jueves, 16 de enero de 2014

Multiplicidad de las concepciones etimológicas















Analogía de un término

Resolución del étimo


¿Cómo discutir acerca de una multiplicidad de concepciones etimológicas, distinguiéndola metodológicamente de la historia de las palabras? Se presenta para esto la Comunicación defendida por Víctor MARTÍNEZ PATÓN ante los XVIII Encuentros de Filosofía, en Oviedo (marzo de 2013), publicada en Revista El Catoblepas.



Historia de las palabras y etimología: algunas precisiones conceptuales y metodológicas



Fuente hemerográfica: MARTÍNEZ PATÓNVíctor.  2013, julio. «Historia de las palabras y etimología: algunas precisiones conceptuales y metodolóligas» (Revista El Catoblepas, Nº 137; pág. 3) en URL: http://www.nodulo.org/ec/2013/n137p03.htm (Acceso 2014, enero 15).

No parece ocioso en un congreso sobre filosofía del lenguaje hablar precisamente sobre lo que etimológicamente sería «la verdad» del lenguaje de palabras, es decir, la etimología.

Muchos enfoques podríamos darle a la cuestión y desde luego todos ellos exigirían un estudio detallado que indudablemente sobrepasaría notablemente la extensión que se le supone a una comunicación como esta. En consecuencia y sin perder de vista la necesidad de una exposición sistemática que reservamos para ocasión más extensa, vamos a limitar esta intervención a presentar de una manera casi esquemática la diferencia entre los conceptos de «etimología» e «historia de las palabras», y explicar la trascendencia práctica (metodológica) de la distinción.


1. El término «etimología» no es unívoco sino análogo, pudiéndose utilizar con al menos los siguientes significados:

- Sinónimo de historia de la palabra (sentido amplio).
- Sinónimo de étimo (sentido estricto).
- Estudio del étimo como base para estudiar la lengua de origen (prototípicamente el indoeuropeo).
- Sinónimo de étimo, siempre que tenga un significado distinto.

A estos cuatro habría que añadirle al menos un quinto, el nombre de la disciplina que estudia la «etimología», independientemente de cuál de las concepciones posibles de esta se tome como referencia.

El primero de los significados señalados responde al uso tradicional al menos hasta el diccionario de Ernout y Meillet{1}, en el que aparece expresamente la diferencia entre la «etimología» e «historia de las palabras». Así el diccionario se titula Diccionario etimológico de la lengua latina y tiene un subtítulo que es precisamente Historia de las palabras. Lo llamativo es que a pesar de que a la diferencia entre ambos conceptos los autores le otorgan tanta importancia como para introducirla en el título, esta diferencia queda apenas explicada. De hecho al releer la introducción del diccionario cabe preguntarse si la distinción no oculta simplemente la voluntad de distinguir el trabajo de cada uno de los autores: «etimología» sería la parte del trabajo hecha por Antoine Meillet e «historia de las palabras» la hecha por su discípulo Alfred Ernout.

En todo caso sabemos que hasta entonces «etimología» designaba el estudio completo de la historia de la palabra en la lengua objeto de estudio y en las posibles anteriores, incluyendo la evolución de su significante y de su significado. Así por ejemplo en el Primer diccionario etimológico de la lengua española (1870-71), del famoso Roque Barcia, tan conocido por haber sido jefe del cantón de Cartagena.

La segunda concepción de las señaladas, aquella de significado más restringido, reduce el término al estudio del étimo; así se vislumbra en el Diccionario de términos filológicos{2} de Lázaro Carreter. Sería pues la etimología una parte de la «historia de la palabra», concepto este más amplio que comprendería también no solo todos los desarrollos semánticos, fonéticos y morfológicos de este étimo, sino incluso la propia historia anterior de ese étimo.

Por étimo entendemos el vocablo de una lengua diferente y cronológicamente anterior del que deriva directamente la palabra de que se trate. Así decimos que el étimo del español hombre es el latín homo, y que este a su vez tiene por étimo el indoeuropeo *(dh)ghhom-on; y tal podemos decir porque cabe establecer una relación directa de continuidad entre ambos pares. Para hablar pues de étimo tendremos que tener necesariamente la palabra en dos lenguas diferentes y hallar una relación directa entre la anterior y posterior, por más que esta pueda estar oscurecida por las alteraciones fonéticas correspondientes. Estas evoluciones fonéticas también serían objeto de estudio de la etimología en sentido estricto.

Sobre esta concepción encontraríamos la tercera, aquella que precisamente utiliza Meillet en el diccionario, en la que el étimo se utilizaría casi como excusa para una exposición lo más extensa posible de la lengua de la que proviene{3}. En su caso, como enunciaba anteriormente, la etimología sería el estudio del indoeuropeo y la historia de la palabra respondería a la parte filológica restringida a la lengua latina. En este caso en consecuencia Meillet utilizaría «etimología» casi como sinónimo de «lingüística indoeuropea», uso que aún hoy puede encontrarse en algunas cátedras francesas.

Por último cabe un último significado, que no es raro hoy entre los lingüistas, que consiste en entender la etimología como el hallazgo de un étimo con significado diferente. Así el español señor tendría como etimología el latín senior (‘mayor’) solo en la medida en que el significado de la palabra latina y la española son diferentes. De tal modo que hombre no tendría etimología mientras no se pudiera rastrear un significado diferente en el latín homo.

2. A priori ningún motivo hay para elegir una u otra de las concepciones de la etimología, pero lo que entendemos necesario y exigible es optar por alguna. Pues solo la precisión de los conceptos nos permitirá que nuestro estudio tenga un mínimo rigor. Lo contrario, la confusión de los varios significados de «etimología», entendiéndolo en definitiva como un concepto unívoco, provoca una confusión que sin duda está en la base de errores y carencias a veces llamativas en determinados estudios etimológicos. Lo veremos con ejemplos a continuación.

Como llegados este punto se exige tomar partido por una de las concepciones para poder desarrollar las «precisiones metodológicas» indicadas en el título optaremos por utilizar la etimología en su concepción más restringida, entendiéndola pues como una parte de la historia de la palabra. Y tomamos partido por ella porque nos parece en definitiva la más claramente definida siendo que aceptemos la definición presentada de «étimo»{4}.

En consecuencia, aceptando tal concepción de etimología, la relación de esta con la historia de las palabras sería de parte y todo. Así cabe en teoría que se conozca la etimología de una palabra pero no otras partes de su historia al igual que cabe que se conozcan otras partes de la historia pero no la etimología. También cabe el conocimiento o desconocimiento de toda la historia de la palabra, y por lo tanto de su etimología.

3. Establecidas estas mínimas precisiones conceptuales organizaremos nuestra exposición en torno a las cinco posibilidades ante las que podemos encontrarnos previo el estudio de una palabra dada, desarrollada muy sucintamente cada una con un ejemplo. Son las siguientes:

- Se conoce toda la historia de la palabra, incluido el étimo y su significado.
- Se conoce el étimo pero se ignora la relación de este con el significado de la palabra, que se conoce.
- Se desconoce el étimo, pero se conoce el significado de la palabra.
- Se ignora la relación entre dos significados de una misma palabra (independientemente de que se conozca o no el étimo): problemas de polisemia y homonimia.
- Se desconoce el étimo y el significado de la palabra.

4. Se conoce toda la historia de la palabra, incluido el étimo. Puesto que este sería el caso que prototípicamente no presentaría ningún problema hemos elegido no obstante un ejemplo que conceptualmente ha provocado muchos problemas en algunos autores: la palabra «ideología».

Dice literalmente el DRAE en su 22ª edición que está formada por «el gr. i)de/a y –logía». ¿Cabe una confusión mayor? Suponiendo que esa sea la «etimología» que la RAE sostiene de la palabra desde luego que confunde mucho más de lo que aclara, ya que sostiene que la palabra «se forma» con una palabra griega y un formante español. Lo que obligaría a pensar que la palabra se formó en un momento en que el español tenía como propio y productivo el formante -logía y que sin embargo todavía no conocía la palabra idea y por ello la tuviera que traer directamente del griego. Posteriormente pues habría desarrollado vida independiente la palabra idea, que necesariamente sería posterior a la ideología.

Afortunadamente conocemos muy bien la historia de la palabra «ideología». Fue inventada por el francés Destutt de Tracy en 1796 en la Memoria sobre la facultad de pensar, tomando como modelo según parece el término psicología y usando naturalmente la palabra idée que estaba en francés desde al menos el siglo XII; por supuesto esta no procedía del griego, sino del latín. El español tomó la ideología del francés muy pronto, entre otras cosas porque ambos formantes existían previamente en español y por lo tanto la palabra era en español igual de clara que en francés. Según el CORDE fue Jovellanos quien la usa por primera vez en su Memoria sobre la educación pública ya en 1808.

Para añadir un poco más de confusión conceptual cabe decir que Corominas en su magno Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico{5} introduce la palabra ideología dentro del lema «ver». El ejemplo de erudición no demuestra sino un flagrante error conceptual, porque ver e idea no tienen ninguna relación entre sí, independientemente de que los lingüistas encuentren en ambas la misma raíz indoeuropea *weid- (ver, saber).

5. Se conoce el étimo pero se ignora la relación de este con el significado de la palabra, que se conoce. Se toma como ejemplo el de fútbol.

Es un caso que sorprende porque es palabra que parece perfectamente comprensible. Pero, ¿qué significa pie-balón o balón-pie? Nada. Todos los hablantes damos por hecho que eso significa «juego en el que se le da a la pelota con el pie», pero eso no está ni remotamente en la palabra. Por lo que conozco no hay ningún diccionario, etimológico o no, que dé la menor explicación, bastándoles a todos con decir que está formada por balón y por pie. Pero claro, eso es muy insuficiente. Y conste que el mismo problema tienen todos los diccionarios ingleses, incluido el de Oxford. Ahora bien, en cualquiera de los diccionarios sincrónicos de la lengua inglesa encontramos una pista que es fundamental para rastrear el origen y significado del término.

Se da siempre como primera definición, y la tomamos del de Oxford, «cualquiera de las diversas formas de juego en que se golpea la pelota con el pie y a veces con la mano […]», pero es la segunda la que más útil nos resulta: «pelota usada para jugar al fútbol […]». Como criterio general siempre hemos de partir de los conceptos más sencillos, y desde luego no cabe duda de que fútbol fue primero el balón y después el juego. Y eso ya sí le da sentido a la palabra, sabiendo en consecuencia que el nombre del juego debió de ser necesariamente foot-ball game o similar, es decir, juego que se oponía al resto por la particularidad de que se desarrollaba con un tipo de balón determinado.

Y claro, esa es la cuestión que faltaría por plantear. Por qué el sustantivo ball tuvo que ser determinado con foot, qué significado le añadía y frente a qué otras ball se construía. Siguiendo las normas básicas del inglés que se mantienen hoy día foot-ball debe traducirse al español como «pelota de pie». ¿Y qué es una «pelota de pie»? Pues sin duda es una pelota que es apta para ser golpeada con el pie, una pelota blanda, opuesta en consecuencia a otras pelotas utilizadas en deportes en los que se lanzan objetos y que por lo tanto son duras. El hecho de que haya durante el medievo pueblos en los que en su football local estuviera prohibido golpear a la pelota con el pie demuestra la verosimilitud de la tesis.

Planteamos este ejemplo porque nos demuestra cómo el conocer la etimología de una palabra puede resultar en el extremo completamente inútil si no entendemos la historia de la palabra, y cómo además que conozcamos la etimología opaca muchas veces el hecho de que seguimos sin entender nada.

6. Se desconoce el étimo, pero se conoce el significado de la palabra: chirona.

Frente al ejemplo anterior veremos ahora un caso en el que no conocemos ni la historia de la palabra ni tampoco su étimo, la palabra chirona, de la que solo conocemos su significado, sinónimo de cárcel. En primer lugar hemos de partir de lo que se recoge en Corominas, quien en efecto se enfrenta con una palabra cuyo étimo no sabe encontrar. Se limita simplemente a plantear varias hipótesis, pero sin ser capaz de afirmar rotundamente nada. Trae a colación varias palabras gitanas (chiró, «tiempo» y charó «cielo»), niega que pueda ser un derivado de encerrona por falso corte y termina dándole cierta verosimilitud a la hipótesis de que se trate de una pronunciación más o menos vulgar del topónimo catalán Girona que tan acostumbrados estamos ahora a oír en los informativos y demás. Y explica más: se trataría de una frase de la jerga militar surgida a partir del famoso sitio gerundense de 1808: «estar en chirona» sería algo así como «encerrarle a uno en un sitio en el que no puede salir».

Ante esta situación de inicio debemos mirar las primeras apariciones de la palabra en los textos para ver si nos aclaran algo. Para la tarea ahora disponemos del magnífico Corpus Diacrónico del Español (CORDE) publicado por la RAE en su página web, que nos responde diciendo que el primer ejemplo conocido de la palabra es de 1799, en una obra de Luis Gutiérrez titulada Cornelia Bororquia. Historia verídica de la Judith española. Así pues para empezar debemos desechar la explicación del topónimo Girona que propone Corominas. Constatamos además que ninguna pista encontramos de la historia de la palabra, pues ya desde su primera aparición es sinónimo de prisión y ni siquiera el autor se ve obligado a explicar el significado de la palabra; tampoco lo hacen los autores posteriores que la usan. Es decir, que en 1799 ya era una palabra de uso normal en español, plenamente establecida, de la que ni siquiera encontramos posibles variantes (*cirona, *sirona, &c.). El hecho de que no aparezca en Covarrubias{6} parecería indicarnos que la palabra surgiría en momento posterior a 1611.

Poco podemos decir en consecuencia de la palabra, ya que la poca pista que nos da Corominas nos la niegan precisamente los textos. Eso sí, puesto que sabemos que es una palabra relativamente reciente y sin parangón ni siquiera en otras lenguas peninsulares y que no presenta variantes ni en la forma ni en el significado, el término debe de ser necesariamente muy anterior a su primer texto. Lo que nos remite a lenguajes dialectales, de germanías, probablemente a una palabra inventada por sujetos que estaban «en chirona». Debemos rechazar a falta de otras pruebas el origen culto del término, pues si tal fuera el caso habría dejado rastro anterior.

7. Se ignora la relación entre dos significados de una misma palabra (independientemente de que se conozca o no el étimo): problemas de polisemia y homonimia: mesa.

En el número 126 de El Catoblepas hice un ensayo etimológico sobre esta palabra, en el que creí decir todo lo que se podía decir de la palabra, dejando de lado etimologías populares y otras eruditas de los siglos XVIII y XIX cuyas citas entendí irrelevantes. Ahora bien, no se me ocurrió en aquel momento plantear lo obvio, que poco después de la publicación me enunció el catedrático de latín de la Universidad Autónoma de Madrid, Benjamín García-Hernández: ¿por qué mensa no iba a ser sencillamente lo que parece, es decir, el participio femenino del verbo metior (mensus)? ¿Sobre qué base cabe afirmar, como hacía yo en ese pequeño ensayo, que se trata de dos palabras diferentes homónimas y no de una sola y polisémica? La base es una tendencia, natural por otro lado, de suponer que una desconexión léxica en un vocablo debe resolverse preferentemente con la homonimia y no con la polisemia.

Si fuera cierta esta interpretación la homonimia no nos habría permitido encontrar el étimo, que habríamos tenido siempre delante de nuestros ojos, dejando al margen el germánico mēsa o el antiguo alto alemán mias. Que seamos o no capaces de establecer la relación entre los dos significados («medida» y «mesa») sería irrelevante en este punto. En todo caso para intentar encontrarla tendríamos que buscar el sustantivo que estuvo inicialmente determinado por el adjetivo verbal mensa y que en época muy temprana de la historia de la lengua latina se dio por supuesto. Al igual que en el español actual existe un sustantivo «móvil», derivado del sintagma «teléfono móvil» con elipsis del sustantivo por superfluo.

8. Se desconoce el étimo y también el significado de la palabra: los topónimos, por ejemplo, Oviedo.

Como es bien sabido son abundantísimas las teorías y problemas que presenta el topónimo Oviedo, pero lo traemos aquí a colación solo como ejemplo de las peculiaridades que presenta la toponimia frente al resto de estudios histórico-etimológicos, precisamente por encontrarse enmarcada en el quinto tipo de situación de las que hemos descrito: se ignora su significado.

¿Cómo proponer pues un étimo para un topónimo, siendo una palabra de la que se ignora hasta su significado? Desde luego buscando las variantes gráficas en los textos medievales intentando localizar la forma más original posible (que se acerque más al étimo) y comparándolo con otros topónimos o palabras pero desde un punto de vista únicamente formal. Solo en casos muy excepcionales podremos encontrar explicación histórica del porqué de un topónimo, más allá precisamente de la que nos proporcione su etimología cuando consigamos conocerla.

En el caso de Oviedo me voy a permitir plantear una hipótesis de Emilio Nieto Ballester{7} que no es citada por García Arias en su obra Pueblos asturianos{8} y que desde luego nos resulta más verosímil que las otras publicadas. Parte Nieto del étimo romano alluvietu («lugar de aguas»), en el que habría una aféresis temprana de la a-, quedando la forma *luvietu que se habría entendido a su vez como *l’uvietu, de la que finalmente se habría deglutido el falso artículo hasta quedar el la forma *uvietu que ya habría evolucionado fonéticamente según lo esperado.

Esta explicación, que es tan sugerente, lo es por cuestiones meramente formales y en absoluto porque Nieto haya conseguido encontrar un étimo cuyo significado se adapte a una idea concreta que podamos tener nosotros de Oviedo (como un lugar en que llueve mucho, por ejemplo).

He aquí la diferencia fundamental con la etimología de los nombres comunes, de los que conocemos su significado y podemos buscar étimos en palabras con significados parecidos, lo que en absoluto podemos hacer con los topónimos pues la motivación en estos no puede en absoluto plantearse a priori.

9. Terminamos brevemente destacando una vez más que el étimo tiene una posición preferente dentro de la historia de la palabra, pero que solo es una parte de esta. Pero su importancia es aun mucho menor cuando se trata del estudio de los conceptos y las ideas. Tal y como afirma Gustavo Bueno en su artículo «En torno a la distinción entre conceptos e Ideas» publicado en el número 127 de El Catoblepas, la etimología nos aporta una información de cierta utilidad, aunque nos sirva muchas veces para poco más que constatar «la rudeza y del primitivismo conceptual de nuestros antepasados».

Notas

{1} Dictionnaire étymologique de la langue latine. Histoire des mots. París, 1ª ed. 1932 ; última reimpresión en 2001.

{2} Gredos, Madrid 1967 (1ª ed.).

{3} «No basta con decir que el latín fero debe ponerse en relación con el gr. phérw, el skr. bhárami, &c. Es necesario marcar que la raíz *bher- admitía a la vez la flexión temática y la flexión atemática: fero y fert se explican de la misma manera. También hay que especificar que la raíz *bher- tenía formas monosilábicas y formas disilábicas: el monosílabo radical fer-t y el disilábico radical de fericulum [of-]feru-menta son indoeuropeos ambos. En consecuencia, la raíz *bher- indicaba un proceso que se sigue sin término definido; no tenía en indoeuropeo ni aoristo ni perfecto, y lo sabemos porque el latín ha completado el paradigma de fero con tuli y latus. Una buena etimología aclara la forma y el empleo de la palabra, y mientras en la forma o en el empleo quede un detalle inexplicado, la etimología no será plenamente satisfactoria […]».

{4} El diccionario de la RAE por el contrario presenta un significado de étimo completamente oscuro: «raíz o vocablo del que procede otro».

{5} Gredos, Madrid 1980, con la colaboración de José Antonio Pascual.

{6} Tesoro de la lengua española o castellana, 1ª ed. 1611. Utilizo la edición facsímil de Horta, Barcelona 1943, en que se incluyen las adiciones de Benito Remigio Noydens publicadas en la edición de 1674.

{7} Breve diccionario de topónimos españoles, Alianza Editorial, Madrid 1997.

{8} Pueblos asturianos. El porqué de sus nombres, Alborá Llibros, Gijón 2000 (2ª ed.).

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