualizada del campo de lo comunicativo, donde es posible componer además escopos entre sí divergentes, permite conjeturar que es inevitable comunicarse (distinto de presuponer metafísicamente que es-imposible-no-comunicar[11]), pero unos-con-otros-se-comunican para entre sí ordenarse y se ordenan para algo resolver del mundo de los intereses. Así, comunicarse con propósito emancipatorio de las condiciones de producción regresivas implicará que la fuerza corporativa intente la imposición del monólogo: rechazar el diálogo con la organización síndica obrera o inhibir la organización síndica de los obreros, especialmente si es de índole clasista, mediante poses “familiares” u “horizontales” es de las aplicaciones más extendidas y en uso por parte de los enfoques gerenciales neoliberales; entre tantos, entre los más absurdos, destaca el empowerment.

Y ya antes de continuar con la progresión de la tesela, hay que aclarar que se formula aplicando una imprudente separación de aguas: i. lo semiótico envuelto en las cuestiones de la realidad como materia y forma, por un lado, y ii. lo semiológico concentrado en la realidad como existencia y esencia, por otro.[12] Se implican en campos de conocimiento convenidos -junto con la “imagen” y el “símbolo”- por escopos asociados al “razonamiento” o la “lengua”, mediante su conformación o metafísico racional o como estructuralismo lingüístico (inmerso en la tradición empirista). Sus asuntos, además, serán discutidos a partir de referentes teóricos tales como Ch. S. PEIRCE o F. de SAUSSURE (sin que este esquema programático-escolar implique acaso ignorar las propias antecedencias devenidas de las artes sermocinales o trivium).

Estos campos han devenido, así, microscópicamente, en el uso del término “signo” como resultante de estados mentales y clases de interés ante las cosas, o para especificar una unidad mínima a la manera de una entidad psicológica, uno y otro, (aunque sin lograrse una “idea de signo” concordante, a pesar de que en el plano docente se fabula con su promoción, algunas veces, quizá, a causa de una didáctica presurosa, ante el anhelo de un eje ideal de los compases interpretativos). Y, no obstante, ni uno ni otro logró superar (teóricamente) la comprensión lógica que Aristóteles formuló, en su opus Sobre la interpretación, acerca de la asertividad de lo significativo: una cosa es signo de otra cosa porque refiere a aquello de lo que trata.[13]

Y es que es en relación con las cosas que se requiere de una manipulatoria del ensamblaje denominativo, para clasificarlas, especificarlas, instrumentalizarlas, etc., (o de un “lógos” que ya con Sócrates se conforma del nous, de la palinodia y del érgon, aunque el imperialismo romano, mediante propagandistas como Cicerón, haya minimizado ese mismísimo “lógos” a ratio). La semiótica científica, por tanto, en vez de dedicarse a una versión mágica del mundo, en términos gnoseológicos, se especifica al logos o ensamblaje (entendido como “symploké”) de las materialidades de un estado del mundo, de sus habidas totalidades, correspondientes a una producción transaccional de historia (atendiéndose, para esto, especialmente, el postulado holótico múltiple). Es mediante formas tales como la “reflexión” o la “comparación” que se concluyen criterios de relación con que se definen circunstancias e intereses (las cuestiones y las cosas). Y siendo que se confirma ese “lógos” -en lo semiótico- a partir del adoctrinamiento en que se encierra una lengua de pensamiento. Es a partir de esa lengua o Lk que se discute-y-se-cosignifica, por obra de valores y contravalores, el mundo de las deflagraciones (i.e. de las relaciones) del que las “imágenes” dimanan (a la manera de “semejanzas complejas”, no exenta su composición de contigüidades o causalidades).

La operatoria semiótica, un poco, se implica además en la tarea lógica de resolver el mundo logogrífico (no omitiendo lo confuso, sino dispersando la catacresis que la “charlatanería” impone a lo que acaso resulta difícil de entender en los términos del perspectivismo o de la propia epistemología). Y es que mediante el cómo se narra una cuestión, de los tres tipos gnoseológicos de la relación productora de conocimiento habida (objeto-sujeto-verdad), además de las formas del pensamiento aplicadas, fundamentalmente, la “comparación” y la “reflexión” ya mencionadas, etc., las cuestiones dudosas resultan aniquiladas -a la manera de nódulos de ensamblaje- por la vía de algún tipo de definición (i.e. de “desambiguación”, o de resolución de lo “vago” a la manera conjetural).

El escopo semiótico que se discute, por tanto, trata acerca de una comunicación que no posee neutralidad (como sí podría acaso suponerse mediante la visión fenomenológica más radical). Si la comunicación se resuelve como prototipo, lo concreto del acto carecerá de “aura”; el estilo como facultad ética simplemente se disolverá en un decir tecnocratizado. Y ya esto presenta un problema morfológico: ¿es lo declarativo que se formula, cuando resulta intrínsecamente “repetitivo”, anulando la interpretación, un acto de comunicación verdaderamente? ¿Es verdaderamente un acto de comunicación aquel obrar significativo que se resuelve en la receptividad, y, por tanto, en la opción como repetición, i.e., finalmente, en la carencia de una actitud positiva?


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¿Cómo debe obrar pues el profesional del relacionismo público? Si el relacionista público -por vía de “recomendaciones” y especificación necesariamente de opciones y alternativas- debe acaso convencer (en los términos de una retórica persuasiva y no de una mera retórica narrativa), para la evitación de un conflicto o para su resolución, si eso es dado, si ese es su principal oficio, orientado respecto de alguna política de respuestas, ¿cómo ha de suponerse que deba lograrlo, cuando su población de interés no es más que “muchedumbre” o “audiencia”, “esponjas” (a la manera de una propiedad higroscópica) que absorben o drenan según la intensidad del apriete corporativo que se efectivice sobre ese “target group”? Porque un “receptor” no es otra cosa que eso: un objeto de asimilaciones o desasimilaciones, donde las reducciones al sentido (evidentemente necesarias para el lenguaje) quedan oprimidas en la doxografía del mundo, lo que antes o después deviene en fijismo o costumbrismo, en vez de resueltas a consecuencia de un conocimiento de la realidad.

El relacionismo público, pues, interviene las transaccionalidades -la combinatoria de las “prácticas interesadas” del intercambio- para conformar certezas, en condiciones transindividuales aunque no transpersonales, a escala de la persona humana y del estado del mundo en que se envuelven sus intereses y conflictos, en el propio dominio de las elecciones. Este intento de resolver respuestas posibles, aniquilamientos posibles a las cuestiones dudosas formuladas, se sustenta en una visita que realizara al Mercado Agrícola de Montevideo (MAM, fundado en el año de 1913), antes de su reapertura oficial al público, en vísperas de su centenario, pocos días después de la microconferencia que realizara en la escuela de comunicología.

Los aspectos tipológicos y comerciales de una organización de trabajo -i.e. las cuestiones componedoras de disposiciones de gestión (entendiéndose la “gestión” como una operatoria de manipulación de lo problemático por la vía administrativa, organizativa, o funcional), la física de sus realidades, especialmente microgeográfica, geoantropográfica y psicográfica- habrán de converger de manera asimétrica en un mundo de “mancomunidad”, de urbanidad, de vecindad, de convivencia, de confraternidad, etc., en el que opera el relacionismo público, mediante diversas magnitudes jurisdiccionales. Esto, no solo enfocándose en “problemas” atinentes con un esquema de consumo, identificados a su vez a partir de las mecánicas tecnológicas de una “gestión de comercialización”, sino, en general, como una operatoria de comunicación organizacional intrincada en formas de las que diverge como lo es la “comunicación política”[14], y, convergente, asimismo, de alguna manera, con la realidad productiva y logística con que se construye, en el envolvimiento seleccionado del MAM, civilización-y-ciudad-portuaria (podría comprenderse que de un siglo para otro).

De alguna manera, antes que a partir del mero “marketing de ciudad”, es mediante la semiología urbana (siendo la semiología -como campo- una resolución morfológica no exenta de conservadurismos[15]) que resultaría posible habilitar un relacionismo público que colabore tanto con i. la conformación de alternativas que expandan la operatoria arquitectónica de la “reintegración de la imagen”[16] de un edificio como el del Mercado Agrícola de Montevideo, como con ii. el hecho social en que puede envolverse la re-construcción de una “imagen institucional” que implica, necesariamente, (aunque esta fórmula contradiga la operatoria publicitaria), el conocimiento histórico-gnoseológico de lo que efectivamente se dice acerca de una organización de trabajo. El MAM, en la localidad montevideana del Goes, trata -en los términos del “érgon”- de ese basamento político que es comprender su referencialidad patrimonial por la vía de su recuperación:  “(…) el barrio propiciaba más que ningún otro la solidaridad entre obreros y estudiantes”[17]; esta sentencia de Aurelio GONZÁLEZ, fotógrafo documentalista, acierta en ese “lógos” o ensamblaje en el que las personas manifiestan las formas del intercambio (para el caso, el de una transaccionalidad devenida en clasista que dictadura fascista y neoliberalismo mediante devino asimismo en un entorno, contorno y dintorno poblacional tugurizado, en el que se inhibió la popularización asociativa de “ágoras” y “leyes”).

Hubo un lema síndico anti-burgués que envolvió ese “lógos” del intercambio:  “Obreros y estudiantes, unidos y adelante”.  La arqueología del viejo Goes -al menos, mediante una interpretación de sus emplazamientos a partir de la historicidad- lo manifiesta en la fábrica de alpargatas ahora recuperada como condominio, o en la recuperación de las barracas circundantes al mercado agrícola, totalidades holóticas en las que se comprenden a su vez estructuras e instituciones estatales, tales como la Facultad de Medicina o la de Química, así como otros institutos de enseñanza secundaria o técnico-profesionales. Y siendo que obreros-y-estudiantes -que aniquilaban en su alianza política la forma lógica de obreros “o” estudiantes- confluían, en el quehacer de sus huelgas, en un Palacio Legislativo, también anclado en la localidad del Goes, circunvalado por la avenida De las Leyes.

El relacionismo público de las organizaciones de trabajo resuma de la declaratoria apofántica implicada en el reconocimiento de una operatoria productiva; es, por la vía afirmativa, una definición de su pertinencia económica, política, o social en el mundo del consumo. Se implica, a su vez, mediante lo interpersonal de las transaccionalidades, que incluso se envuelve en la comprensión jusfilosófica de las “relaciones laborales”, en una lucha política por la restauración de la personalidad del sujeto de trabajo, i.e. de su “magnificencia” (en los términos de la ética aristotélica) antes que de una “humildad” opresiva en la que se lo encorseta mediante aparatajes de enajenación, mediante teorías del “capital humano” y del “capital social” que sumen a la persona en la fábula administrativa del “recurso humano”, retrogradándola a variable económico-organizacional. Y esto sin mencionar casos a los que deba quizá agregarse, en un esquema de diátesis-estrés, los padecimientos y las sombras causadas por una jefatura o un enjambre de subordinados ineptos e incluso esquizoides en sus vinculaciones, cuando así sucede.

No obstante, la administración de las “opiniones públicas”[18] o de la “opinión pública” o de un “público interno”, etc., no requerirá de un sujeto lógico que sea crítico de su operatoria transaccional (capaz de palinodia socrática, tal como el primer filósofo ático asume la necesidad moral de crítica continuada de lo que se dice, en sus discusiones, siendo una fórmula que retoma de la propia poesía homérica, de una “producción” que contemporáneamente podría entenderse como logopeia, desacreditando así la charlatanería de los logógrafos o vendedores de discursos de su época). A ese sujeto lógico que critica el estado del mundo que vive, el relacionismo público lo rodeará, evitándolo, silenciándolo: la funcionalidad comunicativa en que lo envolverá, habrá de minimizar la actitud positiva (puesto que no tendrá cómo “evaporarla”) y bendecirá la actitud receptiva que es la que encaja verdaderamente con el esquematismo de la emisión que pululara durante el siglo XX en su formas “masiva” o “intercomunicativa”.

La actitud positiva -en los términos de la isegoría- es un problema político en el esquema de consumo capitalista para sus tecnócratas, porque resulta aniquiladora de la mera actitud receptiva que es lo que hace predecible -en el mercado- al objeto de enajenamiento. El acto propiamente del sujeto lógico que necesariamente asume lo binario de un sistema de categoricidad, respecto de un valor que constituye su contra-valor, no lo predestina en el ejercicio de las alternativas de la acción. Esas alternativas de la acción sujetas a un fin permiten construir crítica acerca de la mera opcionalidad I/ O con que supuestamente se confirma, o se place, o se reconoce uno mismo en el esquematismo de consumo que lo abarca falazmente por la vía de la “oferta” o la “demanda”. Era un acuto economista como John Kenneth GALBRAITH quien advertía, en la entrevista que le realizara Nicole SALINGER, Tout SavoirOu PresqueSur l’Économie, acerca de la insensatez de ese algoritmo fabuloso, de ese mito que es la “oferta-y-demanda”, siendo que resulta sencillamente inaplicable en un mundo comercial oligopólico mediante el que se ejecuta, además, una política global de precios e ingresos.

En el sistema oligopólico es indiscutible que la “demanda” del consumidor no es más que un mito, el mito de la oferta y demanda; el consumidor solo consume el producto que los clusters definen como mercancía más allá de que la “servucción” implique al cliente en la conformación del servicio (en este esquema, el “boicot” a un bien o servicio, como ocurrió en el Reino de Suecia, por parte de los consumidores, con los plátanos de la DOLE que se producían a expensas de los agrotóxicos que agredían al campesinado nicaragüense a principios del siglo XXI, no es más que una catarsis que el relacionismo público de la Gibraltar Associated le resolvió a la gran empresa mediante mecanismos de ocultamiento del acontecimiento y de persecución abogadil a los denunciantes -aunque algo así preocupó y mucho nacionalmente a su Poder Legislativo- así como al aplicar asimismo el antiguo arte de la compra de conciencias: los súbditos suecos continuaron deglutiendo esos plátanos, poco después del “evento” con el que solventaron su angustia moral, y la DOLE siguió siendo, pues, la poderosa DOLE).[19]

A la interna de una organización de trabajo, por otra parte, las “relaciones laborales” (como resultante de los intercambios contractuales[20]) resultarán interceptadas por el relacionismo público, especialmente si su operatoria es dirigida mediante la departamentalización tanto de los “recursos humanos” como de la “ética profesional” para el gerenciamiento de las construcciones ambientales, de algún tipo de “ambiente laboral” (administrándose estresores ambientales y dimensiones sindrómicas, en función de la gestión de comercialización de una unidad económica, de su propósito que es el de capitalizarse y lucrar).

Los “recursos humanos” y la “ética profesional”, son dos nódulos nematológicos -o caballitos de batalla- del neoliberalismo. Estas dos hipóstasis contemporáneas no exentas de un galimatías argumentativo -aberrantes trufas institucionalizadas, además- se han extendido y “funcionan” por la vía administrativa (de su normatividad). Por un lado se minimiza hasta el patetismo la condición de la persona a “recurso humano”, omitiéndose con esto el atributo alotético en que se comprende institucionalmente una personalidad. Y, por otro lado, la ética -su prohairesis constitutiva, en el sentido de Epicteto- resulta burocratizada en una “ética profesional”, la sindéresis distributiva con que se compone es reducida a mero “manual de conducta”, a prototipos de intercambio propios de una supervisión operativa con la que se resuelve la gestión del desempeño asalariado.

Es en esa condición organizacional que el relacionismo público delimita sus principales propósitos, según su latitud operatoria en que se concreta y que es lo propiamente contingente de la “gestión de ventas”, puesto que el mundo de la comercialización lo circunscribe, y que son i. la evitación de conflictos a pequeña escala o ii. la resolución de conflictos a pequeña escala (siendo que los conflictos a gran escala son solo asunto diplomático, propiamente del relacionismo internacional que es evidentemente otro oficio, aunque ligado de manera visceral a las tratativas comerciales, en los términos de la tecnostructura[21] que analizara J. K. GALBRAITH para discutir la existencia “clasificada” de acuerdos mercantiles entre empresas y gobiernos).

Y reconociéndose, además, ese oficio comunicativo como operatoria de trabajo en campos de conocimiento de segundo orden, tratantes de la transaccionalidad como escopo propiamente de las ciencias humanas. Y siendo que el relacionismo público, por tanto, asume alguna institucionalidad, evidentemente, por la vía del acuerdo o la coacción de la que depende como condición tácita toda labor profesional, en el espacio gnoseológico en que se comprende la verdad personal a que refiera, envolviéndose asimismo en la legitimación económica de un sistema productivo (en las relaciones esclavistas de producción, como tipo predominante de extracción de excedente, la naturaleza de la esclavitud fue ideológicamente defendida, otro tanto ocurre en el capitalismo siendo que el sujeto de trabajo es reducido a “asalariado”, defendiéndose esta vez la legitimidad de ese extrañamiento, incluso mediante un Estado de Derecho democrático-republicano y burgués que lo refiere).

Y es que el acto profesional, i.e. la acción al influjo de un fin con que se conforma alguna tarea especializada en una unidad mayor de organización (sin prescindirse, acaso, de la “actividad” o la recreación), se concreta en la resultante del trabajo mismo y del conocimiento que se producen en los términos de una experiencia-no-personal, respecto asimismo de unas condiciones de producción. Y ese condicionamiento bien puede concebirse -respecto de las antecedencias imperialistas y oligopólicas del siglo XX- en los términos de i. la propiedad privada y de ii. las relaciones caóticas de producción (tipicidad estructural propia del sistema capitalista que es además conditio sine qua non de su existencia de explotación y expoliación de los asalariados y que los filósofos materiales del siglo XIX denunciaran).

Hay que aclarar de todas maneras que la “propiedad privada” mencionada ut supra fundamentalmente refiere a los ingentes recursos y acervo patrimonial de la civilización (y no tanto a un pequeño mercado, o a una tienda de buhonerías, o a las palmatorias de plata que podrían comprenderse como legado entre privados y que devienen de abuelos a nietos, etc.) y, concomitantemente, debe comprenderse que las “relaciones caóticas de producción”, también especificadas, bien pueden hallarse ordenadas o planificadas en grado sumo, puesto que su “caos” radica en que produzco pan, no para que tú te alimentes, sino, para que lo compres y, por tanto, el fin productivo se aliena, se dispersa en el “libre mercado”, se separa de la Humanidad en la que la persona queda reducida, en la muchedumbre, a “clientela” o “audiencia”.

Así, el oficio del relacionismo público -su acto profesional- se especificó como un inhibidor de la “comunicación política”: la operatoria de respuestas en que se ejercería no admitió el cuestionamiento polémico sino solo -en los términos sociológicos de la heterorreflexividad- una mera declaratoria de consenso. Esto es resultante de modelos administrativos o liberales o neoliberales, de un burocratismo del procedimiento donde la actitud positiva se ahoga, se menoscaba, se decanta, en la receptividad de un emisor fijo y controlador; las fórmulas algorítmicas de la ER y sus variantes, o el esquema del EOR, lo especificaron de manera paradigmática durante el siglo XX.

Y los paradigmas de la ER, o psicológicos, o sociológicos, en todo caso, podrían comprenderse (de manera discontinuada) para discutir lo humano a partir de la etología humana, para discutir finalmente al “ser humano” ceñido a su atributo autotético. Aunque no para reflexionar lo comunicativo a partir de la “persona humana”, puesto que no es antropológicamente posible resolverlo en los términos de una “comunicación natural” sino como morfismos que se confirman en el producto transaccional de la historia, en términos histórico-institucionales, a su vez, mediante resoluciones de segundo orden que se comprendan en el atributo alotético.

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De manera generalísima y reconociendo una posible implicación mecanicista, es posible proponer que el fenómeno comunicativo (si se lo supone como función irreflexiva) se conforma con la contraposición del efecto interpretativo (ceñido a una función reflexiva), siendo que en fenómeno y efecto el yo-digo porque comunico lo que interpreto y el yo-pienso porque interpreto interesadamente (históricamente) resultan concreciones de tipo terciogenérica, a causa de la tensión obrada entre lo colectivo e individualista, ecualizando, a su vez, en esa construcción, cuestiones lógicas y retóricas. No es posible resolver lo comunicativo desatendiendo -en los términos de un postulado holótico múltiple- las infinitas problemáticas de la comprensión del mundo que se van concretando (aunque esto haya procedimentalmente confundido lo comunicológico, equivocadamente, variadamente, con estudios acerca del periodismo).

El relacionismo público, como oficio transaccional engendrado durante la década del cincuenta (siglo XX), en el mismísimo vientre de la seguridad nacional estadounidense, y, como acto profesional, para ser “trabajo productivo”, se envolverá en un crecimiento económico que objetive el aniquilamiento de las tareas y las actividades en acumulación de capital. Y ya esto permite comprender, en las condiciones logotécnicas de las unidades económicas, la dependencia radical del relacionismo público respecto de la “gestión de comercialización” de toda organización que se capitaliza y lucra (se preocupará de inhibir, en el plano declarativo y vincular, la contingencia de la “venta”, como manifestación de la persona reducida a “cliente”).

Este postulado, en efecto, se cumple para con las múltiples totalidades tecnocráticas de una organización de trabajo que a su vez el relacionismo público “orbitará” para orientar, conformar y registrar procesos de “buena conceptualización” acerca de la economía básica de su quehacer -de verdadera aceptación institucional- en lo referente a qué produce, cómo lo produce, quiénes lo producen, para quiénes, etc. Esa “imagen institucional” que el relacionismo público gesta, en las condiciones organizacionales de la comunicación corporativa, depende no solo del dispositivo de repetitividad publicitario sino asimismo de la estupidez (no siendo este término, al menos en este caso, peyorativo, sino, especialmente, de referencia lógica), de esa estupidez que facilita y mucho, muchísimo, la aceptabilidad por parte de la población de un esquema de sofisticación del consumo, de acaparamiento de bienes y servicios. El reducir al sujeto de acciones a “Receptor” será una necesidad económica del capitalismo, para recrear la alucinación de la inexistencia de la historicidad; alucinación que se desvanece ante cada nueva crisis cíclica económica y otra vez, luego, los técnicos de la imagen deben de reconformar la confianza en el sistema mediante pases mágicos que denominan de mejora continua (sería como presuponer acaso que en el sistema democrático-esclavista griego “la mejora aséptica” de los mecanismos de explotación del esclavo hubiesen sido la verdadera tarea histórica que competía a una civilización politizada; pues no, porque el verdadero propósito fue el del derrocamiento definitivo de ese sistema).

Durante esa misma década del cincuenta, en plena crisis ya de los modelos organizacionales que deviene en la planificación estratégica que había empezado a aplicarse a finales de la segunda guerra mundial, es que las confirmaciones imperialistas del mundo diplomático y comercial deben empezar a capitular ante la contraofensiva castrense y poblacional del tercer mundo (dos casos de renombre en el siglo XX resultaron los de Corea y de Cuba, donde sendos ejércitos de liberación expulsaron las invasiones estadounidenses provocadas). Los modelos organizacionales estadounidenses y nipones caen, su exitismo declina, al influjo político además de la retracción imperialista producida (aunque esto no implica desatender la subsunción del “bloque socialista” ante el modelo fundamentalista de libertad occidental, especialmente a partir del año de 1956 donde las contradicciones geopolíticas del “comunofascismo” también hacen crisis).

La propia política de respuestas del Alto Mando del mundo industrializado empieza a especializarse. No solo no se mostrará todo, no solo no se declarará todo: la realidad castrense, y, a su vez, el fin por el que se expanden las guerras de conquista, no necesariamente coincidirá con la “imagen institucional” que se proyecte de sus actos por la vía propagandística. Los modelos organizacionales ya entonces devenían de las reconformaciones del propio ordenamiento oligopólico de las organizaciones bélico-industriales, asociadas al aparato burocrático castrense, (conglomerado del que proviene además el mismísimo relacionismo público como política de respuestas, tal como anteriormente se menciona, especialmente ante contingencias que vulneren una manipulación de Estado de la sensibilidad pública ante asuntos internacionales).

Así, un soldado invasor será tergiversado en soldado liberador: no aparecerá acribillando a civiles, aunque esa sea su principal tarea geo-antropográfica, para imponer el terror, sino entregándole alguna golosina manufacturada -así se mostrará- a un infante o desvalido tercermundista. Se hallará en ciernes, pues, la “espectacularización” fabulada de los efectos que conlleva una tierra arrasada, una población diezmada, a causa de la injerencia extranjera en territorios en los que se implementan -a prueba- las operatorias de los complejos bélico-industriales que poseen por “producto” no solo el armamento, sino las relaciones y estrategias mercantiles y bursátiles necesarias, así como el personal idóneo que va del conglomerado de soldados al equipo de contratistas, relacionistas públicos, etc., todos los que resulten necesarios, para que los conflictos proliferen y ese comercio prospere. El relacionismo público castrense iniciado como escuela estadounidense no declarará unilateralmente acerca de realidades sino respecto de intencionalidades, convicciones, ideales, etc. El hecho político de que una población diezmada no haya solicitado, nunca, por ninguna vía formal o explícita, la intervención del militarismo, en territorio propio, referirá a una realidad que su relacionismo público simplemente suplirá con un panegírico de supuestos en beneficio de alguna personalidad-democrática[22] eventual que sea portavoz de la guerra y que “rija” los procedimientos de conquista.

La operatoria propagandística, especialmente la comunicación política nazifascista xenófoba, antijudaica y antibolchevique, no menguó -como fenómeno político- junto con la finalización de la segunda guerra mundial. Su antecedencia tecnológica fue aprendida, especialmente por el empresariado antibolchevique, no solo manifestado en el aparato burocrático castrense sino asimismo en las tradiciones administrativas del trading en el primer mundo. El rictus gubernamental desplazado hacia las unidades económicas, como acontece con las conformaciones del “ceremonial” y del “protocolo”, se corresponde con complejos empresarios que por la vía del oligopolio superan en el acaparamiento de recursos a los propios Estados. Y, asimismo, se provoca en los Estados un trastoque orientativo: abandonan la dimensión del gobierno, para reconcentrarse en “reformas del Estado” sustentadas en el “gerenciamiento” y en la “gestión” de esferas del poder.
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Ese relacionismo público, reconcentrado en la proyección de una “imagen beneficiosa” de la organización de trabajo (siendo su propósito  i. generar “riqueza de marca” o reconocimiento público y ii. provocar interés en la población de consumo acerca de una “gestión de comercialización” que especifica productos), no se sustenta, en efecto, en la mera declaratoria resultante de técnicas narrativas aplicadas. A su operatoria comunicativa, a su modelización global, si acaso de algo sirve el argot, subyace una economía de flujos de inversión extranjera directa que en el segundo decenio del siglo XXI -años de 2010 a 2011- se ha incrementado positivamente en los países subdesarrollados (excepto en los de África y Oriente Medio en los que disminuyó).

Hay, así, efectivamente, una fabricación material del consenso (una objetivación económica de las razones y conveniencias de la aceptación de las condiciones del mercado) y se presenta con variables direccionales tales como a) la comunicación, b) el entendimiento, c) el acuerdo, o d) el comportamiento complementario. A su vez, respecto de cualesquiera modelos productivos subyace la problemática de los oligopolios y el incremento positivo de los precios en el sistema capitalista (esta cuestión es notoria en los productos básicos[23], incluso en los alimentos encerrados en el esquema de las agro-exportaciones[24]), en el que la inversión extranjera aplica procesos de restructuración empresaria y la terciarización de elaboraciones manufactureras[25]. Ese proceso de inversión se incorporó en el acaparamiento, especialmente por parte de los países de la OCDE, de suelos y recursos que no modifican el desabastecimiento especulativo ni el status quo proteccionista como es reiteradamente dado en el sector agrícola y aplicado por el primermundismo inversor (aunque han ingresado Chile en el año de 2010 y México en el año de 1994).[26]

En la operatoria empresaria esto mismo se traduce, principalmente, a la necesidad de evitar la proliferación de conflictos, algo inevitable a partir de las revoluciones industriales, como respuesta política de una clase obrera explotada y organizada por la vía síndica. El relacionista público, en la fábrica, o quien desempeñara tal oficio antes de su constitución, debía lograr que nunca se alcanzara el estado de huelga, y, fundamentalmente, eso se efectivizaba inhibiendo las condiciones de organización sindical o anti-patronal (o, por defecto, promoviendo dispositivos de distorsión que le resultaron igualmente funcionales tales como el amarillismo, el anarco-sindicalismo o la atomización partidista de la unidad política de los obreros). De finales del siglo XIX hasta la primera mitad del siglo XX, en el primer mundo, ya había una vasta literatura organizacional que prevenía contra la represión cruda (aunque el conglomerado empresario latinoamericano no se percatara de esto). Había que convencer al obrero -en general, al asalariado- acerca de una natural hermandad con su patrón o contratista a causa de haberlo empleado, o por brindarle uniformes adecuados a las tareas del trabajo, así como equipamiento para su seguridad física, o por haberle dispuesto un comedor para su media hora de descanso, o los servicios higiénicos, o los libros escolares en préstamo anual para su progenie, etc. ¿Para qué organizarse sindicalmente, en organizaciones clasistas, además, defensoras solo del asalariado, no del capitalista, si todo podría resolverse, habiendo buena voluntad, cara a cara con el patrón, personalmente, sin necesidad de “politizar” los asuntos?

El relacionismo público debió presentar al patrón como bienhechor pródigo y paternal, como si acaso esa noción aniquilara -incluso si resultara cierta o acertada- la relación económica de explotación al asalariado, envuelta en la necesidad histórica de perpetuar la capitalización y el lucro de las unidades económicas que padecen además de “dirigentismo” (traducido al liderazgo corporativista, en un sistema de clases sociales principales y opuestas). Esto hace que los distintos dispositivos de significación de los que se vale el relacionismo público (publicitario, mercadológico, comunicativo visual o ambiental, psicológico, sociológico, periodístico, organizacional administrativo, etc.) resulten correspondidos con nematologías institucionales, i.e. nebulosas ideológicas a partir de las que se legitiman mecanismos de intercambios supuestamente sustentados en “leyes inmutables” (muy recurridos en los cursillos de verano): la empresa requiere de una misión y visión, el cliente tiene siempre la razón, el cliente interno debe responder lealmente a su empresa, etc.

Estas mismas “condiciones ambientales” incluso es posible advertirlas, en las conformaciones del relacionismo público que es lo que se discute, también a partir de las denominadas “teorías de la comunicación” que proliferaron durante el siglo XX, siendo que el propio sujeto de trabajo, o mediante visiones psicologistas o sociologistas, resultó convertido -salvo excepciones- a la “recepción”, a objeto de aceptaciones. Y esto ocurría, incluso, decenios antes de ser reducida la persona a una noción antropológicamente falaz como la del “recurso humano”, mediante “teorías” de raigambre o hilacha ordoliberal como la del “capital humano” o la del “capital social”. La propia actitud receptiva, en cambio, es posible aniquilarla, mediante la vía crítica; es necesaria otra actitud que no ahogue al sujeto transaccional en el eidetismo. En este sentido, la actitud positiva es vital para producir conocimiento mediante la relación de la prótasis con la apódosis, para dominar en grado determinado, a su vez, esa multiplicidad infinita acerca de la que trata lo real.






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[1] La microconferencia se desarrolló en fecha de 27 de agosto de 2012.
[2] Véase NAENARA (JONG IL, Kim). Diciembre de 2010. “Ejecución de la idea Juche” (“9. Experiencias de la construcción del Poder Popular”: “La construcción del Poder Popular como vocero de los derechos independientes de las masas populares y organizador de sus actividades creadoras”) en URL: http://naenara.com.kp/sp/juche/course_juche.php?current+0+0-09 (Acceso, 7 de diciembre de 2012).
[3] La conceptualización del “antropotelismo” es discutida por Pedro GÓMEZ GARCÍA, rondando también la cuestión del humanismo, para disociar el telos sociohumano al que refiere i. de la prioridad o centralidad en el espacio, ii. del tiempo de evolución y iii. de la procesualidad sociológica o psicológica. Véase GÓMEZ GARCÍA, P. (Pensamiento; Vol. 40: Nº 157). 1984. “LÉVI-STRAUSS: ¿un nuevo humanismo?” en URL:   http://pedrogomez.antropo.es/articulos/1984-Levi-Strauss-un-nuevo-humanismo.pdf (Acceso, 7 de diciembre de 2012, págs. 77-90). 
[4] Aristóteles lo discute en su opus Moral a Nicómaco (traducido posteriormente como Ética a Nicómaco y modificándose así la realización de P. de AZCÁRATE del año de 1873), en el libro séptimo (capítulo XIII), “De los placeres del cuerpo”: “Pero no basta encontrar la verdad; es preciso además explicar la causa del error”. 
[5] El proagoro, como vocablo griego, refiere al sujeto de expresiones que habla delante o primero. Cfr. “Fragmentos de las verrinas. El despojo al rey Antíoco de Siria. (De Signis)” en Cicerón (Prólogo de BORNECQUE, H.); Cicerón. Selección de obras; Claudio García & Cía. Editores; Montevideo, 1941 (XXIII, pág. 24).  
[6] Véase MUÑOZ. B. S/ f. “Escuela de Frankfurt: Primera Generación” en URL:
[7] Véase VUALBUENA de la FUENTE, F.  Diciembre 2004.  “Los juegos comunicativos, de Eric Berne” en URL:  http://nodulo.org/ec/2004/n034p16.htm (Acceso, 14 de agosto de 2012; El Catoblepas, ISSN 1579-3974, sección Información & Comunicación; Número 34, pág. 16).
[8] Se tiene el caso chileno de la Teletón* con su clásica cruz paté** terminada en curvas convexas (posteriormente renovada, mediante la construcción de otros símbolos en el conglomerado de la ORITEL). Se fundó como evento filantrópico, iniciado en el año de 1978 -a partir del modelo estadounidense de televisación de J. LEWIS***- mediante el ejercicio del voluntariado (siendo que no solo recaudó fondos, administrados privadamente, también resolvió la exoneración de impuestos como se constató con el caso mexicano de Televisa[1], beneficiándose de hacer el bien, ajustándose en su procedimiento al esquema promocional de la RSE; este asunto fue analizado por el área de Investigación “Estado, Gobierno y Políticas Públicas” de la Universidad Autónoma Metropolitana).
* Véase CASTRO CÓRDOVA, R. [Noviembre de 2012]. “Responsabilidad social y tratamiento mediático” en URL:
** Una sinopsis heráldica posible del origen de la cruz paté, deviene del primitivo estandarte imperial romano que tenía consignado el término Labarum o Labaro (siendo cambiada una sola letra del gentilicio latino laborum), para significar que era insignia de trabajo, de los grandes y muchos trabajos que padecían los soldados en la guerra, y al que se le agregó posteriormente la cruz cántabra. Ocurrió luego de ser sometidos los cántabros que opusieron gran resistencia al imperio, el término Labarum, así, fue cambiado por el de Cantabrum y valiéndose como figura de la cruz que utilizaban de la hechura de “X” (siendo, en los términos de la geometría analítica, resultante de dos rectas concurrentes y siendo sus ángulos suplementarios uno agudo y otro obtuso). Sus dos “líneas” sobrepuestas significan las dos naturalezas divina y humana (además de referir su número al “diez” que se asumía como cifra soberana). Los Cántabros ofrecían culto de religión a la Santa Cruz i. adorándola, ii. esculpiéndola en las lápidas de sus sepulcros y iii. trayéndola por seña y divisa en sus banderas y estandartes. El imperio se apoderó de esa seña o divisa de la cruz cántabra para asumir políticamente el último bastión tomado; se hizo, pues, estandarte imperial (de un imperio que logró incluso someter a los más belicosos).  Apoderándose de su seña se pretendía “cautivar” y “amansar el orgullo” de una población diezmada y apaciguada en vez de vencida o conquistada (intentándose con este procedimiento finalizar los trabajos de una guerra de cinco años). Otros pueblos del orbe -luego de la derrota cántabra, según el anal católico que lo relata- se rindieron sin mayor resistencia. Cfr. “Capítulo 6. Del mayor elogio de los antiguos Cantabros” en SOTA, Francisco (fray); Chronica de los Príncipes de Asturias y Cantabria; Bibliotheca Regia Monachensis; Madrid, 1681 (pág. 31 y ss.).
*** Véase S/ a. S/ f. “¿Quiénes somos?” en URL: http://www.oritel.org/quienes-somos/ (Acceso, 9 de diciembre de 2012).
[9] Aristóteles lo discute en su opus Retórica (traducción de TOVAR, A.), en el libro uno, “El entimema y su importancia en la retórica; relación de este arte con la lógica”: “(…) la demostración retórica es un entimema (el cual es, por decirlo en general, el más fuerte de los argumentos), el entimema es un silogismo (y acerca del silogismo de todas clases es propio que trate la dialéctica, o toda entera o alguna parte), es evidente que el que mejor puede considerar de qué premisas, y cómo resulta el silogismo, ese podrá ser  el más hábil en el entimema, pues comprende a qué se aplica el entimema y qué diferencias tiene respecto de los silogismos lógicos”.
[10] La “hermenéutica” trata acerca de la tematización última de una operatoria investigativa: interpreta la metodología de una teoría, para comprobar finalmente que resuelve el problema que trata.  Por otra parte, la “perversión hermenéutica”, así mencionada, implica una crítica -en el campo interpositivo de las ciencias humanas- al estructuralismo. Cfr. PARDO, J.L.; Estructuralismo y ciencias humanas; Ediciones AKAL SA; Madrid, 2001(pág. 48).
[11] Véase RIZO, M. [Agosto-septiembre de 2004]. “El interaccionismo simbólico y la Escuela  de Palo Alto. Hacia un nuevo concepto de comunicación” en URL:
http://www.portalcomunicacio.com/download/17.pdf (Acceso, 11 de diciembre de 2012).
[12] Véase BUENO, Gustavo.  1980. “Imagen, símbolo, realidad (cuestiones previas metodológicas ante el XVI Congreso de Filósofos Jóvenes)” en URL:
http://filosofia.org/rev/bas/bas10908.htm (Acceso, 7 de diciembre de 2012).
[13] Aristóteles lo discute en su opus Sobre la interpretación, en “Escritura, voz, pensamiento y realidad. Lo verdadero y lo falso”: “Así, pues, lo que hay en el sonido son símbolos de las afecciones que hay en el alma, y la escritura es símbolo de lo que hay en el sonido. Y, así como las letras no son las mismas para todos, tampoco los sonidos son los mismos. Ahora bien, aquello de lo que esas cosas son signos primordialmente, las afecciones del alma, son las mismas para todos, y aquello de lo que éstas son semejanzas, las cosas, también son las mismas”.
[14] En la tratativa semiótica, referir a la “comunicación política” implica rememorar a Cicerón y sus catilinarias (principalmente la primera, de una tétrada de oraciones que integra, y que improvisó ante el Senado en el templo de Júpiter, emplazamiento del que se valían en los días de alarma).
[15] Véase FERNÁNDEZ LEOST, J. A. Diciembre de 2006. “El legado post-estructuralista en el discurso político contemporáneo” en URL: http://www.nodulo.org/ec/2006/n058p15.htm (Acceso, 11 de diciembre de 2012).
[16] Cfr. “Pensamiento y transformación del Mercado Agrícola” de PASCUAL, C. en PASCUAL, Carlos (Dirección de contenidos); Mercado Agrícola. Montevideo. Goes y sus circunstancias; IMM · Imprimex; Montevideo, 2011 (pág. 235).
[17] Cfr. “Aurelio González (…)” s/ a en PASCUAL, Carlos (Dirección de contenidos); Mercado Agrícola. Montevideo. Goes y sus circunstancias; IMM [IM] · Imprimex; Montevideo, 2011 (pág. 156).
[18] Cfr. “3.3.1. Tipología de públicos” en MÍGUEZ GONZÁLEZ, M. I.; Los públicos en las relaciones públicas; Editorial UOC; Barcelona, 2010 (págs. 140-141).
[19] Hay dos filmes documentales asociados a la DOLE: Bananas! (año de 2009) y Big Boys Gone Bananas! (año de 2011), del director Fredrik von GERTTEN. En el primer filme Bananas!, relata la resistencia campesina que los trabajadores nicaragüenses lograron contra el uso de agrotóxicos -y la problemática de sus bioacumulaciones- por parte de la transnacional alimentaria DOLE. El segundo filme Big Boys Gone Bananas!, revela las prácticas de acoso político que la DOLE ejecutó contra von GERTTEN para que su trabajo no se hiciese público: esta situación fue además discutida con el propio director -oriundo de Malmö- que se halló presente en el XV Festival Internacional de Cine de Punta del Este (desarrollado en marzo de 2012). En esa oportunidad von GERTTEN mencionó -como impresión vivida- la existencia de un temor latente que los periodistas estadounidenses padecen, a la hora de enfrentarse a temas que contradicen la imagen publicitaria o la política de respuestas que el relacionismo público provoca en beneficio de los oligopolios y que en el caso de la DOLE es desarrollada por la Gibraltar Associates.
[20] Inspección de Derecho (ANEP – CETP). [Compendio 2005-2009]. “Principales normas vinculadas al Derecho del Trabajo” en URL:
[21] Cfr. “4. La gran empresa moderna” en GALBRAITH, J. K.; Introducción a la economía; Ediciones Folio SA; Barcelona, 1997 (págs. 89-91).
[22] Las administraciones estadounidenses han asociado a una  conciencia de “misión salvadora” el “Imperio de la libertad” como origen ideológico de su narratología política. SHICHENG, Xu. 2006. “El nuevo imperio y la nueva hegemonía norteamericana” en URL: 
[23] Cfr. QUIRÓS SANTOS, J (CIEM; Temas de Economía Mundial; ISSN 1997-4183, Nueva Época II, Nº 22). Septiembre de 2012. “Evolución más reciente del comercio mundial” en URL: http://www.ciem.cu/publicaciones/pub/Temas%20No.%2022-2012.pdf (Acceso, 21 de septiembre de 2012; págs. 56-57).
[24] Cfr. PICHS MADRUGA, R. (CIEM; Temas de Economía Mundial; ISSN 1997-4183, Nueva Época II, Nº 22). Septiembre de 2012. “Crisis agrícola e inseguridad alimentaria en el mundo subdesarrollado” en URL: http://www.ciem.cu/publicaciones/pub/Temas%20No.%2022-2012.pdf (Acceso, 21 de septiembre de 2012; pág. 187).
[25] Cfr. SALAS ALFONSO, J. (CIEM; Temas de Economía Mundial; ISSN 1997-4183, Nueva Época II, Nº 22). Septiembre de 2012. “Situación actual de la Inversión Extranjera Directa en América Latina y el Caribe” en URL: http://www.ciem.cu/publicaciones/pub/Temas%20No.%2022-2012.pdf (Acceso, 21 de septiembre de 2012; págs. 124 y 129).
[26] Cfr. QUIRÓS SANTOS, J. (CIEM; Temas de Economía Mundial; ISSN 1997-4183, Nueva Época II, Nº 22). Septiembre de 2012. “Evolución más reciente del comercio mundial” en URL: http://www.ciem.cu/publicaciones/pub/Temas%20No.%2022-2012.pdf (Acceso, 21 de septiembre de 2012; págs. 61-62).

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