miércoles, 21 de septiembre de 2011

Ecosemiótica de las reconstrucciones urbanas
















Mirar hacia Hiroshima
Rememorar a Erasmo

¿Cómo se migra de las nematologías del «discurso belicista» -en tanto objeto de semiótica, incluso comprendido como enunciación asertiva múltiple- hacia una ecosemiótica de la supervivencia de los intercambios, a la manera de una coexistencia, a escala de la propia concreción política? 


· Tesela sinóptica de microconferencias realizadas a causa del aniversario recordatorio de las víctimas del bombardeo nuclear en Hiroshima (Escuela Superior de Comunicación Social y Diseño Gráfico de Montevideo, aula de semiótica) 


Involucrarse con la historia, mediante cosas 


Por Pablo PALLAS



En el Museo Conmemorativo de la Paz, emplazado en el Parque Conmemorativo de la Pazademás de compilarse pertenencias de las víctimas del bombardeo atómico estadounidense, se describe cómo era Hiroshima antes del terror -o 広島, fundada sobre un delta en la época Edo, en el año de 1603, durante el gobierno de los shogunes del Tokugawa- y de cómo quedó luego de arrasada y quemada (siendo que el 50% de la energía se liberó en forma de onda explosiva u onda de choque, el 35% como rayos caloríficos y el 15% mediante radiación). Presenta asimismo las condiciones contemporáneas de la "era nuclear", siendo su inicio explícito con la bomba "Thin Man" posteriormente denominada "Little Boy" que se lanzara del B-29 (el "Enola Gay", nombrado así en exótico homenaje del piloto a su madre). Es una historicidad generada a causa del nuevo ordenamiento armamentístico, recompuesto al influjo de los complejos bélico-industriales y discutido en los campos de la generación politosófica (de la guerra como "constante") y jusfilosófica (de guerra absoluta o paz absoluta) a la manera de una teoría del "refrenamiento nuclear" entre potencias económicas, no exentos sus cúmulos conclusivos de exageraciones metafísicas o prejuicios que la paleoarqueología de R. LEAKY o de otros abatiría radicalmente. El propio museo publica que cada elemento de la exposición incorpora la aflicción y la ira o el dolor de personas reales. Hay pues, de alguna manera, una colección-consecución de objetos orientada hacia la (e)videncia de las sensaciones. Se postula, así, en la presentación museográfica, la conveniencia de construir una paz genuina (afirmándose que el ser humano no puede existir junto con las armas nucleares). Glifos y cosas, allí, hacen a la didáctica que se proporciona a la manera de "centro educativo" orientado museológicamente (hay artefactos de la bomba atómica, dibujos de ésta formulados por supervivientes, fotografías, cartelería, vídeos, variadas producciones documentarias, etc.). Su propia biblioteca se bifurca en materiales atinentes o con la bomba atómica o con el tema de la paz.



Ni cenizas ni cadáveres retornaron a sus allegados; todo quedó en polvo disperso. Hubo igual algunos supervivientes que en lo inmediato de los síntomas confirmaron la provocación de fiebre, nauseas, diarrea, hemorragia, o calvicie, así como fatiga severa. Y posteriormente: queloides, leucemia, así como distintos tipos de cánceres. Solo restaba -entre quienes permanecían- padecer una continuidad, hallarse quizá inmerso en un pensamiento que es reconstituyente de las sensaciones de la ausencia y que adormece los estados mentales más compuestos. También hubo víctimas que ni siquiera se enteraron de su propia fragilidad; hubo incluso combustión espontánea de prendas de vestir, de traviesas del ferrocarril, de cercas de madera, de techumbres fibrosas -al estilo Gassho, 合掌- y hasta de árboles. El bombardeo finalmente abarcó unos 16 km de distancia. La “Little Boy” detonó a unos 580 metros por sobre el hospital Shima, en el antiguo distrito de Saiku-machi, donde se desarrollaban las intervenciones quirúrgicas. Allí se emplazó su "hipocentro" (lo que en lengua española implica una metáfora geológica asociada al origen de un terremoto). En la tierra arrasada, quien se hubiese emplazado cerca de Shimoyanagi-machi (conocida luego como Kanayama-cho) podría haber observado en lontananza incluso la isla Ninoshima (似島), a una distancia de 10 km. Hubo, en efecto, a causa de las "desapariciones" físicas, padecimiento explícito. Y respecto de esto ya inicialmente hay que aclarar que su cuestión psicosomática, la cuestión que trata la destrucción misma de los cuerpos y lo vívido del dolor, en los términos de una experiencia no personal, no se resuelve por el detallismo descriptivo del estrés de los soldados estadounidenses, antes de hacerse efectivo el bombardeo, o posteriormente, ni tampoco por la vía de la estimación denodada de las verdaderas víctimas del arrasamiento (i.e. no de las personas que hipotéticamente se lograron resguardar de la guerra de continuidad, sino de aquellas de las que efectivamente se provocó deceso). Tampoco se propone una psicosomática de la inexistencia, una metafísica compulsiva de todas esas decenas de miles de víctimas que en un lapso de segundos simplemente fenecieron, porque la bomba los aniquiló, los dispersó en cenizas, los incineró sin siquiera enterarse estos desaparecidos acerca de sus propias muertes: no hubo dolor, no hubo estupefacción, no hubo nada excepto el hecho en sí de extinguirse. A causa de ellos y para bien de las humanidades, hay una acción salvífica que es la del registro médico (esa práctica en la que el enfermado, a su vez, se convierte en el verdadero maestro y por la vía de las relaciones clínicas). Hay que rechazar también una psicosomática de lo biográfico que -a manera de legajo minucioso- si bien presenta a una personalidad política ante la Historia, todo lo encapsula al influjo de las apetencias y quebrantos o limitaciones orgánicas o empáticas de ésta, siendo cuestiones privativas indiscutiblemente a su condición humana o a su propia historia clínica (casos de este tipo hay en obras como la de Charles McMORAN: "Winston Churchill: The struggle for survival 1940/ 1965").



Respecto de la territorialidad diezmada, es necesario discutir a su vez el “efecto” de ese cosignificante, iniciado a manera de experiencia personal o como radicalmente real, siendo que lo cosignificado es el influjo de lo propiamente vívido, aunque sea esa condición personal de las posturas del sujeto operatorio finalmente superada. Y es esta pauta de desplazamiento la raíz de la perplejidad, de la realidad psicosomática o psicofisiológica con que se corresponde el hallazgo de certezas ante la desesperación (esto, en efecto, no implica solo un proceso descriptivo clínico nosológico-nosográfico-semiótico-semiológico, entre otras subdisciplinas y campos médicos igualmente fundamentales). Esta fórmula nóēma-soma para apreciar lo vívido del suceso implica una discusión disociada del criterio del otrora DSM-III (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders de 1980, no vigente en el siglo XXI) que se orientó hacia una supresión de lo psicofisiológico en la labor nosológica de identificaciones del síntoma (Cfr. BARÓ AYLÓN, Jaime en “Análisis de situaciones psicológicas desencadenantes en pacientes afectos de infarto de miocardio” en Parte primera: conceptos y revisión bibliográfica. I.- La medicina psicosomática: situación nosográfica). Y tampoco debe reducirse lo vívido a una cuestión de “angustia” -y menos a una angustia kierkegaardiana, donde lo psicológico es supeditado a lo teológico de manera manifiesta- con sus concomitantes complementos catárticos sino, en todo caso, a una multiplicidad de sociovulnerabilidades que aunque intrincadas primariamente en una biosemiótica de la resistencia, asimismo, se valoran y validan a partir de un atributo de radialidad que es propio del sujeto de civilización: la práctica de la supervivencia a escala política (en su condición, entonces, ecosemiótica). Esto, en efecto, desestima la conclusión psicologista de mera elección forzada como si el dominio de las elecciones dejara acaso de existir momentáneamente en el campo de las alternativas de la acción; de manera más razonable, se postula que los comportamientos refieren a totalidades que en el intercambio de alguna manera se orientan y ordenan. Porque esta supervivencia de la especie que se discute y que en efecto implica su filogenética, una biosemiótica radical, etc., trata acerca de la verdadera supervivencia de la materia viva inteligente que es a escala política. Y la negación misma de esta radialidad antropológica, hay que proponerlo, constituye infrahumanidad. Ante lo perplejo, ante lo imposible de resolver situacionalmente, se requiere de la prospectiva, de una práctica intelectual de futurología concentrada, no en la novelación milenarista que alimenta la evidencia del "mal" sino en la supervivencia concreta de la especie humana. Para que esas mismas sociedades humanas no se hallen ahogadas en la acatalepsia con que se manifestara en su tiempo, además, la propia Roma decadente, deteniéndose el pensamiento a la espera del desenlace, reduciéndose los intercambios a “muchedumbre”, convenciéndose mutuamente, además, irresponsablemente, los intelectuales -ante el objeto de catástrofe- de que la humanidad es loba de sí misma, o de alguna otra dramática conclusiva. Porque de lo contrario el pensamiento reaccionario, así, amparado en el trastorno de la misantropía, se provoca inevitable: nada más nefasto que la Humanidad para las humanidades. Ese postulado que se extiende entre las academias de eruditos es, pues, un mito en sí mismo cruel que debe ser descompuesto.



No se reduce tampoco la cuestión psicosomática en el entramado ecosemiótico a un tratado acerca de la perversidad, subyacente, sin duda, aunque ni más ni menos que la vanidad u otras formas cartesianas de pasión (i.e., asimismo, según el argumento aristotélico acerca de una teoría general de la virtud, respecto de todos los sentimientos que llevan consigo dolor o placer). Ni trata acerca de una práctica compilatoria de testimonios (los que a su vez sin una historicidad que sea razón de criterium para forjarlos, solo manifiestan una novelación ahogada en lo seudoetnográfico). Y es que la cuestión psicosomática del arrasamiento de Hiroshima -de un imperio al influjo de otro- trata verdaderamente acerca de una sociedad humana que es capaz de orientar la construcción de historia hacia una reconstrucción del paisaje que debería resultar radicalmente contradictorio a las formas retrógradas del fascismo que reducen una estructura urbana a escombros y reducen incluso la urbanidad a la nada literal o en el mejor de los casos a la barbarie. Una reconstrucción, en efecto, discute las parcialidades, i.e. los edificios, las edificaciones y a sus personas, para dilucidar las verdaderas relaciones acaecidas en términos de entorno; se piensan, así, las historicidades a las que se retrotrae la construcción de un "origen". El propio parecer cartesiano, esto, lo incorpora cuando discute (Cfr. Discurso del Método, II Parte) acerca de la dificultad de trabajar sobre lo hecho por otros en defensa de un individualismo moderno un tanto jactancioso, quizá, aunque necesario y revelador para su tiempo. Y para discutirlo hizo referencia de las viejas ciudades europeas del siglo XVII que otrora habían sido aldeas y que ni podían permanecer inmóviles, ni debían destruirse por completo en aras de lo supuestamente nuevo. Este tipo de tratativas vinculares, en efecto, incorpora inevitablemente posiciones personales (algún mundo noémico propio, relaciones apotéticas de algún tipo) que en lo vivido y lo vívido, en tanto fluctuantes, requieren del nos-otros para desplazar -a la manera de un ergon y su energeia- la perplejidad del terror, diluyendo el desorden, la desorientación y el estremecimiento de lo propiamente eventual, de lo que es intercambio ipso facto, ese progressus, para afirmar la verdad histórica del hecho (esa construcción del modo y orden del entendimiento, ese regressus). Retomar el trabajo de una ciudad a partir de los escombros, implica sobreponerse al "golpe por sorpresa" que inmoviliza y que provoca un efecto médico de estupefacción, i.e. de una sumisión psicosomática causada por el daño que se inflige. Si bien, durante aquel 6 de agosto de 1945, el objetivo militar del bombardero B-29 quedaría determinado por el clima, la finalidad de provocar sumisión calcinando miríada de cuerpos ya había sido anteriormente resuelta por los complejos bélico-industriales estadounidenses, representados en ese entonces por TRUMAN y anteriormente por ROOSEVELT. Esa política de ensimismamiento (psicosomático), en efecto, coadyuva a una proliferación esquizofrénica de eventos, se intensifica el trastorno y su amplia sintomatología, reafirmándose, además, en los propios estresores ambientales; esto, al menos, si se formula la discusión según el modelo etiológico que comprende la teoría de diátesis-estrés  

         
«Cuerpos» como simientes de perplejidad


En el campo de una semiótica no médica, de alguna manera, el objeto de reflexión (compuesto, al decir aristotélico, mediante una precisión relativa), para determinarse, en los términos de una "tragedia" envolvente de los eventos psicosomáticos, requiere no solo de discutir los daños -en tanto "referencia" de sí- o los traumas -como "consecuencia" para sí- sino, a su vez, las totalidades de esa secuencia diacrónica que componen la circularidad antropológica del síntoma de Hiroshima que no debe reducirse al hibakusha -被爆者- i.e. al solo superviviente del bombardeo. Y es que lo psicosomático, aunque comprendido en la experiencia personal, no se reduce a un conglomerado circular de sensaciones, puesto que el propio pensamiento a escala lógica, los criterios de relación que requiere, hace de lo v(í)vido algo v(i)vido. La propia experiencia, en términos lingüístico-cognitivos, resulta reducida -afirma A. SCHAFF- al sentido. Esa construcción de pretérito, como radialidad, pues, implica, en el intercambio que se resuelve, superar el hecho mismo (confirmado en efecto mediante su historicidad). Esto, incluso aunque a partir de una posición personal, de una circularidad o angularidad en sí, la propia realidad del trauma pudiese al sujeto operatorio resultarle insuperable. El deceso de la persona humana que haya padecido una radiación inicial de 100 Gy (cien grays), o más, ocurrió en pocas horas (y es que 7 Gy ya son suficientes para producir efectos mortíferos). Quienes se hallaban en el hipocentro de Hiroshima desaparecieron ipso facto. Fue un derramamiento instantáneo de muerte. La radiación inicial (emanada en los primeros sesenta segundos de la explosión) incluyó rayos gama y neutrónicos que impactaron en la degradación de la tierra. La radiación residual (i.e. la emanada luego de los primeros sesenta segundos) implicó una radiactividad inducida a causa de la reacción de los neutrones, de la fisión nuclear y del uranio sin fisionar que quedó dispersado y se estima que afectó a las personas que se hallaban incluso a un kilómetro del hipocentro. Luego de diez segundos, ya se había expandido cerca de cuatro kilómetros. Después de los primeros veinte minutos del bombardeo, se provocó una precipitación denominada "lluvia negra" en forma de hollín y polvo radiactivo que alcanzó una región de unos 29 por 15 km e incluso más. 



No hay catarsis que resuelva eso vivido y no es esa "catarsis" además el hallazgo acaso de una categoría, como tampoco lo son otras formas diversas de autenticidad o espontaneidad que hubiere. En los términos de una "semiósfera", en todo caso como producto transicional, habría que discutir las condiciones posibles de reducción de la propia experiencia personal a un sentido de igual signo y logos, i.e., a una experiencia-no-personal, literatura mediante, en efecto, tal como lo lograra Nâzim HIKMET RAN con su "I Come and Stand at Every Door", a la manera de una simple comprensión aristotélica de los asuntos del mundo según su realidad. De esa manera, el “trauma” -y sus escotomas de la memoria- y la propia dimensión apotética del "sentir" podrían, quizá, resultar en un objeto de estudio -propio del espacio antropológico- trasvasado entonces sí por lo biosemiótico, lo psicosomático y lo ecosemiótico. Los relatos anatómicos, las variadas novelaciones acerca del dolor y de la carne, se exaltan en la experiencia personal. Y es legítimo que así acontezca. La construcción de historicidad en que se encierran esos eventos de "hipersusceptibilidad" trata acerca de un propósito transindividual de supervivencia que -siendo razón de criterium- discute cómo superarlos, i.e. cómo acaso negar la causa de provocación. Y algo así implica, además de discursividad, un dominio de elecciones asociado económicamente a la experiencia-no-personal. Y es que si bien orar, en los términos de una comprensión angular del intercambio, es deseable, a su vez resulta que ante toda infrahumanidad la sublevación -algunas veces impredecible o incluso maniquea- es imprescindible. Y es imprescindible porque la aplicación del terror político, en su composición contemporánea, se reconcentra en la potencia de una hecatombe nuclear a gran escala (en la perpetuidad intolerable de esa tensión diplomática entre Estados).

 
Los postulados que se formulan -al compás de lo que una tesela posibilita- han resultado del intento de orientar lo discutido fundamentalmente en su entramado ecosemiótico, en vez de solo psicosomático o biosemiótico, sin que por esto se pretenda renegar de otras positividades, y se aclara esta razón mediante un escolio inmediato acerca de de-limitaciones de orden epistemológico. Lo biosemiótico es un campo de conocimiento que orienta la asociación del organismo con el ambiente. La propia cognición es un objeto de estudio que resulta discutido solo como fenómeno biológico (O. CASTRO GARCÍA: “La biosemiótica y la biología cognitiva en organismos sin sistema nervioso”). La “comunicación” -en ese cierre categorial- refiere por tanto al efecto mismo de la organización biológica. Sabido es que esta conceptualización se ha desplazado (transdisciplinado) a campos como el semiológico social, el epistemológico, el matemático, o el lingüístico, además de otros. Sin embargo, debe igualmente reafirmarse que la biosemiótica atiende las problemáticas de la “comunicación biológica” en todo caso y no más que eso, siendo logogrífica o al menos confusa si trata de resolver lo comunicativo como una construcción de historiaEl ser humano es sistemáticamente desplazado de sus ejes antropológicos, mientras los procesos informativos resultan demencialmente igualados. El propio “pensamiento ecológico” que tiende a comprender lo ecosemiótico como biosemiótico, reduce las totalidades del intercambio a una semiosis biótico-física, siendo, así, el Homo sapiens sapiens apenas una variable más de la diversidad orgánica. Se reduce lo comunicativo del intercambio a un esquema endosemiótico -a meras interacciones fundamentadas por su química- que carece de la componenda histórico-política con que se resuelve el sentido noémico de las formulaciones. La biohermenéutica, asimismo, trataría acerca de las diversas jerarquías interpretativas aplicables a la comprensión de los sistemas vivos, de biosemiótica o fenomenología biológica, finalmente, comprendidas como un todo significativo. No obstante, la propia biohermenéutica en el campo de las ciencias humanas se ha implementado también a manera de práctica compiladora de "eventos intelectuales" (aunque solo para pretender mostrar que no hay derrotero u orientación en las progresiones gnoseológicas sino solo azar y contingencia, incluso fuerza). 


Es por esto que los "daños" y "traumas" en que se concentra legítimamente el campo médico, y que las disciplinas mencionadas atienden de manera diligente y efectiva, no coinciden naturalmente con una ecosemiótica que sin prescindir de sus asociaciones con lo psicosomático y lo biológico en general, no obstante, constituye como objeto microgeográfico y geo-antropográfico estructuras que no se sujetan ni a la individualidad ni a las apetencias de una única generación de la sociedad humana y que incluso modifican, superan y niegan ortopédicamente las limitaciones orgánicas, climáticas, orográficas, etc. Los cosignificados ecológicos precisos de una circunstancia ambiental, en efecto, orientan las prácticas de los propios cierres tecnológicos, o vinculados -aunque no solo si se los corresponde con una semiología de lo urbano- a lo arquitectónico o a lo ingenieril. Los diversos nódulos de estudio ecosemiótico, pues, tratan acerca de las modificaciones que las aplicaciones tecnológicas -y las logotécnicas en general- provocan, convierten, revierten o descubren respecto de un ambiente, no como "ecosistema" sino como "paisaje". Es el regressus que se practica acerca de una dominancia territorial: la expansión política de la especie, su confirmación civilizatoria, su dilusión meramente tribal, etc. (véase SAURA i CARULA, CarlesArquitectura y medio ambiente; 1ª ed., Ediciones UPC; Barcelona, 2003). Ese paisaje -como formulación ecosemiótica- distancia en efecto del solo ecosistema, porque el emplazamiento que se construye no se sustenta de una ontología natural sino de relaciones políticas atinentes con el ordenamiento mismo del acceso a los recursos.


En este caso no debe abordarse la resolución de lo real, de sus condiciones objetivas de existencia, a partir del patrón biológico de la percepción de cada organismo en su ambiente. Porque, aunque logre comprenderse en un esquema orgánico de recepción-percepción tanto al humano como a los lepidópteros o los alcelafos, si ese quizá fuese el propósito, las parcialidades que se confieren como portadoras de significación no hacen al objeto de inteligencia que es el sujeto operatorio para las ciencias humanas. Respecto del ser humano, además, no es la cuestión cognitiva -en el sentido biológico de la “cognición”- lo que lo caracteriza, sino el hecho de ser un sujeto operatorio noésico-noémico a escala política (para estas cuestiones, se ha estilado recomendar las aportaciones tanto de Aristóteles como de HUSSERL). Hay pues un desbordamiento evidente del solo campo citológico. Por tanto, la biosemiótica con que se emprendiera la descripción de la “especie en peligro de extinción” (humana), objetivamente en peligro, así como las condiciones de su interacción con un ecosistema degradado (radiactivo), y, en general, la totalidad de los eventos físicos a apreciar, nada concluirían si las ciencias humanas que asumen la discusión de sus mundos de acción no orientan las apreciaciones hacia una reflexión histórico-política capaz de constituir, a su vez, de alguna manera, futurología filosófica. Debe de producirse una economía gnoseológica que resuelva la incógnita radical, atributiva de las relaciones humanas, acerca del “qué y cómo hacer” -en un rango de concreciones- para la supervivencia en tanto especie civilizada que se es. Hay que reiterarlo: no solo “qué evitar” sino “qué y cómo hacer”, contribuyéndose mediante esa sindéresis con la construcción de una nueva realidad, de una realidad que emancipa de la infrahumanidad que la antecede. Y la “organización” de esa realidad, en efecto, no puede reducirse a una mera dinámica de los sistemas biológicos.

Fragilidad del lapsus 


En 10-4 s la energía en propagación se expandía veintiocho metros a una temperatura de 300 mil ºC, siendo que al segundo ya alcanzaba los doscientos ochenta metros de diámetro a 5 mil ºC. Antes de esto, incluso, en la instancia misma de la explosión sin intervalo, la temperatura alcanzaba varios millones de grados celsius. Hay que considerar que los archivos correspondientes a la población y la cantidad de hogares desapareció a causa de los incendios provocados. Se estima que unas 350 mil víctimas -entre quienes había estudiantes chinos, del sudeste asiático e incluso reclusos del ejército de TRUMAN custodiados por el imperio japonés- se hallaron directamente expuestas a la bomba atómica estadounidense. A diciembre de 1945, i.e. en poco más de ciento veinte días, se estimó el deceso de unas 140 mil víctimas (es la información oficial que presentó en 1976 ante la UN la ciudad de Hiroshima). Las lesiones físicas (a causa de la explosión o del calor) comprendieron rupturas de huesos, de los órganos internos y laceraciones de la piel, así como el retardo de los procesos curativos. En esto conviene discriminar i.las quemaduras a causa de la bomba-A, ii.las lesiones que devinieron del rebufo, iii.las provocadas en términos agudos por irradiación, así como iv.los efectos secundarios (queloides, leucemia, cáncer, microcefalia). Mientras el imperio del Japón no obtuvo su independencia, durante la ocupación estadounidense del archipiélago, junto con contingentes principalmente británicos, las investigaciones acerca de la radiación provocada resultaron estrictamente reprimidas.


El fundamentalismo belicista occidental no solo se especializó en su amalgama "democracia-terrorismo", a manera de fórmula pendular con la que asimila almas a su causa, también perfeccionó su aparato de coersión material represiva, a partir del siglo XX, casi ya finalizada la Segunda Guerra Mundial (WWII), mediante prácticas de eliminación verdaderamente ontocidas, en tanto objetiva posibilidad, al menos, respecto de una extensión civilizatoria que sigue siendo primariamente planetaria. Es evidentemente razonable por tanto la preocupación del antibelicismo: las orientaciones del desarrollo técnico-científico, la producción industrial de energías particularmente, convergen en los complejos bélico-industriales; la destrucción misma de la especie humana y sus humanidades, así, se facilita. Y, en efecto, el "planeta" -ese eventual limitante geofísico tomado como un todo- es un objeto de análisis que desenvolviéndose en fases esquizoides, más o menos sofisticadas, podría ser reducido a "escombros". Y es que las aplicaciones tecnológicas de las energías continúan concluyendo en propósitos ontocidas y ecocidas. Y conviene pues que las sociedades humanas resuelvan esa desorientación -siendo precariamente terrícolas en su antecedencia, posteriormente biplanetarias, quizá, aunque no definitivamente- antes de convertirse, tal como lo desearía Carl Edward SAGAN, en civilización cósmica. Finalmente, es el "Sputnik" o СПУТНИК-1 lo que debe prevalecer como historicidad y no la "Little Boy". Se trata, simplemente, de ofrecer las humanidades, lo mucho y lo poco de una Humanidad itinerante y viva, tal vez, durante los miles de millones de años por venir, en un reino interestelar que deberá de conocerse.


No se debe -mediante cláusula ninguna- legitimar el asesinato de "inocentes" (ni siquiera de "culpables"; hay que afirmarlo a manera de condición tácita, si se comprenden las afirmaciones de L. GRACIA MARTÍN en "Consideraciones críticas sobre el actualmente denominado ""Derecho Penal del Enemigo""). Sencillamente, atendiendo la jusfilosofía de Erasmo, no se debe; aunque para que predomine este postulado -sin que se tergiverse en una metafísica racional del Derecho- deben evitarse justamente las condiciones del belicismo. La práctica de "incrementar el terror" progresó en su momento al amparo del Mando Aéreo Aliado, siendo que esto la inteligencia estadounidense lo especificó y especializó en el caso Hiroshima a una escala destructiva sin precedentes que implicaría -además de la posterior experimentación con humanos, al estilo del nazifascismo- la oportunidad histórica del ya mencionado ontocidio, así como de un ecocidio confirmado por vía de la acción directa. En el ataque nuclear, la energía que liberó la fisión del uranio y luego la del plutonio en Nagasaki (長崎), sus rayos gamma, los neutrónicos, así como toda otra radiación que provocó, destruyó vidas y haciendas. Entre agosto y diciembre de 1945 se concretó el deceso, tal como ya se mencionó, de unas 140 mil víctimas de la guerra concentrada en Hiroshima, siendo éstas de diversas nacionalidades y no solo soldados -puesto que no sobrepasaban los 40 mil- sino también estudiantes, dado que Hiroshima poseía en ese entonces no solo centralidad militar sino también educativa (en un Imperio del Japón casi en su totalidad destruido, incluso antes del ataque nuclear, incapacitado además para el cultivo mismo de arroz). Y a esto debió de incorporarse miríada de otras muertes comprendidas en bombardeos anteriores sobre el archipiélago japonés. Es una operativa de ataque -el arrasamiento y quema de un territorio mediante bombardeo y el posterior despliegue de tropas para su ocupación- que se continuó, especialmente en el siglo XXI, por los Estados integrantes de la NATO (siendo a su vez un tipo de tratado que logró prevalecer -mediante su talasocracia- por sobre otros como el TIAR; y esto resultó manifiesto en el año de 1982, a instancias del estatuto geopolítico de las Falkland-Malvinas disputado por la UK y la Argentina, respecto de un archipiélago latinoamericano que posee a su vez yacimientos de hidrocarburos). En el siglo XXI se intensifica esa estrategia que reduce a escombros el paisaje -aunque, en un principio al menos, no a escala nuclear- en los territorios especialmente aptos para la extracción petrolífera que a su vez se han proclamado en discordia con los intereses económicos de los Estados firmantes del Tratado del Atlántico Norte (efectivamente democráticos, aunque a la manera liberal o incluso monárquico constitucional). 



La fabricación de una bomba con núcleos atómicos en el año de 1942, compuesta de materiales fisionables que se desintegran, es resultado del Proyecto Manhattan que mantuvo su misión en secreto, al mando interino -en el Ministerio de Guerra- del Jefe del Estado Mayor general T. T. HANDY. Poco antes, durante 1941, el Imperio del Japón, el país del origen del sol o 日本国, ya había iniciado la Guerra del Pacífico atacando la base militar estadounidense de Pearl Harbor (habiéndolo planeado en 1940), siendo el total de víctimas, entre militares y civiles, alrededor de tres mil. Y ya anteriormente, a su vez, Japón -habiéndose asociado su emperador al nazifascismo europeo- había sido asediado económicamente. En el año de 1944, durante la administración de F. D. ROOSEVELT, fue que se determinó el ataque con bomba nuclear contra el imperio nipón. Y en la administración sucesora de H. S. TRUMAN, en el mes de julio de 1945, se concreta una primera prueba nuclear (Trinity) en el desierto de Alamogordo, y, en el mismo mes, posteriormente, se emite la orden de ataque con la "bomba especial" que a principios de agosto se cumplió contra Hiroshima por parte del Grupo Mixto 509 de la Vigésima Fuerza Aérea, mediante un vuelo de muchas horas y con variadas imprevisiones. El modelo de bomba-A contra Hiroshima poseía una carga de uranio 235, siendo que fisionó menos de mil gramos y ya esa cantidad fue suficiente para arrasar y consumir por fuego el 62.9% de las instalaciones atacadas, fuera del foco ígneo abarcó un arrasamiento completo del 5.0%, más un 24.0% de destrucciones estructurales parciales aunque igualmente comprendidas, además de daños graves en el territorio, abarcando un radio de hasta 16 km respecto del propio hipocentro (ese total de 91.9% superó incluso la magnitud destructiva del ataque perpetrado contra Nagasaki que solo alcanzó un 36.1%, habiéndose construida su "Fat Man" con plutonio 239, lográndose asimismo fusionar, en este segundo caso, poco más de mil gramos). 



La ciudad de Hiroshima no solo era reconocida nacionalmente por resultar la ubicación de montaje y distribución de tropas militares, mediante los puertos de Ujina (宇品) o Kure (呉市), siendo que ese proceso de militarización de su sociedad ya poseía antecedentes con el Cuartel General Imperial emplazado durante la conflagración sino-japonesa iniciada en el año de 1894. Y es que a partir del año de 1902 empiezan a construirse, también allí, institutos de formación superior como el de la Escuela Normal (igualmente, durante el bombardeo atómico estadounidense numerosos estudiantes de los primeros grados del secundario no se hallaban en los institutos de enseñanzas sino en fábricas o sitios de demolición, puesto que algunos de sus edificios resultaron ocupados por equipos militares; los infantes y la población infantil en general estudiaban en los templos). En Hiroshima no hubo abandono del territorio; de alguna manera, pues, su repoblado trata acerca de actitudes heroicas. Los supervivientes regresaron de los sitios de evacuación y de inmediato comenzaron a construir refugios provisionales. La emergencia misma de la ciudad comenzó, a partir de una ley de reconstrucción. De alguna manera, mediante una arqueología de los escombros (a eso se redujo lo hallado a quinientos metros del hipocentro), hay toda una semiología urbana a discutir respecto de ese objeto paradigmático en que se logró confirmar la ciudad, siendo que intentó re-textualizarse (re-orientarse incluso), desenmarañar las finalidades de una historicidad retrogradada por lo perplejo. Igualmente Japón ya sabía de reconquistas y repoblaciones, siendo a partir de la época moderna con el Tratado de Tordesilhas, al igual que muchos otros territorios, suelo invadido y evangelizado.  


Mirarse y especular críticamente


En la "Reseña de los daños causados por la bomba atómica en Hiroshima" que entrega la Embajada del Japón en Montevideo para sensibilizar en la problemática, dice en su página 26 mediante el título "Pasos para lograr la paz" lo siguiente: "Nosotros [i.e., la nación nipona, en radical mayoría, los súbditos de su Alteza Imperial] debemos reflexionar crítica y verazmente no solamente en la bomba-A, sino en la guerra y en los procesos que conducen a ella. Únicamente a través de la reflexión e investigación activa aprenderemos las lecciones de la guerra". A esto, habría que agregar otro supuesto: es necesario discutir a su vez acerca de las relaciones políticas y comerciales que se desarrollan posteriormente con aquel Estado que perpetró el bombardeo. Y para esto se enumeran algunas consideraciones analizados por J. O. ÁLVAREZ CALZADA acerca de las limitaciones de la monarquía constitucional japonesa para intervenir en acciones de guerra. En el año de 2004 un contingente de soldados de las Fuerzas de Autodefensa del Japón (creadas en el año de 1954) ingresaba en un Irak invadido. Otra antecedencia: durante la invasión estadounidense a Corea (1950-1953) hubo empresas japonesas que fabricaron el NaPalm, utilizado contra una población coreana en la que provocó ahogos, desmayos y quemaduras, produciéndose incluso queloides y trastornos motores, etc. ¿Acaso ya con esto no se vislumbra al menos cómo los conglomerados industriales nipones, asociados a las orientaciones imperiales estadounidenses, incursionan en el esquematismo belicista?, (siendo igualmente que hay al menos dos acotaciones necesarias: i. de 1945 a 1954, el comercio japonés fue controlado por el gobierno estadounidense y ii. según J. E. STIGLITZ -"El papel de la inversión extranjera" en El malestar en la globalización; Santillana Ediciones Generales, SL; España, 2006: pág. 143- ni en Corea ni en Japón fue relevante la "inversión foránea" en las últimas décadas del siglo XX). Esto, en efecto, se anota a manera de objeción (Corea padeció el colonialismo nipón entre los años de 1905 y 1945, y, aunque liberado el norte, luego, el sur permaneció bajo la pertinaz égida estadounidense). Y, sin pretender lemas temerarios, valga decir que es una objeción moral que Erasmo ampararía. Y es que ese entramado de relaciones internacionales, antes que resolverse a partir de alguna "teoría de la paz perpetuada" o lo que I. KANT discutiría incluso como contención para propender a un "estado jurídico", debe definitivamente resolverse a manera de una pedagogía de las soberanías, i.e. de una protréptica del asunto político que en Aristóteles implica la exhortación decidida a filosofar, de cómo acaso se orientan las enseñanzas acerca de la construcción de una historia que verdaderamente logre la supervivencia de la especie humana a una escala de civilización y no de supeditación o de barbarie neocoloniales (siendo a su vez necesario disociar -en lo narratológico- lo que es "expansionismo imperial" de lo que atañe a una verdadera "tarea civilizatoria" que en efecto el imperialismo contemporáneo se arroga a manera de mágica predestinación, así como a los "bárbaros" respecto de su -nuestro- "salvajismo"; un caso propio para la historiología o la antropología política podría serlo el de los hérulos ante los romanos, a manera de testimonio sesgado que brinda Procopius Caesarensis).



A partir de 1945 se sabe que es objetivamente posible aplicar logotécnica para ejecutar la propia extinción y extenderla incluso a condiciones de exterminio masivo (respecto de las totalidades bióticas que comprendiese). De alguna manera, es a partir del ecocidio -contemporáneamente, por la vía de la acción directa- que los activismos pacifistas y ambientalistas convergen, aunque algunas veces mediante posturas estrictamente irracionales, a la manera de una paz absoluta como si acaso existiese en condiciones fijas, o a la manera de un Génesis al que debería de retornarse. Si se asume el postulado moral aristotélico, hay que discutir que lo que disuelve una guerra no es la "paz" sino un bien como el de la victoria. Y es que en la estrategia, según el estagirita, el bien es la victoria: el bien -como fin único- resulta de lo que verdaderamente se puede practicar (Cfr. Libro Primero: Teoría del bien y de la felicidad, Capítulo IV: "El bien en cada género de cosas es el fin en vista del cual se hace todo lo demás" en Aristóteles; Moral, a Nicómaco; (2ª ed.) ESPASA-CALPE SA; Buenos Aires, 1946: pág. 38 y ss.). En todo caso, se pacifican los intercambios en tanto predomine efectivamente el bien de la estrategia que le antecede -i.e. su victoria: las condiciones del victorioso- y que es manifestación explícita de intereses de hegemonía entre sí antagónicos. Esto no implica -justamente en pro de la paz- desatender el progreso del derecho internacional, las alternativas diplomáticas en su conjunto si se especializan en la erradicación de las causas potenciales de "guerrerismo", puesto que evitar la concreción de un conflicto armado, en especial si se lo considera inminente, es en sí mismo una victoria política. En este sentido, el Manifiesto de RUSSELL-EINSTEIN de 1955 sigue vigente para los siglos. El propio antibelicismo y el antiguerrerismo requieren asimismo de una victoria a escala política, siendo ese bien la propia supervivencia de la especia humana. Esto, respecto de toda tecnología del terror, del dolor y de la muerte reconcentrada especialmente en la amenaza nuclear. Un "Terror" que además no se emparenta sintéticamente -a causa de sus diferentes condiciones objetivas, propiamente decimonónicas- con la otrora crítica teórica material de MARX-ENGELS acerca de una revolución del "arte militar" que aseguraba el desarrollo industrial pacífico por hacer imposible toda otra conflagración que no fuese a la manera de una guerra mundial de crueldad inaudita y de consecuencias absolutamente incalculables. Si asimismo se rememora -atendiendo la noción mencionada de soberanía que asimismo fue discutida por RUSSELL- lo que el propio D. D. EISENHOWER en el año de 1963 declaró respecto de Hiroshima, y afirmó que the japanese were ready to surrender and it wasn't necessary to hit them, hay algo que resulta evidente: hay un despotismo intervencionista que debe ser resuelto y retrogradado y con urgencia por la vía diplomática. 



Hay que promover aquella rigurosidad aristotélica mediante la que se discute la orientación política del conocimiento que se produce, para que los equívocos resulten históricamente vencidos (tanto si proceden del paralogismo como del sofisma). Entre tanto, el planeta Tierra -todo- se ha convertido en no más que un refugio provisional: es imperativo evitar que el legado de la época contemporánea sea el de confirmarlo como un extenso cenotafio. Es Erasmo -relata L. PEÑA- quien en su Querela pacis, undique gentium eiectae profligataeque argumenta jusfilosóficamente que la guerra es grata a los inexpertos y a los que no la hacen. Y si se piensa en Erasmo, a su vez, hay que discutir también cómo contemporáneamente en efecto se de-muestra una guerra: solo a partir de la idiotez política podría haber aceptación moral para espectacularizarla, para cometer la blasfemia histórica de proponerla acaso entretenida, de, por causa de su telerrealidad, incluso, editarla a la manera de una narratología confundida en el thriller, en una conjunción de cliffhangers, para que el sujeto de inteligencia, entonces reducido a la estupidez, rebose en avidez informativa. Y es que las propias imágenes o semejanzas complejas, en tanto atributo de un objeto de poética, para una semiótica científica que lo discuta, poseen una materia del contenido y una forma del contenido, etc., que nutre la orientación del tema: ¿a quién pertenece la autoría de esas imágenes de guerra que se miran? Si bien la razón es presentada -en los renacimientos modernos- como una comprensión geo-antropográfica capaz de quebrantar prejuicios, posteriormente, resultó inhibida a causa de las confrontaciones de Occidente y Oriente mediante aquella mentada nematología de la identidad concentrada en la "Raza" o la "raza pura" (siendo que la propia idea de "raza" es inaplicable a la especie humana, puesto que en su disposición genética se carece de subespecies). La “guerra” no trata de relaciones con opuestos como “amor” o “paz”, siendo que ya con los atomistas clásicos puede afirmarse que ninguno es "arjé" para la construcción de la historia, sino, en todo caso, residuos de su causa. En todo caso, a manera de espacio antropológico, podría discutirse cómo quizá una política de belicismo implica la superfacetación de nematologías de la identidad con que se orienta la confrontación de sociedades entre sí a causa de la "nacionalidad". La resolución del hecho político por el que pares son contrapuestos entre sí como supuestos antagónicos, respecto de sus condiciones dadas y sus procesos, i.e. de la determinación de un espacio de realidad no solo concretado (ergon) sino resuelto mediante transformaciones (energeia), debe discutir la acatalepsia que reduce las conflagraciones a un “mal” idealizado o a un "patriotismo" acaso desprendido de los intereses económicos en que se envuelve. Toda lectura del propio tiempo, más estrictamente, la semiótica de una historicidad, debe evitar como práctica intelectual la benignidad, al menos esa benignidad que tuerce lo que es la palinodia socrática con que se discute lo verdadero.



De la “gran guerra” o Mahâbhârata de la India hasta la Ilíada o guerra troyana, nada hubo como la WWII o sus grandes guerras patrias que ahogó a Occidente y Oriente en sangre, sudor y lágrimas. Nunca tantos cuerpos, nunca tanta hemoglobina, nunca tanta devastación. Nunca se había compuesto tanta perplejidad, a causa de acciones bélicas que los teólogos literalistas asocian al "mal" y los filósofos materiales a la "infrahumanidad". No obstante, la historia de las guerras, o su objeto contemporáneo: la historia de los complejos bélico-industriales, no es la Historia de la Humanidad, siendo que ésta no podría dilucidarse sino mediante la historia de los oprimidos que construyen, en sus concretos, alzamientos, fundamentalmente, desprendimientos enigmáticos de esa escasa libertad de la que hay que apoderarse porque nutre y sabe a maná. Luego de 200 mil años de habitar el planeta Tierra las distintas variaciones de sociedad sapiens, el Homo sapiens sapiens, a partir del 6 de agosto de 1945 (según el calendario gregoriano) supo que poseía las técnicas necesarias para su colapso y erradicación como especie. El territorio, así, se reduce a toponimia elemental, a suelo físico-atómico y químico-inorgánico, y, en términos biosemióticos, a simiente que en vez de germinal resulta en signo de esterilidad perpetuada. Nada se hallaría in-fecto de vida, todo -respecto de sus partes y de sus extrapartes- se hallaría concentrado en la perfecta mineralidad, hasta que el tiempo, como dimensión compuesta de masa y de aceleración inyectada, invierta, convierta, la materia no viva en materia viva otra vez.



El propio cosmos evolucionado a materia viva inteligente, con conciencia de sí como constructor de historia, es, finalmente, fundamento de toda semiótica que considere condiciones de existencia probables de lo inteligente. Porque, en términos de espacio antropológico, a su vez, el ambiente en su condición de “paisaje” es un espacio determinado, existente, construido, re-construido, mediante su razón fundante que es la de una sociedad de humanos que se comprende “aria” (aunque no aria tal como el nazifascismo asumió falazmente su símbolo, sino en su milenaria raíz veda que significa “civilizado”). Respecto de esto, valga aclararlo, los arios nazifascistas en vez de “arios” o “civilizados” apenas fueron administradores de la infrahumanidad, de masacres diligentemente programadas a la manera de déspotas relucientes. Aunque, asimismo, el imperialismo democrático-burgués, especialmente manifestado en su cluster bélico-industrial, explícito en Hiroshima y en Nagasaki, superó toda tecnología y toda logotécnica posibles del asesinato extendido a sociedades humanas en pleno, como operativa inmediata, en un lapso que en su breve demencia solo permite -en su terror fulgurado- la perplejidad. Los cuerpos mórbidos, los restos y las cenizas de los inidentificados, son las antecedencias de la reflexión en su condición de prueba. La antecedencia de esas antecedencias, a su vez, trata acerca de la historicidad de las ciencias y las academias aplicadas en industrias que se han concentrado en una política de la devastación; es la actitud barbárica ante la verdadera civilización que no se reduce a “mercados” sino que ha de comprenderse a la manera de proliferación de “mundos”.


Ciudad y futuro entre manos


El pensar Hiroshima a partir de su reconstrucción implica resolver algún nódulo fundante, no el único, acerca de ciencias y técnicas implicadas en esa operatoria. La Arquitectura, una de las disciplinas que aplica la techné de destruir-para-construir, se halla, a manera, fundamentalmente, de recursividad holótica, más complicada con el “paisaje” que con el “hogar” (esto se evidencia, si se la asocia a otros cierres tecnológicos como podrían serlo la ingeniería civil, o la propia arquitectura espacial, etc.). Por tanto, es razonable discutir la nueva emergencia urbana del archipiélago a partir de esta disciplina. Si bien hay toda una arquitectura orientada hacia la configuración de "hogares", en sus multiplicadas versiones, en vez de expandida hacia el paisaje, no se estima en esta tesela como opción porque desatiende -en los términos de una semiología urbana- las potencias más sustantivas de un campo de trabajo que se constituye en tanto es de la estática su contradictorio. Incluso el "patrimonio histórico" más caro no permanecerá para siempre, ni las relaciones implicadas o subyacentes como "patrimonio intangible" o tradiciones, siendo que terminarán resultando objetos de una arqueología archivística, quizá, y, no obstante, las arquitecturas podrían acaso continuar su desarrollo disciplinar. Y es que esas arquitecturas, dilucidadas en su teorética, resultan asimismo (como el conjunto de las disciplinas discutidas en el campo de las ciencias humanas) reducidas a la comprensión política de la supervivencia de los sujetos operatorios que no solo viven, ni solo conviven, sino además que construyen la historia de una vida y una convivencia mediante sus propias manos que son -tal como lo afirmara Aristóteles para el sujeto noémico- la herramienta de todas las herramientas. Ante una tierra arrasada, si de manos se trata, es imprescindible hallar albañiles y panaderos: expertos en construir a partir de la precariedad grandes hornos y expertos en producir de manera multiplicada y continuada piezas de pan para los supervivientes. Se postula pues que mediante la ecosemiótica es posible discutir los relatos arquitectónicos (más o menos entendidos como una morfogénesis, propia a las condiciones económicas de las construcciones urbanas). Esto, para efectivamente discernir acerca de qué trata una “estabilidad” no más que provisoria que es recompuesta o disuelta por el sincretismo provocado en sus entramados microgeográfico, geo-antropográfico, demográfico, psicográfico, etc., o en todo caso -en términos de civilización- respecto de su lapsus de continuidad, antes de devenir en objeto pretérito o en símbolo (cuando su historicidad, propiamente, resulta ya irracional respecto de las didácticas del aprendizaje y sus urbanidades). La propia supervivencia de la especie humana, de alguna manera, se implica con la facultad de desplazarse entre ordenamientos civilizatorios, de los obsoletos que solo perduran en su aspecto barbárico hacia los nuevos que los superan en sus propósitos de revolucionar las condiciones de vida. En esta tensión entre "viejo" y "nuevo", en efecto, es que deben discutirse las prácticas belicistas ontocidas y ecocidas, como mecanismo imperial primitivo de instigación y permanencia, i.e., literalmente, de reducción del paisaje a escombros (incluso mediante el supuesto falaz de "choque entre civilizaciones").



Es esa “estabilidad” -que se erige mediante una construcción orientada por los cierres tecnológicos- una práctica escénica en Hiroshima, no por corresponderse necesariamente con alguna ficcionalidad, sino, por condensar a partir de un hipocentro (y, además, de sus concomitantes figuralidades) la realidad  de una trama relacional vívida que devino en vivida para los sujetos operatorios. La bomba-A que destruyó Hiroshima redujo su paisaje urbano a ecosistema degradado, a tierra arrasada. El paisajismo -omitido por las construcciones monótonas e incluso por las espectaculares que reniegan, en su precariedad turismológica, de la historicidad de un territorio- convierte al propio sujeto de intercambios en peripatético, donde el desplazamiento en vez de oprimir la reflexión, a diferencia de eso, la desea. Y, esto, en efecto implica una ecosemiótica que discuta indicadores ecológicos para valorar condiciones objetivas de vida (lo concreto y progresivo del hallazgo ambiental), aunque para discutir paisaje y no para reducir al humano a animal de un ecosistema. Esto se puede resolver mediante las aplicaciones de variadas logotécnicas (dinámica de fluidos, geometría fractal, teoría de redes, etc.) con las que efectivamente la sociedad humana compone los elementos estructurales del paisaje. Esto permite comprender que el paisaje -en tanto disciplina arquitectónica- es incongruente con una visión interaccional reducida a ecosistema. Hay evidentemente una asociación compuesta de indicadores no prescindentes con los que asimismo se resuelven las cuestiones urbanas, propias de la constitución de un objeto de paisaje, lo que no será un mero hecho de la naturaleza sino lo propio de un dominio antrópico, más allá de su composición orgánico-inorgánica (véase que en Andalucía han sido discutidas las problemáticas ambientales y urbanas en "Indicadors de paisatge. Reptes i perspectives" por Joaquim NADAL, Jordi SARGATAL, Riccardo PRIORE, Joan NOGUE, Josepa BRUL, Almo FARINA, Yves LUGINBÜHL, Franceso MARANGON, Tiziano TEMPESTA, entre otros). Si algo aclara Hiroshima es que los "indicadores ecológicos" asociados a la especie humana, i.e. los grados de presión que se ejercen sobre un ambiente que se vive, no se especifican con independencia de las condiciones de vida del sujeto operatorio ni de cómo acaso éste construye (su) historia.



La “crisis ambiental” que como asunto -incluso expuesto a manera lisológica- adquiere rango académico, interviene la producción arquitectónica mediante algunas condiciones de existencia asociadas al entorno-contorno-dintorno que transforma. En donde lo macrosemiótico y lo microsemiótico se imbrican, los macrosistemas con sus correspondientes identificaciones nematológicas y los micrsosistemas se imbrican; a manera de dificultad, es la discusión de la "cultura" o de la "libertad", o de la "paz", respecto de problemáticas asociadas con la bioantroposemiótica, la legalsemiótica, la cibersemiótica, etc. No es posible asociar a escala lógica lo urbano a las urbanidades, pues, prescindiéndose de este entramado de cosas y situaciones. Es necesaria asimismo esta progresión para comprender a territorios como Hiroshima a la manera de ciudades que erradican el deseo de la guerra. En términos generalísimos, se trata de que lo manifiesto del movimiento de las formas de la materia se halla encerrado en factores finalmente políticos:  el “cambio climático” incluso como objeto de estudio paleometeorológico, o la “perduración de la biodiversidad” aunque la proliferación y expansión de una especie implica, en efecto, si se atienden las discusiones en su momento formuladas por I. ASIMOV, el menoscabo de otras, o los "poblamientos socioeconómicamente vulnerables" que emergen en las megalópolis a causa del recrudecimiento de la explotación neocolonial practicada por el capital financiero internacional en su versión oligopólica, etc. Hay un desplazamiento de los recursos en el planeta Tierra que no se rige por condiciones económicas -en su sentido antropomórfico- sino por el economicismo caótico del mercadeo. No se construyen emplazamientos para que los sujetos operatorios fundamenten en sus procesos vinculares la condición objetiva de poseer la facultad de ser personas humanas mediante, justamente, condiciones de vida acordes al avance del conocimiento científico que se industrializa, sino que se construye simplemente para trocar trabajo en capital. Y eso, en términos ecosemióticos, es una condición histórica que mantiene a disciplinas como la arquitectura en una fase aún prehistórica, siendo una herramienta que en potencia resulta capaz de revolucionar el ambiente civilizatorio (Cfr. FARINA, Almo; “Indicadors ecològics per ala valoració del paisatge: una perspectiva ecosemiótica” en “I. La perspectiva disciplinar” en pág. 36, en NOGUÉ, Joan – PUIGBERT, Laura – BRETCHA, Gemma coord.; Indicadors de paisatge. Reptes i perspectives; Observatori del Paisatge de Catalunya; Barcelona, 2009).



El “paisaje”, incluso como conjunción ecológica y en su unidad corológica, resulta intrínsecamente dependiente de las relaciones humanas. La “adelfa” -floración que podría comprenderse, para el caso, por su corotipo asiático- al surgir en Hiroshima como primera flor, luego del ataque atómico, y, convertida, pues, en hecho político, resulta símbolo no tanto de un territorio sino más de una historia de reconstrucciones: es ese hecho de la naturaleza que resulta trasvasado por la economía de una civilización. Los símbolos, como la adelfa, deberán de convertirse en enigma de su causa (a manera de experimentación literaria), para, como objeto, lograr ser, en el devenir de la historia, síntoma de una demencia política desatada que permanecerá hasta que su causa resulte resuelta, superada y negada. Si bien para lo humano se supone que esa reconstrucción se tensiona con "necesidades nuevas", por las que habría incluso nuevas interfaces semióticas (i.e., en términos cognitivos, nuevos reconocimientos perceptivos del entorno, respecto del propio ambiente), habría que considerar si acaso esas "necesidades" que se advirtiesen como “nuevas” son o no efecto de un sistema de urbanidad que aliena el proceso mismo de intercambios. En el siglo XX -y se halla la Ville panique de P. VIRILIO que lo formula- las ciudades del capitalismo comprometieron sus tecnologías para eximir al paisaje de los desplazados por el sistema y ensalzar a los nuevos honestiores (lo que confirma la problemática misma de las especies internas de ciudadanía, discutida por G. BUENO). Esto incluso ha eclosionado a escala de Estados en el siglo XXI, mediante el delirio de la disociación territorial, en los términos de una patología del límite, como la dada entre San Diego y Tijuana a causa del corredor fronterizo que se impone a la población en suelo mexicano (véase el artículo "Arquitecturas borderline" de BRANSBURG, P.; Le Monde Diplomatique, el Dipló 146Capital Intelectual SA; Buenos Aires, agosto de 2011: págs. 10-11). Y es que no se trata solo de confirmar soluciones arquitectónicas ante crisis humanitarias, siendo en efecto un trabajo necesario, sino de verdaderamente apoderarse de los recursos de la civilización. No hay reconstrucción civilizatoria posible sin una fundación política revolucionada de las relaciones humanas en que todo trabajo se constituye y en el que por tanto sus orientaciones resultan discutidas y explícitas, más allá de la mera tendencia del diseñoPor un lado, la construcción de lo urbano se maquiniza y ya en el siglo XXI implicó el despliegue de la domótica. Las propias tecnologías del espacio incluso intervienen esa robótica aplicada a la estructura, más que para una ingeniería civil y arquitectura de alturas como la desarrollada con los skyscrapers del Emirato de Dubai (إمارة دبي), para extenderse por sobre lo urbano previo a manera de cielo artificial; un caso lo es CCTV con su Main Building (主楼), en Beijing (北京). Y para extenderse hacia las aguas -aunque, distinto de las antecedencias fijas emplazadas en los puertos, o por obras de muelles, o de diques de mareas- se especula con ciudades flotantes que efectivamente posean emplazamiento móvil. Por otro, el propio poblamiento rural deviene en objeto de arqueología (ya no solo a causa del asalariado rural que pernocta en centros urbanos sino porque las megalópolis incluso, podría suponerse, asimilarán los procesos productivos rurales que entonces no serán más que otra de las plataformas de riqueza mecánico-virtual de la urbe, para la concreción de ambientes con independencia energética y de productos). Y todo esto, a su vez, deberá de modificarse para el concreto de las colonias espaciales que tratarán acerca de una civilización aún inconcebible en los miles de años de progresión tecnológica con la que quizá se corresponda, cada vez más dependiente del tiempo, a su vez, como dimensionalidad relacionada a los procesos microscópicos en el campo cuántico. Y es que las distintas disciplinas contemporáneas han constituido, de una manera u otra, plataformas propias de ciencia ficción para pensarse (a la manera de Jean GATTÉGNO, i.e. como una "anticipación científica" o incluso de una "ficción especulativa", en vez de mediante un mero space-opera o un fugaz delirio hipotético). Y así ha sido, algunas veces, quizá, careciéndose de aquella densidad teórica que permite especular en el campo propiamente de la futurología filosófica. Algo así es igualmente prometedor, si su propósito generalísimo de construcción de estructuras es el de negar toda condición de infrahumanidad (de prescindencia incluso hasta de la propia especie, siendo que hay facultad para concebirse inmerso en la Historia). Pensar en Hiroshima por tanto es, de alguna manera, discutir no solo la emergencia heroica de una ciudad sino, asimismo, la supervivencia humana en un cosmos que se resuelve como materia viva inteligente. Y esta afirmación -un tanto reiterada, sí- intenta ser algo más que prosa evolucionista inyectada en los hechos antropológicos. Y es que esas personalidades en que nos comprendemos -y que según la percepción antrópica a causa de sus operaciones, de sus acciones microcósmicas sujetas a finalidad, algo representan- habrán de adquirir, pues, incluso a causa de una materialidad primogenérica, en su prevalencia, valga la conjetura, en definitiva, la "forma de la máquina". Aunque esa "máquina" no se circunscriba -salvo como parodia- a un mesocosmos.  

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