lunes, 29 de marzo de 2010

Ensoñaciones para un estatuto de cientificidad





















Ontología de lo comunicativo-referencial  
Nematologías de lo comunicológico

¿Cómo constituir teorética acerca de un campo disciplinar que carece de estatuto de cientificidad?


Reflexiones metodológicas iniciales
Por Pablo Pallas

Si abordamos la teoría de la comunicación, en principio, cabría preguntarse acerca de qué trata ese campo de saber y hacer «comunicativos». Mediante ese acercamiento lisológico, hay que proceder al intento de resolver este mundo de reflexión asumiendo algún tipo de consideración crítica. Y para eso es necesario discutir -en términos gnoseológicos- cómo es que se comprende la existencia misma de la Teoría, siendo una resultante secuencial (sintáctica) del trabajo intelectivo que desempeñamos los sujetos de trabajo abocados a un fin. Preguntarnos esto es formular teoría, incluso, acerca de la teoría misma. E implica, pues, finalmente, discutir de manera teorética. De todas maneras, antes de comenzar a parafrasear nada acerca de la teoría de la comunicación (no siendo sus intertextualidades una existencia necesariamente disciplinar), debo acercarme hacia sus componentes más fundamentales e imprecisos:  a) la Teoría y b) la Comunicación. Luego de ese acercamiento, en efecto, ya se podría conformar algún logos incipiente acerca de una teoría comunicológica. Pero no antes. La comunicología, tanto en el siglo XXI como en el que le antecedió, es un campo de oficios entremezclados, conformado mediante nebulosas ideológicas. Y ya eso permite discutir respecto de las nematologías que componen sus modelos (los que, en efecto, metodológicamente carecen de la pretensión de ser alegóricos). Y para lograrlo hay una pauta pedagógica que es necesario distinguir en el marco del estudio de asignatura: no solo conviene abarcar la historia de la teoría de la comunicación (que hace referencia de teorías distintas), sino asimismo emprender algunos actos teórico-comunicológicos en concreto. Aunque para empezar, quizá te surja la siguiente cuestión dudosa en una perspectiva discente: ¿para qué debo de requerir teoría en mi desempeño comunicativo? En principio, toda persona humana por el hecho mismo de ser un sujeto operatorio que filosofa logra supervivir mediante el desarrollo de teoría más que por un mero reduccionismo doxográfico de sus asuntos. Quizá podríamos, pues, hacer de la comunicación un campo que se contrapone con los mundos de positividad, o con las tradiciones que sustentan alguna forma de doxa«opinión» (no para excederse en negarla, sino para, inmersos en la complejidad cognitiva, en sentido platónico, pensar un hecho asimismo respecto de su eikasia, su pistis, su Nous, su diánoia, y, finalmente, de su episteme). Y así, posteriormente las propias modalidades del juicio se distinguirán (apodíctico, asertórico, problemático), así como sus relaciones (categórico, hipotético, disyuntivo), etc., respecto propiamente de su Teoría del juicio y clasificación o particularmente de las formas lógicas de los juicios finalmente. Hace unos 200 mil años ya que pensamos, nuestro actual género Homo además piensa acerca del hecho mismo de pensar. Y este solo planteo ya nos complica la tarea morfológica de especificar las fronteras dilemáticas que se componen entre lo interpretativo y lo comunicativo. Además, el propio desarrollo técnico-profesional de un opus de «comunicación» implica algún esquema económico mediante el que se argumente y justifique la existencia de ese hecho. De lo contrario, esa manifestación inteligente de trabajo microcósmico-humano, en vez de corresponderse con el cosmos, convergería en el caos (en su sentido reduccionista además, si consideramos por caso la propia teoría de la complejidad). En vez de resultar como producto de la racionalidad reflexiva, apenas emergería como una racionalidad dependiente de lo mítico: esto acontece cuando -valga como mención provisional- se afirma en determinadas plataformas organizacionales que «la comunicación lo es todo». Esa enunciación metafísica que podría comprenderse en el marco de un monismo axiomático -ya improcedente luego de dos mil años de desarrollo teórico, aunque válido para la revolución del pensamiento que aconteció en el período protofilosófico de la Grecia antigua- reniega de la oportunidad histórica y de la responsabilidad académica de concretar lo comunicativo como campo de estudio de morfismos. Tampoco se resuelve la problemática teórico-comunicológica mediante una compilación tangencial de formulaciones algorítmicas, puesto que si bien son modelizaciones que tratan acerca de la realidad, en definitiva, no son la realidad misma. Un esquema renombrado es el proveniente de la versión del lingüista R. JAKOBSON, siendo que sus funciones del lenguaje han sido trastocadas y vulgarizadas a un mero «emisor» y «receptor» que mediados por un «canal» con presuposiciones de «retroalimentación» confirmarían algún tipo de "mensaje", etc. Quizá esas distorsiones de la verdad acerca de los intercambios enunciativos, un poco, se hayan provocado porque en sus opera -según lo afirman especialistas de su campo- no logró una efectiva sistematicidad, siendo esto una condición necesaria para toda teoría. 

Si el propósito es lograr una construcción intelectual que resulte comprendida como Teoría, hay consideraciones de existencia necesarias de formular por su didáctica y discutir: a) ha de ser un trabajo lógico y por tanto la inferencia que presenta, i.e. el razonamiento que formaliza mediante el código escrito, debe permitir especificar un valor de verdad o de falsedad en el marco de una crítica histórica que resuelva las consideraciones ambiguas o vagas de un análisis; b) la indagación que se desarrolla ha de comprender alguna completitud que permita especificar conceptos racionales, resultantes de criterios de relación que objetiven el estado de la cuestión, siendo que se asume del universo algún hecho que es resuelto en el espacio gnoseológico; c) es necesario asimismo conformar oportunidades para la obtención de evidencia -o cotejar aserciones teóricas- respecto de las enunciaciones hipotéticas que se formulan y, de esa manera, contrastar la capacidad de resultar predecible y compatible la «idea» (o el lenguaje de segundo orden a que refiere) con la «realidad» para de esa manera resolver el asunto en sí (a pesar de la duplicación de mundos que eso pudiese implicar y que la teoría del cierre categorial critica); d) ha de inhibirse y refutarse por efecto de la argumentación y la justificación, en el ejercicio mismo de la caracterización del objeto, las explicaciones o prejuicios de orden mítico o metafísico. Este esquema operatorio, generalísimo, aplicado para el conglomerado de las ciencias exactas, es referente asimismo de aquel trabajo que poseyendo autoridad académica se desplaza hacia los intereses ensayísticos e investigativos de las ciencias sociales y de las ciencias humanas (no siendo ya su lugar la Naturaleza sino la Construcción de Historia que no se corresponde además con el mito de la cultura). Este modo de existencia de la Teoría, en efecto, incorpora metodologías investigativas y técnicas del trabajo intelectual propias de cada disciplina científica que produce conocimiento. No obstante, ningún conocimiento científico que se formula categorialmente (incluso el aplicado en los complejos industriales, lo que se especifica generalmente como «tecnología») es resuelto mediante la mera sociometría o descripcionismo de los casos por los que se funda. Las ciencias, o las α-operatorias o las β-operatorias, no se reducen a la tarea estadígrafa o a la encuesta sociológica (de multivariantes, de baremos) por más sistemáticas que éstas sean. No es pues la tarea empírica una cuestión procedimental fija o preexistente respecto de sus múltiples campos de estudios en sí. Y es que su Hacer existe mediante el Saber que reconoce la existencia del problema, i.e. que concreta fundamentalmente una discusión filosófica y una comprensión política del asunto. De todas maneras, una construcción teórica no es un mero abanico conjetural. Hay alguna elaboración diairológica que debe especificar lo gnoseológico del problema tratado, en términos especulativos o constructivos. No considero con esto si existe Teoría por «fuera» de las Ciencias o de los campos de refutación empírica, sino simplemente que no hay Ciencia -i.e. conocimiento científico- políticamente posible de fundar sin alguna Filosofía que la discuta (aunque su reflexión no sea la única forma del pensamiento con que se actúa o se resuelven sus autologías). Esa pauta se corresponde además con las propias disciplinas no-científicas y hasta con las tradiciones de las que se discute su componente mítico, cada vez que el reconocimiento de un problema implica inexorablemente descotidianizar lo dado. El propio hecho de existencia de la persona humana es un problema superlativo radical, en el que la comunicología debe involucrarse con producción teórica para que se dilucide. Dado que somos sujetos de inteligencia capaces de institucionalizarnos, esto implica que el cosmos -luego de miles de millones de años de evolución de la materia- logra estudiarse a sí mismo. Y es que si concebimos que un problema trata acerca de una existencia y que -existiendo- «dificulta» la nuestra propia, es, pues, como se comprende, así, lo imprescindible del proceso del saber y hacer para que la especie en evolución perdure y supervida a su propia ecología, por la vía antrópica. Por el solo hecho de ser para sí la persona -correspondiente con los intercambios en los que se asocia y se distingue- hay producción de mundos intelectuales, se piensa al otro y, a su vez, se confirma lo existente de manera colectiva. Es así que lo «comunicativo» -en tanto resultara confirmado como problema- rezumaría de las propias manifestaciones de inteligencia que especialmente el Homo sapiens sapiens registra por causa, no ya de su "aparato raciomorfo", sino, de sus procesos vinculares mediante el desarrollo histórico de instituciones.    

El intento de producir una hipotética rigurosa respecto de lo comunicativo, implica por tanto teorizar ontológicamente acerca de lo que ese campo trataría. En principio, no se lo discute siendo su lugar la Naturaleza. Se lo discute, en cambio, como probable resultante inteligente de la construcción de historia (sin que esto obligue metodológicamente a una negación absoluta de la Physis pre-aristotélica). Y esto -en un sentido de elaboración de alternativas en el dominio de las acciones, para elegir y decidir qué ser y qué hacer- no es una mera condición natural del animal que logró ser humano sino de un proceso político de especificación y especialización estilística de sí. Lo comunicativo, pues, tendrá que resolverse como un quehacer asociado al pensamiento de la persona humana (a lo noetológico). Y tendrá que ser uno de los productos de la Materia, como también lo son en el intercambio las realizaciones interpretativas que se constituyen de descriptaciones y comprensiones. Lo comunicativo, de esta manera, tendría que poseer atributos de correspondencia con la tarea de especificar cosmos en el caos, en el ejercicio mismo de dominar las cuestiones dudosas i.e. de superar históricamente el problema. Tendría que tratarse de algún tipo de trabajo inteligente ordenador -lógico- de las cuestiones atinentes con los intercambios del colectivo. Hay que indagar pues en el propio campo del lenguaje. ¿Acaso hay alguna manifestación de lenguaje que pudiese ser comprendida como acción comunicativa? En términos lingüísticos podría responderse que sí. Y sin embargo esa sola afirmación no nos haría avanzar mucho. En todo caso, atendiendo los procesos (no los «progresos») de estilización de las relaciones humanas, podría discutirse -de cierta manera, en un sentido estético aunque no necesariamente de poética o sustantivado- alguna correspondencia de la existencia comunicativa con el fenómeno apotético que «provocamos» las personas en nuestros intercambios, i.e., en aquellas interacciones que institucionalizamos. Si se atienden estas pautas, ya surgen algunas suposiciones contradictorias que correspondería discutir. Porque por un lado lo comunicativo se fundaría como correlato de las ambiguaciones propias de todo trabajo estilístico en el que además se comprende y, por otro, en su función lógica de ordenamiento (algo así como supra-interpretativa) existiría para universalizar el objeto de una discusión. La violencia política de ese hacer comunicativo estaría dada en su capacidad de contribuir con el único sentido de una cuestión (siendo esto una problemática semántica solo colateralmente). Se podría entender lo comunicativo, de esta manera, como una construcción destructora de las fórmulas hermenéuticas. No obstante, lo interpretativo tampoco escapa a los enfrentamientos ideológicos con lo hegemónico. Aunque, quizá, podría suponerse que mientras lo hermenéutico discute lo hegemónico, lo comunicativo, en cambio, contribuye con la proliferación del consenso. Y esta mecanicidad sin embargo no es suficiente para pretender confrontar lo interpretativo con lo comunicativo. Porque de hacerse así, solo se lograría hipostasiar sus términos aunque se vislumbren con ello efectos de resistencia. Sí podría insistirse en especificar que son resultantes distinguibles del pensamiento, en el campo del lenguaje. Ambos estados son inmanentes al sujeto operatorio -el interpretativo y el comunicativo- y manifiestan su complejo inteligente (del que asumimos como potencia de elaboración teórica la racionalidad reflexiva). Y es que yo solo puedo ejercer el-decir-en-un-sentido-comunicativo de aquello que logro universalizar, siendo que implica además la oportunidad de saber-lo-que-el-otro-dice, y, en el marco de las teletécnicas supone -por efecto de la caracterización- problemáticas de traductibilidad e interpretabilidad. No resultarán en conjuntos que se correspondan unívocamente, porque en el propio saber y hacer se constituyen diferenciaciones (causadas asimismo por el intento de singularizar todo objeto de perplejidad). En efecto, los mundos interpretativos tratan acerca de un conjunto infinito de razones, mientras que lo comunicativo es una producción finita que caduca sobre la base de la crítica especialmente histórica de las cuestiones que trata racionalmente. Hay que comprender que una misma referencia logra poseer diferentes sentidos (como condición necesaria de un campo dialógico «interminable» que por defecto, pues, la criticidad acota). Y es que esa manifestación de inteligencia que dimana en algún tipo de ejercicio discursivo -lo que no es una mera práctica autómata del «hablante»- trata finalmente acerca de la propia razón o facultad de vivir sabiéndome vivo (en un sentido aristotélico, diríamos que se comprende como una razón silogística, i.e., como una capacidad de conformar de manera «armónica» conclusiones de principio, o tesis correspondientes aunque no necesariamente concluyentes respecto de la propia teoría). Si atendemos el valor teórico de la verdad respecto del de la falsedad (a la que no debe confundirse con la antropología del engaño), podría suponerse que la comunicación ciñe la propia proliferación hermenéutica. Porque inmersa en los intercambios del trabajo humano confirma alguna resolución morfológica (en una visión antropológico social y axiológica, de valores que a su vez existen contrarrestándose entre sí), respecto propiamente de intereses que van removiendo las referencias del saber y del hacer.          




lunes, 1 de marzo de 2010

Deleitarse en el hacer teórico















Existencia del complejo simbólico
Resquicios del trabajo intelectual

¿Cómo discutir la problemática del «señalamiento» (sus entidades lingüísticas existentes o no) y su valor instrumental respecto de la producción gnoseológica?


Bases de lo semiótico como un campo de trabajo intelectual
Por Pablo Pallas

Para iniciarte en un campo de asignatura como el de la «semiótica», quizá resulte conveniente formular algunas consideraciones de orden metodológico (i.e., quizá conviene previamente discutir el propio modo de existencia de los estudios que se resuelve emprender). Lo primero es, pues, intentar convencerte de participar diligentemente en esta plataforma de formación teórica. Hay que adentrarse en un abismo y, en efecto, algo así la persona humana solo lo hace o motivada por algún delirio o por obra de una pasión profunda. De una manera u otra, la cautela (en su sentido aristotélico) debe ser siempre nuestra inseparable sombra. Porque cuanto más avancemos hacia esa luz que es el Conocer, más se prolongará la proyección del trabajo propio. En la asignatura semiótica se te invita a que asumas tus contenidos formativos propios y discutas no a partir de la mera opinión sino, tal como ya nos lo previniesen los peripatéticos hace siglos, mediante fórmulas apodícticas. ¿Por qué? Porque la opinión o doxa, aunque connatural al deseo de ver mundos, es lo menos sustantivo de aquella persona humana que se recrea por la vía de la palinodia socrática en la actitud positiva. ¿Por qué? Porque su estructura explicativa no se resuelve en un lenguaje lógico o especializado -entendido como formulación de juicios- que habilite la construcción de conocimiento con valor de verdad. Una indagación apodíctica acerca de un objeto de interés, en cambio, implica dudar de la premura propia de cómo acaso saber algo, para, en cambio, asumir la existencia del otro y discutir, rebatir, escudriñar, conjeturar, i.e., finalmente, argumentar y justificar palmo a palmo lo que se afirma de manera autológica (en vez de meramente personológica). Y esto resulta así porque el sujeto de crítica recrea la transindividualidad de su saber-hacer enfrentando y dilucidando -respecto de sus circunstancias- las nematologías de la identidad que constituyen la tetradimensionalidad que inevitablemente se vive y donde la propia personalidad estáes. Por tanto, no nos desvanecemos en explicaciones sino en el ejercicio libre y pleno de la «inferencia» (i.e. de sus formas lógicas: abducción o retroducción, deducción e inducción) que no es otra cosa que desarrollar capacidades y habilidades teletécnicas para razonar, mediante el imprescindible uso del código escrito con que un asunto debe pues dictaminarse. Nuestros diálogos (los mundos de oralidad que provoquemos), así, resultarán siempre propedéuticos respecto de las razones que infiramos concluyentes, de ese logos (o «ensamblaje») que resolvamos mediante la experiencia-no-personal y las palabras con cosignificación de tiempo, mediante la necesaria confrontación de las ideas con la realidad. 

Hay una discriminación justa que es de orden pedagógico y que conviene exponerte: la asignatura semiótica es un campo de trabajo no concordante con el ejercicio o semiótico o semiológico en sí mismo (estos vocablos, además, se complican en lengua española por hallarse semánticamente ocupados; para la RAE lo semiótico es, en su tipo de definición lexicográfica, entre otras significaciones, parte de un campo médico que trata de las enfermedades en su diagnóstico y pronóstico, aunque también es de uso el concepto -distinto- de “semiología médica” para el reconocimiento de signos y síntomas, etc.). La vaguedad de lo que  se abarca y que no resuelve finalmente una definición teórica fue discutido en su oportunidad por diversos pensadores, entre los que destaca como requisito programático de asignatura R. BARTHES. Y es que un término, más que acotarse a su sola etimología (aunque así es como se realiza una definición nominal etimológica), a manera de lapsus orientativo, se interpreta respecto de i. alguna enunciación y contexto, ii. de la clave que en sí comprende y iii. de la dimensión correspondiente de pensamiento en que se halle particularizado (entonces un «diccionario», envuelto además en su propia doxografía, no resolverá mucho). Veamos, de manera cuodlibética, simplemente un caso burocráticamente asignable: la asignatura física que se enseña y se aprende en el secundario no se corresponde con la Física en tanto disciplina científica que ejercen con producciones α-operatorias sus respectivos especialistas. La asignatura semiótica, por tanto, no forma teóricamente para ejercerse o como semiótico, o semiólogo, o hermeneuta, o hermético, o sematólogo, o exégeta, etc. La asignatura propone prepararte para que constituyas la distancia metodológica existente entre un «comunicador» que se ejerce efectivamente opinando (o, en sentido pos-estructuralista, mediante alguna positividad) y un comunicólogo que investiga los atributos de lenguaje de ese hecho transaccional (en sus acciones y sucesos, al influjo de un fin) para ordenar de manera lógica aquellos intercambios mediante los que se organiza el conocimiento en producción. Ya con esto, así, es posible especificar además la finalidad de la asignatura semiótica respecto del equipo de estudio: lograr una formación eficaz para que tú mismo concretes, al igual que cada una y cada uno de tus colegas discentes, una «posición comunicológica» -i.e. criterios de relación- acerca del conglomerado de construcciones que se deban abarcar por ser significativas y automórficas (en términos matemáticos), respecto de alguna manifestación material especialmente terciogenérica. Esto implicará, asimismo, distinguir lo comunicativo de lo interpretativo, así como la existencia propiamente de los escopos posibles, según la realización del logos que los comprenda, en aquel ejercicio de descriptar y resolver que el sujeto institucionalizado emprenda -siendo, claro, etológicamente inteligente- y siendo además una manifestación viva y sustantiva del cosmos.   

Si bien hay que evitar el esquematismo a la hora de discutir la caracterización gnoseológica de un campo de trabajo, valga explicitar alguna que otra composición específica de términos acerca de «lo semiótico». Hay un abanico amplio de propuestas teóricas; en algunos casos se sostendrá que la semiótica (no en tanto asignatura o fórmula divulgadora de conocimiento que resulte dependiente de un estatuto pedagógico, sino como plataforma propiamente productora de logos) es una disciplina científica, en otros casos se dirá que es una disciplina no-científica, y, para algunos otros investigadores ni siquiera es una disciplina sino algún tipo de tradición interpretativa. Más allá de estas diferencias, en la asignatura se desarrollan las temáticas semióticas a partir de lo que podremos denominar inquietudes del sujeto de trabajo con su profesión. Esto quiere decir que a partir de lo semiótico, sin duda, se filosofará (no acerca de todo lo identificable como «signo» sino, preferentemente, respecto de aquellas expresiones que resulten comprendidas como manifestación transaccional de lenguaje, o de cognición, o de lógica). Se discute la composición histórica de aquel conocimiento que los teóricos proponen como semiótico o concerniente con éste y se discute por tanto, in medias res y no ex novo, su propia concreción de operaciones. De manera muy general, insisto, extremadamente general, es posible comprender que la semiótica y la semiología tratan acerca del desarrollo de la teoría general de los signos, en tanto objeto lisológico, aunque se abocan al logos en tanto campo(s) de estudio. Y los estudios de vexilología, de heráldica, de sigilografía, o de paisajismo, etc., se les emparentarían. La hermética por su parte es un campo especulativo en el que se analizan escrituras con el propósito de desarrollar un conocimiento para pocos. La hermenéutica se involucra también con el objeto-texto, o por considerarlo sagrado o inherente a una vivencia formativa, aunque, para ejercer en sus disposiciones una labor interpretativa universalista o para todos (siendo que algo así comprende, contemporáneamente, una discusión acerca de la teoría de la verdad). Otros campos, a su vez, ya de alguna manera nombrados, el de la exégesis comprendida como simbología bíblica (acerca de lo que hay variedad de materiales producidos; la Pontificia Comisión Bíblica ha elaborado La interpretación de la Biblia en la Iglesia, o El pueblo judío y sus Sagradas Escrituras en la Biblia cristiana, entre otros) o el de la sematología (especialmente viquiana) como correlato del logocentrismo, etc., no resultan pues de tratamiento explícito en la asignatura por razones de programa. 

En todas las multiformes novelaciones mediante las que se discute por tanto el objeto-signo lingüístico (o, al decir aristotélico en su opus lógico, las cosas -en tanto «letras»«sonidos»«verbos»- que son signos porque refieren a aquello de lo que tratan), resulta necesario anotar que de lo que se «habla» es de cómo inciden los señalamientos que origina el sujeto de expresiones, en su entorno, contorno y dintorno, institucionalizados, para identificarse en el estar y ser, i.e. para históricamente dominarse como realidad. En términos filogenéticos, hubo una inflexión cognitiva en los humanos por la que el sujeto operatorio raciomorfo en sus operaciones políticas e históricas no solo construye un objeto sino además que lo hace con consciencia del objeto como mi-objeto u objeto-para-mí. Y del que además relata su pertenencia por comprenderlo (mediante lo que J. ORTEGA y GASSET especificará como ensimismamiento). Ya esto nos permite iniciarnos en la problemática ontológica (aunque no necesariamente metafísica sino cartográfica) de qué es la semiótica, o de formular como interrogante una propuesta similar: ¿existe la semiótica o las entidades semióticas? Y junto con esa coyuntura vaga, ya es posible entonces discutir también si esos supuestos semióticos, en tanto existan como valor lingüístico, inciden o no en la construcción de un conocimiento con valor de verdad. Este ejercicio teórico es el que trasvasa todas las discusiones de todas las temáticas que se imparten en la asignatura. Por tanto, resta preguntarse: si estudio comunicología para ejercerla, ¿cuál es la sabiduría que para tal ejercicio me proporciona la asignatura?  Para responder esta cuestión dudosa, hay que recordar lo siguiente: la comunicología carece de estatuto de cientificidad y, más allá del trasfondo neo-oscurantista que manifiesta esa insuficiencia, ya el solo hecho de discutirse «cómo es que se hace para comprender» permite reconsiderar una y otra vez las fronteras entre los obrares poético-filosófico-científico que el positivismo mecanizó (aunque no es tampoco una opción simplemente confundirlos entre sí). Si bien la comunicología en el siglo XXI todavía no ha tenido a su propio Tales de Mileto que la arrebate de la «mítica» teórica, o de la hipotética delirante, y de su quietismo lisológico, las plataformas semióticas la han nutrido de esperanza filosófica (sin esa débil luminiscencia, ni siquiera habría oportunidad técnica y académica de descubrir alguna verdad respecto de lo comunicológico, como tampoco acerca del ejercicio comunicativo de lo institucional que todavía resulta incipiente y vulgar en sus postulaciones). 



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Reynoso - Relativismo lingüístico

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