viernes, 11 de diciembre de 2009

Idea de signo natural


Análisis del signo en el medioevo

Estudios de OCKHAM



¿Cómo analizar la relación habida entre el concepto y la cosa?

El concepto-signo natural
[...]
Restricciones y aclaraciones teórico-metodológicas
II.1. En torno al corpus de obras de Ockham : la primera parte de la Summa Logicae como fuente directa

Ya está dicho pero vale la reiteración: este trabajo ni pretende ni está en condiciones de abordar la exégesis filológica. El arduo problema, crucial en todo escolástico, que estriba en saber qué trabajos son auténticos y qué de la extensión de los textos aprovechables es confiable, ha sido abordado, en el caso de Ockham, por Baudry, Bascour, Boehner y Maier.37

Se entenderá que, para cubrir los serios problemas ligados a la pertinencia filológica, establecemos una cauta relación fiduciaria con la obra de Philoteus Boehner, es decir, depositamos nuestra confianza en las hipótesis histórico-filológicas fundamentales de este reconocido compilador y estudioso y, sobre todo, en sus traducciones al inglés de los manuscritos escogidos.38

En el Apéndice de este libro presentamos dos relaciones en las que Boehner da cuenta del corpus de obras de Ockham haciendo referencia a las múltiples discusiones y dudas que suscitan. La primera aparece en la introducción a una selección de escritos del propio Ockham (1957) y la segunda en la selección de artículos de Boehner (1958).



Si bien es cierto que a través de los artículos exegéticos de Boehner tenemos la ventaja de acceder a fragmentos cuasiautónomos de diversas obras que jalonan el recorrido teórico del Venerabilis Inceptor, también es verdad que nuestro trabajo está claramente restringido al análisis e interpretación de la fuente directa con la que contamos; esto es, de los 77 primeros capítulos de la Summa Logicae correspondientes a la teoría de los términos.

Como sabemos, este libro, escrito probablemente entre 1320 y 1328, trata, en tres grandes partes, (i) de los términos, (ii) de las proposiciones, y (iii) de los argumentos (ver Apéndice). Este es el momento de señalar otra restricción: toda nuestra reflexión se moviliza en el primer ámbito citado; esto quiere decir que sólo nos interesa trabajar el ámbito proposicional en tanto y en cuanto se integra a las especulaciones en torno a la suposición.

Ahora bien, por más variaciones que los especialistas detecten y discutan en lo relativo al orden cronológico de sus obras, lo que parece difícil de cuestionar es el hecho de que “la Summa Logicae representa la estructuración más consciente y revisada del pensamiento de Ockham, anterior a su brusca irrupción en las apasionadas polémicas con el Pontificado de Aviñón, ya que los Quodlibetanos son una ‘reportatio’ incompleta y el resto de las obras lógicas son una especie de compendio de la Summa Logicae”.39

La Summa Logicae está entonces posicionada como síntesis definitiva, sobre todo en lo que concierne, según De Andrés, “a la fijación definitiva de la concepción significativo-lingüística del concepto.”40

De Andrés hace referencia también a lo dicho por Paul Ricoeur a propósito de Ockham en su curso: Introduction au probleme des signes et du langage: “C’est dans la logique que nous trouvons la véritable théorie du signe”. Esta constatación, que presenta a la Summa Logicae como espacio privilegiado en el que “los elementos ajenos a la interpretación del concepto como signo ceden el paso a una visión clara y definitiva del concepto signo-lingüístico con todas sus implicaciones.41


Resumen del plan de la primera parte de la Summa Logicae

Ockham comienza su Summa tratando la naturaleza del término. Así, introduce su estudio considerando el término en general. Adopta la definición de Aristóteles, “aquello en lo que la proposición se resuelve”, y la corrobora tratando de los tres sentidos que se daban al término: como cópula o extremo en una proposición, como expresión simple contrapuesta a la expresión compuesta que es la proposición, como sujeto o predicado (categoremáticos) y como término que tiene significación determinada cuando está asociado a un categorema (sincategoremáticos).


Una vez que deja asentada la naturaleza del término en la definición, viene la división del mismo. Toma en cuenta, como tipos de términos, los mentales, los orales y escritos; los categoremáticos y los sincategoremáticos; los concretos y los abstractos; los absolutos y los connotativos; los de primera imposición y los de segunda imposición. De allí pasa a tratar el tema de las primeras y segundas intenciones de la mente.


Como de la naturaleza de una cosa surgen sus propiedades, pasa en seguida a tratar de las propiedades de los términos. Y, primeramente, de la significación que trata en cuanto unívoca y equívoca. Después aborda otra propiedad de los términos que los predispone en general para la predicación, que es la intención de universalidad, contraponiéndola a la de singularidad. Por eso, trata del universal en sí mismo, aclarando que el universal no es algo que exista fuera de la mente; de acuerdo con ello, ataca la postura de Duns Escoto y responde a algunas objeciones. Ya que ha dilucidado el universal en general, trata de los cinco universales principales. Éstos, reflejan las principales intenciones de universalidad que les pueden advenir a los términos, a saber, los cinco “predicables”, llamados así porque son los supremos modos de predicación: el género, la especie, la diferencia específica, la propiedad y el accidente.

Trata después de los modos de conocer o de saber que nos proporcionan esos modos de predicar, esto es: la definición, la descripción, la definición descriptiva, y lo que éstas implican, en especial el definiens y el definitum; asimismo, explica la división y lo que implica: el sujeto, el predicado y la cópula (según Ockham, cópula de inherencia), así como la oposición y la propiedad, siendo esta última lo que se intenta declarar en toda demostración. Con ello se tienen los tres modos de saber (modi sciendi): la definición, la división y la argumentación o demostración.

Vuelve el Venerabilis Inceptor al tema de los universales y se coloca en lo más universal o trascendental, el ser. Así, trata de una de sus propiedades trascendentales, la unidad o identidad; propiedad que se llama “trascendental” no en sentido kantiano, sino escolástico, a saber, en el sentido de que es una propiedad transcategorial, que rebasa el ámbito de las categorías aristotélicas por tener mayor universalidad que cualquiera de ellas. Y una vez estudiado lo transcategorial, desciende a lo categorial, tratando primeramente acerca de las categorías en cuanto a su naturaleza, reflejada en los términos y expresiones en las que se significan, esto es, en cuanto a su definición y división. Luego, trata en sí mismas a cada una de ellas (substancia, cantidad, cualidad, relación, acción, pasión, lugar, tiempo, posición, hábito), entresacando algunas de sus características o propiedades especiales y discutiéndolas con otros autores.

Pasa después a la instancia que lo ha hecho más célebre: su tratado sobre la propiedad de los términos llamada “suposición”, que es donde muestra más a las claras su lucidez semántica. La define y la divide. Como clases de ella señala una suposición material, una simple y una personal. Subdivide esta última, desdoblándola en discreta y común. Añade otros tipos: la suposición determinada, la suposición confusa, la suposición meramente confusa y la distributivamente confusa. Todas estas definiciones y distinciones conllevan muy finos análisis lingüísticos que han de repercutir en su filosofía. Trata, finalmente, de algunos problemas tocantes a ciertos términos sincategoremáticos que afectan la suposición de los categoremáticos, de la suposición de los relativos y de la suposición impropia. Señala Beuchot que esta gran parte de las suposiciones es la que le ha generado las más diversas críticas, pero también la que muestra de manera más clara al lector moderno la importancia que daba Ockham al lenguaje en sus disquisiciones filosóficas.42



Extracciones y eliminaciones


Una vez establecido este corpus en su compleja amplitud nos toca retener únicamente los elementos pertinentes en lo relativo al nivel de análisis formulado en el planteamiento de nuestro trabajo: el concepto-signo natural y la constelación de términos por él convocados, en especial, “pasión”, “intención” y “suposición”.

Por esta razón, en el capítulo siguiente, tomando como guía la exposición de Boehner de la teoría de la significación y de la teoría de la suposición, entresacaremos las secuencias discursivas correspondientes a estos temas.

Siendo semiótico no sólo nuestro objeto sino también el método, cabe decir que a esta aproximación “extensiva” debe corresponder una aproximación “intensiva”; por ello, en orden a cerrar nuestro estudio queremos detenernos en el Capítulo 1. Allí está condensado el discurso de funda(menta)ción: el segmento incoativo de esta inmensa Logica maior que representa el cimiento de toda la concepción teórica a ser expuesta y que recoge la formulación precisa del término mental o concepto en tanto signo. Claro que lo extrapolaremos con otros textos para dar cuenta de cómo la iteración discursiva retomará y profundizará el asunto; por ejemplo, al tratar en el Capítulo IV la intención.

Sin texto no hay objeto de investigación. El Capítulo 1 es paradigmático. Opera como declaración de principios.






















II.2. Entorno a la interpretación del corpus/
Encuadre teórico - referencial amplio: los "gajes" de la reconstrucción histórica

Como sucede con los grandes autores que originan polémica, varias tendencias interpretativas impiden una correcta comprensión de las enseñanzas filosóficas de Ockham. Tanto así que muchos han creído encontrar en el Doctor Invincibilis una causa, e incluso la principal causa, del colapso del escolasticismo. Por eso, entiende Boehner, las razones de este colapso raramente son atribuidas ahora a la filosofía de Escoto y más bien el peso de toda esa responsabilidad recae con fuerza en Ockham.

Los historiadores de la filosofía medieval –dice Baudry– están hoy en presencia de dos interpretaciones del occamismo y de sus orígenes. Unos, retomando la visión de P. Haureau, hacen del occamismo una reacción contra la doctrina de Duns Escoto. Los otros, siguiendo a Rousselot y a R. Morin, ven en Guillermo de Occam un discípulo de Duns Escoto que empuja al maestro contra sí mismo, que lleva al extremo sus principios, y que, al mismo tiempo que los combate, desarrolla y ensancha su doctrina conduciéndola a conclusiones que sus falsas timideces impidieron al Doctor Sutil percibir y avisorar.43 Precisamente estas interpretaciones, más allá de sus especificidades, coadyuvan a la lectura de las tesis de Ockham como radicalización del escotismo y, por ende, a la tematización histórica del Venerabilis Inceptor como agente del colapso de la síntesis doctrinal del siglo XIII44.

Sea como fuere, no podemos dejar de reconocer en los estudios de filósofos como Boehner, Gilson, Vignaux, Jolivet, De Andrés, Derrida, por citar sólo algunos, un amplio marco referencial que provee de criterios interpretativos muy pertinentes.

También hay que considerar trabajos de reconocidos estudiosos que, desde la historia de la filosofía, construyen marcos teóricos unas veces concordantes y otras discordantes pero, a final de cuentas, más polémicos que consensuales. En efecto, por más cuidadosos que sean los esfuerzos para ordenar una puesta en contexto, resulta muy delicado abordar la propuesta filosófica de nuestro autor. Como señala De Andrés, la primera impresión que el lector recibe ante los estudios sobre Ockham es la de una notable desorientación, dada la extraordinaria divergencia de las conclusiones a que estos estudiosos han llegado. Por otro lado, Boehner, examinando la filosofía de Ockham a la luz de las investigaciones recientes señala que lentamente está comenzando a emerger un retrato más veraz de una masa de prejuicios y de repetidas opiniones acríticas acerca de su vida, obra y doctrina.45 En lo relativo a las discusiones biográficas remitimos a los autores expertos en el tema.46

Encuadre teórico - referencial: el metalenguaje operativo

El modelo triádico de la semiosis.-

En todo caso, en lo relativo a esta investigación, el lector habrá encontrado, al momento de establecer la pertinencia de la misma, la opción por una perspectiva histórico-semiótica de estudio e interpretación. Esta perspectiva tiene portavoces preclaros en la llamada escuela pragmática de la semiótica quienes, partiendo de los postulados lógicos de Charles Sanders Peirce, entienden que el tema-objeto de la indagación semiótica no son propiamente los signos sino la acción de los signos o semiosis. Así, la semiótica contrasta con la semiosis tal como el conocimiento contrasta con aquello que es conocido (cf.I).

Dos portavoces son particularmente gravitantes en nuestra investigación: John Deely y Umberto Eco. Ambos, además de semióticos, reconocidos medie-valistas. El primero formula una interpretación histórica realmente apasionante en su compromiso con el medioevo y el segundo articula a lo largo de su obra una labor permanente de crítica, evaluación y análisis de la obra de Peirce. No es que Deely no lo haga. Sucede que en Eco esta labor resulta más sistemática. En todo caso, valga lo dicho para establecer tajantemente que no es nuestro objetivo desarrollar la concepción de Peirce (proyecto que, de por sí, daría para más de un libro) sino tomar su labor de reflexión histórico-epistemológica (consultada sí directamente en algunos de sus escritos sobre el medioevo y la modernidad). Un intermediario cómodo, fíable y original para recoger con considerable economía de esfuerzo dicha labor teórica resulta ser Eco, quien en la mayor parte de sus obras opera el concepto de semiosis. En su célebre ensayo “De los Espejos”, en una llamada a pie de página propuesta en el título mismo, advierte al lector, con la ironía que lo caracteriza, que en ese ensayo y en el resto del libro, se tropezará con la oposición entre semiosis y semiótica. Señala allí que la semiosis “es el fenómeno, típico de los seres humanos (y, según algunos, también de los ángeles y los animales), por el que –como dice Peirce– entran en juego un signo, su objeto (o contenido) y su interpretación”.

Añade que la semiótica: “es la reflexión teórica sobre qué es la semiosis. Así pues, el semiótico es quien nunca sabe qué es la semiosis, pero está dispuesto a jugarse la vida sobre su existencia.”47

Esta declaración, con toda su reminiscencia socrática, opera como pauta central que, trasladada a nuestro proyecto, implica un añadido: ¿qué es la semiosis en la teoría de los términos formulada por Ockham en los primeros capítulos de su Summa Logicae?, y, específicamente, ¿cómo opera la semiosis del concepto-signo natural?

En principio se puede advertir que, tomando como punto de partida el concepto-signo, un conjunto de nociones ocupan el lugar de lo que hoy llamamos semiosis; a saber: significación, pasión, intención y suposición. Esto si consideramos sólo la semiosis natural (que en realidad es el eje de este trabajo) ya que si incorporamos la semiosis institucional o convencional debemos añadir la noción de imposición.

Queda claro, entonces, que postulamos la semiosis operativamente como modelo teórico-metodológico para interpretar las relaciones y operaciones que estructuran a los signos a partir de su referencia básica a un mundo real o posible.

En muchos ensayos y análisis Eco recuerda el pasaje de los Collected Papers en el que Peirce define la semiosis como “una acción o influencia que es o implica una cooperación entre tres sujetos, como por ejemplo, un signo, su objeto y su interpretante, no pudiendo resolverse tal influencia tri-relativa en una influencia entre parejas”.

Por ello, la semiótica es “la disciplina de la naturaleza esencial y de las variedades fundamentales de toda posible semiosis”.48

Resumamos el asunto y digamos que somos testigos de la semiosis cuando (i) un objeto dado o estado del mundo (en términos de Peirce, el Objeto Dinámico) (ii) es representado por un signo y (iii) el significado de este signo (en términos de Peirce, el Objeto Inmediato) puede traducirse en un interpretante, es decir, en otro signo.

Entonces, retomando nuestras preocupaciones cabe decir que en (i) el objeto puede ser una entidad real pero también una entidad intencional e imaginaria o un estado de un mundo meramente posible (que cuando se representa puede estar, y normalmente lo está, fuera del alcance de nuestra percepción). Pero, eso sí, en principio es un individuo.

En relación a (ii) en sentido amplio, hay signos que no dan un conocimiento primario de la cosa significada pues exigen un conocimiento habitual de la relación significativa que liga al signo con el objeto. Estos son signos representativos, su modo de significar se basa en el recuerdo; son, pues, rememorativos. Tenemos allí el vestigium y la imago (que corresponden en líneas generales al índice y al icono de Peirce). En sentido restringido, hay signos lingüísticos que no requieren conocimiento previo de lo significado y dan, por tanto, un conocimiento primero del objeto. Su característica principal es que tienen como función peculiar sustituir al objeto significado (suponer por él) en el contexto de la proposición (cf.III.2.1 y III.2.2).

En relación a (iii) hay un giro idiomático clave en el texto de Ockham (y de otros medievales): “tomar un término”. En efecto, se pueden tomar los términos significativamente, materialmente o simplemente. “Tomar un término” no es otra cosa que establecer una clave de interpretación para juzgar la verdad o falsedad de una proposición. Hay, pues, proposiciones-signo como “lee, es un verbo” que interpretada materialmente es verdadera (una proposición-interpretante) pero interpretada significativamente es ininteligible, esto es, falsa (otra proposición-interpretante).49 No se puede negar que las distinciones lógicas, una vez que permiten el análisis de las proposiciones, abren la vía de una interpretación que sólo puede darse con otras proposiciones. En este sentido, “verdadera” y “falsa” aplicadas a proposiciones-signo son proposiciones-interpretantes. Como se comprenderá, siguiendo un orden ligado al método aristotélico un término se puede “tomar” sólo en una proposición y una proposición en un razonamiento. Una restricción, aunque parcial, es que nos interesa, en particular, el hecho de “tomar naturalmente” un término, o una proposición o un razonamiento.

Dimensiones, niveles y funciones de la semiótica

Precisamente, tomaremos el término /semiótica/, en sus grandes líneas, tal como lo sistematizo Charles Morris, aunque sin darle la acepción conductista con que él lo concebía. Aceptamos, en cambio, las bases y divisiones por él trazadas que, dicho sea de paso, son unas de las que más unanimidad y consenso han alcanzado en la historia de la semiótica.

Sabemos ya que el objeto de la semiótica es la semiosis o todo acontecimiento en el que aparece un signo. La semiosis tiene tres componentes: el signo mismo o vehículo de signo, el significado o designatum, y los intérpretes o usuarios. De acuerdo a estos componentes acontecen relaciones y operaciones que configuran distintas dimensiones de la semiótica:

a) Hay una relación de los vehículos de signo entre sí, que es una relación de coherencia, y la sintaxis establece las reglas requeridas, a saber: de formación y transformación de enunciados (o reglas de implicación).

b) Hay una relación entre el vehículo de signo y el significado, que es una relación de correspondencia, y la semántica establece las reglas requeridas, esto es, de adecuación entre signos y objetos (o reglas de designación).

c) Hay una relación entre el vehículo del signo y los usuarios, que es una relación de uso, y la pragmática establece las reglas requeridas, es decir, reglas de uso (o reglas de expresión).

El estudio completo de un acontecimiento semiótico debe involucrar las tres dimensiones aludidas.

Ahora bien, hay dos niveles de la semiótica: el lenguaje-objeto y el meta-lenguaje (semiótica-objeto y metasemiótica). Los textos de Ockham son objetos-de-lenguaje a los que apunta nuestra investigación, a saber: el sistema lingüístico discursivo analizado. El metalenguaje es el sistema lingüístico discursivo con el que se analiza los objetos-de-lenguaje (de manera tal que la propia semiótica como disciplina es un metalenguaje). Precisamente, estamos dando las pautas teóricas relativas a modelos de análisis susceptibles de aplicarse a la descripción de la estructura del discurso de Ockham. Se trata, pues, de reconocer los ejes, las categorías y las operaciones que organizan el discurso de nuestro autor.

Finalmente, la semiótica puede desempeñar una función “pura” y una función “descriptiva”. La primera consiste en la construcción de un metalenguaje adecuado y completo. “Si se le alcanza constituirá lo que podría llamarse semiótica pura, con sus ramas de sintaxis pura, semántica pura y pragmática pura. Aquí se elaborará en forma sistemática el metalenguaje mediante el cual se describirán todas las situaciones que involucran signos. La aplicación de este lenguaje a casos concretos de signos puede llamarse semiótica descriptiva (o sintaxis, semántica o pragmática descriptiva, según el caso)”.50

Así, términos como /semiosis/, /signo/ y /regla/ pertenecen a la semiótica, y no pueden ser definidos exclusivamente ni por la sintaxis, ni por la semántica, ni por la pragmática. La semiótica, como un todo, es jerárquicamente superior a cada una de sus partes. No es pertinente en este trabajo entregarnos a la discusión metateórica (o epistemológica) correspondiente a la llamada semiótica pura. En la medida en que sea necesario para la claridad de nuestros análisis nos podremos detener en algunos puntos polémicos. Lo que nos interesa es recoger estas distinciones en toda su abstracción y simplicidad para contar con unos utensilios metodológicos operativos, es decir, para movernos en el ámbito de una semiótica aplicada.

A partir de lo señalado se puede hablar de una semiótica escolástica medieval. A pesar de que no se le daba el nombre de “semiótica”, corresponde a lo que ella procura desarrollar con su teoría del signo, de los términos, de las proposiciones... y todo ello era tratado en la lógica misma (de la cual Locke y Peirce decían que no era más que otro nombre de la semiótica. Cf. nota 8). Se trata de una semiótica del lenguaje natural, ordinario, no del lenguaje formal; y, en realidad, tuvo muy escasa formalización. Quizá sólo en el ámbito de la sintaxis (en el caso de la inferencia o consequentia, que llegó a presentarse con una formalización rudimentaria de sus variables, tanto proposicionales como de términos).

Incluso, en el plano del lenguaje ordinario, si bien tuvo pretensiones de ser una gramática lógica general (válida de una forma u otra para todo discurso humano), en realidad es la gramática lógica de un sector del lenguaje ordinario: el latín, aunque en cierta medida aplicable a otros idiomas que dependen de él o tienen con él alguna analogía. Lo que sí resulta inapreciable es su estudio de los fundamentos filosóficos del lenguaje y del signo: se manejan distintos niveles de lenguaje, se emplea una semiótica general (tratado del signo), y del lenguaje o signo lingüístico (gramática especulativa, tratado de la interpretación, tratado de los modos de significar, tratado de las propiedades de los términos, tratado de las divisiones de los términos, etc.), que incluye las tres ramas especificadas por Morris: sintaxis, semántica y pragmática, según la distinción aristotélica entre apofántica, semántica y retórica.51

Hay un grupo de disciplinas, las llamadas artes sermocinales: la gramática, la dialéctica (o lógica) y la retórica. La gramática estudia el léxico y la sintaxis, es decir, la corrección en la formación de oraciones. La dialéctica (o lógica) estudia la sintaxis y la semántica, esto es, las relaciones de coherencia y derivación inferencial que se dan entre oraciones. Y la retórica (a la que se sumaba la poética) estudia, más allá de la sintaxis, la semántica y sobre todo la pragmática del discurso, en otras palabras, la ornamentación y la utilización que los usuarios hacen de las oraciones en el discurso. Cada una de esas disciplinas tiene su especificidad.

Aunque no era muy clara la distinción entre sintaxis, semántica y pragmática, se trabajó intensamente en el establecimiento de categorías ubicables en cada una de las tres dimensiones, con sus correspondientes reglas. Pero, dada la imprecisión en sus demarcaciones, a veces se mezclaban los tratamientos respectivos (v. gr. el de la semántica con el de la pragmática). Por eso, en nuestro trabajo de análisis e interpretación, sin forzar demasiado la aplicación, procuraremos plantear algunos reajustes en función de la lectura de Ockham.

Precisamente, en lo relativo a nuestro autor, el discurso sobre las propiedades de los términos se ubica en la dimensión semántica. Estas propiedades fungen como categorías y grados semánticos. A la significación y la suposición se suman propiedades más específicas como la apelación, la distribución, la restricción, la ampliación, la alienación, la disminución y la analogía. De esta forma, en principio, distinciones como las que se plantean entre lo absoluto y lo connotativo, entre lo abstracto y lo concreto, entre lo unívoco y equívoco son de orden semántico. Pero, a su turno, dicho orden se amalgama con los otros dos.

De este modo, al definir la suposición como propiedad del término en la proposición se destaca ya el ordenamiento sintáctico en virtud del cual se enriquece la dimensión precedente: no se trata del análisis “atómico” de categoremas sino del análisis “molecular” que los integra. La suposición, al hacer estar al término por la cosa representada, es una categoría semántica (en cuanto permite discernir la verdad de las proposiciones a través de la referencia de sus términos) y sintáctica (en cuanto permite conocer la cuantificación de las proposiciones a través de sus términos). En este sentido, la cuantificación y la copulación son propiedades neta-mente sintácticas. Volveremos sobre este tema.

Lo importante es que queremos dar cuenta de la aplicación de las propiedades de los términos a distintos grados semánticos de lenguaje-objeto y metalenguaje; esto es, tomando como ejemplo la suposición, ésta se puede aplicar no sólo a la cosa como designatum, sino aun al término mismo. Y también, en la medida en que puede aplicarse para determinar la extensión del término, tiene una función sintáctica de cuantificación.

Por último, la pragmática escolástica encierra el programa de búsqueda de las correspondencias entre el uso de los signos y la comprensión (o conocimiento) de la realidad. Esto se ve en los signos de lenguaje. Ockham, entre otros, plantea el modo natural y el modo convencional como formas de utilización del signo lingüístico para referirse a lo real. Asimismo, a pesar de existir distintas clases de discurso, la atención se centra sobre el asertivo, propio de la lógica, para hacer confluir en él todos los tratados. Esa voluntad de llegar a las cosas a través del uso lingüístico se reflejó en la polémica ontológica y epistemológica del valor de los universales.

Para estudiar el uso de los términos en la adecuación-de o en la referencia-a la realidad se tomó en cuenta la intención del hablante, que es la parte propiamente pragmática de la filosofía del lenguaje de los escolásticos. La atención a dicha intención (lo que ahora se llama en la literatura en inglés el speaker’s meaning) se daba ya desde las exégesis, tanto en los comentarios bíblicos como en los comentarios a Aristóteles, en los que siempre se buscaba la intentio auctoris, el espíritu de la letra. En esta búsqueda, en la que los escolásticos medievales fueron tan avezados, la retórica revelaba elementos de pragmática.52

Una arquitectura de signos 

Todos reconocen en Ockham a un lógico virtuoso. No obstante, si bien nuestra pertinencia toca problemas lógicos lo hace en la medida en que coadyuven a la lectura del recorrido de la semiosis (en especial en lo relativo al concepto-signo). Por lo tanto, no se espere encontrar aquí un desarrollo exhaustivo de la lógica de nuestro autor.

Con todo, hay que reconocer que Ockham toma a su cargo la tradición escolástica combinando la genuina lógica aristotélica con la de Petrus Hispanus y llevando dicha combinación a un alto grado de perfección. Esta lógica es esencialmente formal. Establece un concepto claro de la implicación material y muchos teoremas del cálculo proposicional y funcional de la lógica moderna son ya conocidos en su forma verbal. Nosotros nos aproximaremos hasta las inmediaciones de la teoría de la verdad. No nos interesan los sesudos y complicados detalles de su fundamentación, sólo comprender que hay como una arquitectura lógico-semiótica que atraviesa y sostiene la construcción doctrinal de nuestro autor. Se trata de una columna vertebral, de un pattern o armazón que se erige como forma que será investida sucesivamente de contenidos teológicos, metafísicos, epistemológicos, psicológicos, éticos y políticos.

Una lógica del signo (o lógica-semiótica) ordena, organiza, articula, estructura estos temas o “materias” de tal manera que proceder a exponerlos sin comprender dicha lógica, sería algo así como “poner la carreta delante de los caballos”. En esta investigación nos constreñiremos al papel del concepto-signo natural como eje de dicha lógica en la problemática teórica del conocimiento.

De Andrés cuantifica la expresión “signo” en la lógica de Ockham para llegar a la comprobación de su irrebatible dominancia. La recurrencia de este término o de sus correspondientes: “Significare”, “Significans”, “Significatio”, “Significatum”, etc.; es tal que “apenas hay una página de su Summa Logicae donde estas palabras no aparezcan incluso repetidas veces.53 Esta iteración de ocurrencias dentro del proceso sintagmático de su gran síntesis lógica manifiesta, de modo gravitante, regularidades que organizan el discurso enunciado en ésta y en las demás obras: éste discurso aparece articulado teóricamente por categorías que aluden explícitamente a una semiosis en permanente actividad. Indudablemente, esta comprobación opera como criterio para la búsqueda de textos constitutivos de nuestro corpus de lectura, reflexión y análisis.

En pocos autores podemos decir con tanta seguridad que toda una filosofía está con-formada (o formada-con) una lógica de signos. La acción formal de los signos es investida con materias o contenidos de diversa índole. No nos corresponde abordar exhaustivamente estos contenidos, sino ordenarlos y enfocarlos de acuerdo a los niveles restringidos de la semiosis que aquí nos interesa: la del concepto-signo natural.

En otras palabras, no es difícil reconocer que, en la jerarquía de contenidos, el tema teológico está en la cúspide. De ese nivel supremo se desprende y entrama una temática metafísico-ontológica. Luego una epistemológico-gnoseológica que implica una psicología. Y, por último, a un nivel muy inferior, una temática gramática atendida muy de soslayo que podría tener connotaciones antropológicas. La tópica antropológica se extenderá luego y ascenderá de nivel en los escritos de la “segunda época” marcados por el fragor de la discusión ético-política.

Recordemos con De Muralt que “la razón del gran desarrollo de la lógica medieval se basa en el hecho reconocido de que la Edad Media es un tiempo “teológico”. Es comprensible que un pensamiento cuyo objeto principal, Dios, escapa a toda verificación experimental, establezca con mucha más precisión los desarrollos cognoscitivos, críticos y lógicos, que permitan aprehenderlo”.54

Pues bien, de acuerdo a la hipótesis semiótica propuesta, toda esta constelación temática está cruzada, de extremo a extremo, por una lógica de signos. Entonces, no apuntamos tanto a materias de contenido doctrinal como a niveles de organización formal de la acción de los signos: el sobrenatural, el natural y el convencional (para detenernos en el segundo en tanto bisagra).

Asistimos, pues, a una arquitectura entramada con signos. En esa gran construcción podremos reconocer y abordar niveles de actividad de la significación: la semiosis sobre-natural revelada por fe, la semiosis natural y mental, nivel intermedio del concepto-signo resultado de un despliegue pasional, intencional, suposicional y, finalmente, la semiosis convencional subordinada a la anterior y articulada mediante imposiciones, esto es, mediante palabras orales y escritas. En suma, ser, conocer y comunicar, en tanto categorías paradigmáticas, presentan al ser como individuo supósito del conocer y al conocer como presupuesto del comunicar. Así, conocer es hacer significar naturalmente como condición para la significación convencional ordenada a la comunicación. Las cosas son conocidas/significadas y el hacer comunicativo, en tanto exteriorización de lo significado entre hablantes y oyentes, es un hacer significar ad placitum.

Como podemos notar, esta arquitectónica se entrama con los objetivos mismos de nuestra investigación (cf. I.6).

Antecedentes polémicos

a) Pedro Abelardo.-

Jolivet aclara que la comparación de la doctrina de Abelardo con la de los nominalistas del siglo XIV es instructiva, a excepción de tres puntos: en primer lugar, con relación a la obra de Abelardo, no disponemos de un conjunto organizado sino más bien de elementos sueltos que se extraen de las Glosas o del Tratado de Lógica. Esto impide confrontar parte por parte las teorías mencionadas.

En segundo lugar, por la gran diferencia que separa los materiales de los que disponían y por las corrientes culturales en que se situaban o contra las que tomaban posición, las problemáticas de estos dos autores resultan muy distintas. Así, por ejemplo, la crítica ockhamista de los modis significandi no puede tener ningún correspondiente exacto en Abelardo.

En tercer lugar, a pesar de las diferencias expuestas, Abelardo y Ockham pertenecen a la misma edad de la cultura; tenían algunas lecturas comunes como el De Interpretatione (IIepì e pueveíaç) de Aristóteles, en cuyo primer capítulo se nota la correspondencia entre las palabras escritas o habladas, las ideas y las cosas. Esta es una autoridad que se podía interpretar pero no descuidar. No obstante, advierte Jolivet, que en este y otros puntos se podría recoger toda una serie de expresiones paralelas en los autores considerados y tener la (falsa) impresión de que estaban de acuerdo. Sucede que esta suerte de “rally filosófico” al que daba lugar la práctica medieval de las autoridades obligaba a su discurso a recorrer ciertos lugares marcados de antemano.55

Hechas estas aclaraciones se pueden desprender dos rasgos fundamentales de la teoría abelardiana del lenguaje:

a) Un punto de vista originario. Reiteramos, como intelectual del siglo XII, Abelardo es un teórico del Trivium, cuyas tres artes están representadas por su Gramática, lamentablemente desaparecida, la mayoría de sus Glosas y su Dialéctica; finalmente, sus Glosas sobre los Tópicos de Boecio. Entonces, pues, su manera de entender espontáneamente el lenguaje estará marcada a partir de su proximidad al grammaticus.

b) Su doctrina de la significación, aunque poco desarrollada, poco coherente y de problemática indecisa, está caracterizada por la recurrencia de una definición: significar es engendrar una idea, una intelección (generare intellectum). Como esta definición se remonta a Aristóteles se la encuentra también en Ockham pero, como veremos (cf. III.7), para éste resulta la última de las cuatro definiciones de la palabra significar, haciendo intervenir en las tres otras el concepto de suposición (supponere pro). Podemos sacar en claro que la significación se interpreta en Ockham en función de una lógica terminista, y en Abelardo en función de una semántica (o, más bien, de las premisas aún mal explicitadas de una semántica). De allí provienen, en este último, fórmulas y distinciones que perfilan una doctrina muy particular que Jolivet enumera y que aquí resumiremos:

1) En las Glosas de Milán el universal se define como un nombre: “sólo queda atribuir la universalidad únicamente a los nombres”.56 Lejos de hacer del lenguaje un mero instrumento, arbitrario y cómodo, del intelecto, Abelardo toma el lenguaje en su propia consistencia. Este punto de vista queda explicado luego de una comparación de los universales del dialéctico con los nomina appellativa del gramático y, después, de la constructio (cosa gramatical) con la praedicatio (cosa dialéctica).57

El universal es, pues, un nombre que tiene una doble función: por un lado, significa, nombrándolas, cosas diversas; por otro, constituye una intelección común en relación con esto. Esta tesis no puede concordar con las de Ockham: no se puede decir a la vez, con éste último, que la idea significa, y, con Abelardo, que significar es engendrar una idea; las teorías correspondientes de la intelección, o del concepto, deberán igualmente diferir. En este punto se puede ver con suma claridad el gesto de Ockham: desplaza el fundamento de la significación al ámbito del intelecto. Las tesis expuestas por De Andrés deben ser modificadas: no estamos tanto ante una lingüistificación del pensamiento como ante el reconocimiento de una (gnoseo)lógica-semiótica natural anterior a lo lingüístico en cuanto gramática convencional.58 Pero retomemos a Abelardo.

2) Pedro Abelardo no dice que el intelecto significa a la res. La intelección es una acción del alma que concierne a las cosas (pertinet ad res), que concibe una cosa (concipit rem), la tiene (tenet), la considera, la percibe (considerat, percipit); que se torna hacia una forma (in formam dirigitur).59 Pero son los nombres los que significan las cosas. Las maneras de significar, de las que habla en la Dialéctica se relacionan con palabras y/o con cosas que significan.60 Está claro que las intelecciones no son signos. Y aquí hay una profunda diferencia con los nominalistas del siglo XIV.

3) El lenguaje tiene dos aspectos: se relaciona a la vez con las cosas y con el pensamiento; inconcebible sin el conocimiento de las cosas, tiene también la función de transmitir. Signo a doble título, como expresión de lo real y como indicación a otro, la palabra sirve como instrumento a mediaciones múltiples.

“Los nombres y los verbos tienen una doble significación; una concierne a las cosas, la otra a las intelecciones. En efecto, significan las cosas constituyendo una intelección que les concierne, es decir, que tiende hacia una naturaleza, o una propiedad, que es suya. Se dice también que designan una intelección, que esta intelección pertenece al que pronuncia la palabra o al que la escucha. Pues se dice que la palabra significa la intelección del que habla porque la manifiesta a un oyente produciendo en él una intelección semejante”.61

Entonces, por un lado, las cosas son naturalmente anteriores a las intelec-ciones: “el que ha encontrado una palabra ha considerado en primer lugar la naturaleza de la cosa”; pero, por otro lado, “en cuanto a la causa que ha hecho imponer el nombre, se dice que la significación primera y esencial es la que apunta a la intelección: un nombre es dado a una cosa para que constituya una intelección”.62

El lenguaje no es un sistema de notaciones abstractas hechas para la lógica pura, sino un organismo vivo que estudian, además de la dialéctica, la gramática y la retórica.

Desde esta perspectiva, a pesar de las heterogeneidades de su doctrina y en la medida en que desborda el ámbito de las proposiciones declarativas, la teoría del lenguaje de Abelardo parece estar más próxima a los intereses semiolingüísticos. Como contraparte, Ockham, con su radical visión de lógico, proyecta el problema del signo a las esferas teológico-metafísica y epistemológico-gnoseológica.

En todo caso, señala Jolivet, las tesis de Abelardo anuncian la teoría de los modi significandi desarrollada por Pierre Hélie y los gramáticos especulativos a los que se opondrían los ockhamistas. En particular rescata un pasaje revelador: “Las mismas cosas son significadas por el nombre y por el verbo; así, él corre y la carrera significan una sola cosa. Pero el diferente modo de la concepción (diversus modus concipiendi) hace variar la intelección: aquí la carrera está designada en su ser, allí en su adjunción a un sujeto (hic in essentia cursus ostenditur, ibi in adjacentia); y con distinción del tiempo o no”.63

Por esta ruta se abrirá paso la distinción entre denotación (extensional) y connotación (intensional). Desde aquella perspectiva las dos frases se refieren a una sola cosa, desde ésta connotan de manera diversa.

4) La necesidad de la proposición reside en la significación (ya que la existencia misma de la proposición es transitoria). Pero la intelección que la proposición hace nacer es (también) transitoria. En lo que respecta a las cosas, éstas pueden ser destrudas sin que sea alterada la necesidad de la consecución lógica. (Abelardo toma como ejemplo: si est rosa, est flos). Lo que se designa con la proposición es “nada de nada”, nil omnino; no es “ni una cosa, ni muchas”.64 En la Dialéctica llegará a la conclusión de que la proposición dice de las relaciones recíprocas entre cosas, pero no de las cosas.65 Así, el nombre, como hemos visto, significa una intelección y una cosa; la proposición significa intelecciones, y la nada –pero una nada que es el lugar mismo de la necesidad lógica (recordemos que la causa de la imposición de un universal tampoco es una cosa)– es un estado, un esseesse hominem, por ejemplo.66 Concluimos que la proposición no deja de tener relación con las cosas: permite “aprehenderlas por el entendimiento”; pero no las significa, en el sentido preciso de la palabra.

5) El lenguaje abre un dominio especial, distinto del de las cosas y del de las intelecciones: las proposiciones tratan de las cosas constituyendo intelecciones. Lo enunciado por consecuencias o inferencias lógicas “está necesariamente en las cosas, pero no necesariamente es comprendido”;67 por lo tanto, el lenguaje, en la medida en que es correctamente utilizado, puede revelar conexiones reales de las que en principio no se tenía idea. Precisamente, el papel del razonamiento es hacer que estas conexiones surjan. En este sentido, el argumento no es ni intelección ni cosa. Es una proposición. La relación predicativa se considera más por las palabras de la proposición que por la existencia de la cosa: juicios tales como “Sócrates es Sócrates” y “Sócrates es hombre” son lógicamente diferentes aunque signifiquen la misma cosa existente. Esta observación, técnicamente lógica, prepara la teoría de la suppositio e implica que el lenguaje tiene y mantiene su propia esfera (cf. III.4 y III.5).

En las Glosas de Milán, después de la discusión sobre los universales se afirmaba ya lo anterior en una fórmula perfectamente clara que resume la concepción abelardiana del lenguaje: los universales significan “formas comunes” que no son cosas y que son también diferentes de las intelecciones; resulta entonces que, “además de la cosa y de la idea, surge en tercer lugar la significación de los nombres” (praeter rem et intellectum tertia exiit nominum significatio).68 Abelardo estaba consciente de enunciar aquí algo original, pues agrega en seguida: “aunque la autoridad no lo diga, no es, sin embargo, contrario a la razón”. Jolivet percibe en estos pasajes el nacimiento de una nueva forma de teoría del lenguaje que no se restringe a un estudio especial o técnico sino que adquiere los contornos de una filosofía que eleva el lenguaje a la dignidad del concepto y revela, en materia de las artes del trivium, estructuras originales en conexión con las de lo real. La hipótesis a la que llega Jolivet es que Abelardo es contemporáneo de Bernardo de Chartres y precursor, no de Ockham, sino de los gramáticos especulativos.

En el campo del lenguaje, las diferencias entre los dos grandes representantes del nominalismo medieval son numerosas e importantes: Ockham devuelve al espíritu el fenómeno original de la significación y distingue en el lenguaje lo que representa estas significaciones naturales y lo que, separándose, está privado para el filósofo de todo carácter esencial. Retomando la modificación de la tesis expuesta por De Andrés, no se puede tratar de una lingüistificación indiscriminada del pensamiento sino de una lingüistificación selectiva; es decir, de dominante lógica, no de dominante gramatical. Lo gramatical entra en lo que tiene de lógico y queda fuera en lo que tiene de específicamente gramatical.

Mientras tanto, en Abelardo, es el lenguaje en su totalidad el que significa, desemboca en las intelecciones y en las cosas de maneras diversas pero reales; así está fundado todo lo que está hecho de lenguaje, trátese tanto de un objeto de la gramática como de uno de la dialéctica. Aquí se ve el germen de las reflexiones sobre los modi significandi y sus relaciones con los modi intelligendi y los modi essendi. Entonces surge un problema: ¿en qué medida se pueden clasificar bajo un mismo título dos filosofías que difieren tanto en una región tan importante como la filosofía del lenguaje? O, en otros términos, ¿hasta qué punto pueden aproximar el nomi-nalismo de Abelardo y el de los ockhamistas?

Si bien uno y otro tienen una concepción rigurosa de la res: lo que subsiste en sí mismo de manera separada, esta similaridad con la que se oponen a diversos realismos, no basta. Sigue siendo formal. Gilson introduce un marco explicativo para comprender a Abelardo: desde la perspectiva de los hombres del siglo XII la ruta normal de acercamiento a la filosofía era la lógica puesto que era la única que prácticamente conocían. Pero, a su vez, antes de estudiar lógica, habían estudiado gramática de tal modo que la gramática era la ruta de acercamiento a la lógica. Y, ¿cuál es el objeto de la gramática? El lenguaje. Pero el lenguaje está hecho de palabras. El gramático las clasifica, define sus funciones, formula las leyes que determinan sus conexiones. La gramática, como ciencia especial, no admite más que palabras.

Cuando oigo la palabra “Juan” puedo imaginarme el rostro peculiar de esa persona que conozco; mi concepto tiene un objeto definido. Cuando oigo la palabra “hombre” sucede lo contrario: no puedo pensar en un individuo particular que represente a la naturaleza humana en su universalidad. Lo que entonces ocurre es, según las propias palabras de Abelardo, que “surge en mi entendimiento cierta figura que se refiere a los individuos humanos de modo que sea común a todos sin ser propia de ninguno”.69

Más allá del debate que aquí se abre (que no es exactamente nuestro tema) este marco explicativo de Gilson es el mismo que permite entender también, por ejemplo, el retrato que Jolivet hace de Bernardo de Chartres “igualmente sabio y famoso en gramática y en filosofía. Es conocida la página en que Juan de Salisbury relata la exposición, por Bernardo, de una teoría de los denominativa donde estas dos disciplinas se unen tan estrechamente que no se puede decir si su gramática es platónica o si su platonismo es gramatical. De Chartres a principios del siglo XII hasta París a fines del XIII el camino es tan largo que la grammatica se volvió “especulativa”, es decir, que la esencia del lenguaje aparece ahora como enteramente explicable por las fórmulas abstractas de la lógica y de la ontología; por lo menos, el lenguaje guarda aún una modalidad autónoma positiva”.70

b) La gramática especulativa.-

Luego de hacer un seguimiento histórico de la expresión modus significandi, Jolivet desprende progresivamente de la revisión de diversos autores una doctrina cuyos rasgos principales pueden reducirse a cinco puntos:

1) El significado de una palabra se distingue de su modo de significar. Antes de significar en singular o en plural, el sonido (vox) debe significar a secas. Allí se funda la distinción entre dictio y pars orationis aplicada por Tomas de Erfurt.71

2) El modo de significar, modus significandi, es un principio de construcción o de junción gramaticalmente correcto de las palabras en la frase. Dice Boecio de Dacia: congruitas causata ex modis significandi.72

3) Así, interviniendo tanto en el nivel semántico como en el sintáctico, el modus significandi es algo que pertenece a la pars orationis, definida por Juan de Dacia como compuesta por “el sonido, el significado y el modo de significar”;73 pero también es, según el mismo autor, como también lo será para Tomás de Erfurt, una propiedad de la cosa significada.74

4) En efecto, hay una correspondencia entre los modos de ser, los modos de conocer (modi intelligendi) y los modos de significar. Esta idea, surgida de Aristóteles (Peri hermeneias, 1), es común a estos autores y alcanza su más alto grado de refinamiento en Tomás de Erfurt: en cada una de las dos últimas esferas (conocer, significar), distingue un modus passivus, propiedad de la cosa, y un modus activus, ligado respectivamente a la intelección y a la vox; un juego de identidades reales y de distinciones formales permite articular entre ellos el ser, el pensamiento, el lenguaje.75

5) Como la significación y sus modos son paralelos al ser y al pensamiento, y a sus modos, existe una gramática general, constituida por las essentialia grammaticae, como claramente lo expresa Boecio de Dacia: “al ser las naturalezas de las cosas semejantes para todos, los modos de ser y los modos de conocer son semejantes en todos los que hablan lenguas diversas; por consiguiente, los modos de significar son semejantes y, también, los modos de construir y de hablar. Así, ‘toda la gramática que está en una lengua es semejante a la que está en otra lengua’; hay una sola gramática, así como hay una sola lógica”.76

En resumen: 1) el significado se distingue del modo de significar; 2) el modo de significar es un principio de correcta construcción gramatical; 3) el modis significandi pertenece a la pars orationis (sintaxis) y es, a la vez, una propiedad de la cosa significada (semántica); 4) hay una correspondencia entre los modos de ser, los modos de conocer y los modos de significar; 5) así como existe una lógica universal, también existe una gramática universal.

En estas tesis comunes a los teóricos de los modi significandi Jolivet distingue dos principios fundamentales:

a) El lenguaje es un sistema coherente regido por leyes precisas; no se debe olvidar que se trata de una grammatica speculativa, es decir, de una reflexión sobre la estructura del lenguaje tal como es analizada por los gramáticos clásicos;

b) Aunque las ideas son mediadoras entre las palabras y las cosas, las palabras significan las cosas. Así, el lenguaje constituye un campo que tiene su propia consistencia: más allá de la particularidad de las lenguas, está dotado al mismo tiempo de una universalidad que nace de su íntima conexión con el pensamiento y con el ser.

Observando la historia a grandes rasgos, Jolivet se percata de un proceso iniciado en el siglo XII (la explicación de este proceso coincide con el marco explicativo que ofrece Gilson para comprender a Abelardo y que vimos en el punto anterior): el grammaticus antiguo, a semejanza del semiótico actual, “se ocupaba tanto de la poesía como de las leyes de la morfología y la sintaxis; estaba, por función, atento a todo lo que constituye la realidad del lenguaje y a lo que allí se desarrolla. No era filósofo”.77

c) La postura nominalista del siglo XIV.-

Una vez reconstruida esta configuración general de los fundamentos de la gramática especulativa (teoría producida como una reflexión sobre la estructura del lenguaje tal como es analizada por los gramáticos latinos), Jolivet esboza, también a grandes rasgos, una teoría crítica y positiva del lenguaje extraída de autores como Johannes Aurifaber, Pedro d’Ailly, y por supuesto, Guillermo de Ockham. Advierte que, tal como lo hizo con los modistas, busca un sistema común de conceptos propio para individualizar una corriente doctrinal y, por lo tanto, no recoge los matices que hacen que estas concepciones difieran.

La crítica nominalista descansa en dos principios que se remontan al Doctor Invincibilis. El primero es una regla universal de método aplicada aquí al caso particular de la gramática: Pluralitas non est ponenda sine ratione cogente; sed non videtur quod sit aliqua ratio cogens78 (La pluralidad no ha de ponerse sin una razón obligatoria; pero aquí no parece que haya tal razón obligante [Traducción de O.Q.]). La navaja taja (“poda”) del lenguaje los modi significandi. El segundo principio es el postulado fundamental de una teoría de la significación radicalmente diferente de la precedente: significare vel consignificare non est ipsias vocis, sed ipsius intellectus per vocem (El significar o consignificar no está en las voces mismas sino en el entendimiento de lo mismo por la voz [Traducción de O.Q.]), como dice Aurifaber.79

Una vez planteada la distinción entre término escrito o emitido (terminus scriptus, terminus prolatus) que sólo significa por institución voluntaria y término concebido (terminus conceptus) o pasión del alma, que significa naturalmente todo lo que significa; Pedro d’Ailly dirá que “el concepto es el signo de la cosa”.80 La navaja hace que la relación de significación juegue solamente entre dos polos: el espíritu y la cosa. Suficiente. El lenguaje hablado y el lenguaje escrito no están suprimidos pero son reducidos a una suerte de suplemento, de simple comodidad: las palabras (voces) “son signos subordinados a los conceptos o intenciones del alma”. Se evidencia la concepción del lógico que sustrae al lenguaje esa “modalidad autónoma positiva” que le habían dado los autores de la grammatica speculativa.

Para el filósofo, la lógica ya no se contenta con estructurar la gramática, la reemplaza en lo que tiene de racional; lo que le es irreductible queda como residuo. Tanto lo que corresponde al sentido amplio de oratio como aquello que en la esfera del sentido estricto se relaciona con lo imperativo, imprecativo e interrogativo quedan como tarea para el gramático. El lógico se reserva las proposiciones declarativas en las que el lenguaje transparenta los estados del mundo tal como son para la experiencia. Las proposiciones que, como sabemos, son susceptibles de recibir predicaciones de verdad o falsedad son aquellas que estructuran y garantizan racionalmente el conocimiento. Una segunda restricción obedece al hecho de que, en la medida en que estas proposiciones declarativas son mentales, estructuran natural e internamente el conocimiento antes, por así decirlo, de la comunicación. El conocimiento opera naturalmente mediante proposiciones, esto nos conduce al primer rasgo relevante:

1) Ockham pone al lenguaje en el espíritu. Allí donde están los verba mentia de los que habla Agustín en el libro 15 del De Trinitate (al que Ockham hace referencia en el primer capítulo de la Summa Logicae y que es fundamental en nuestra investigación). Pero entonces, como el lenguaje no es una simple yuxtaposición de términos, las conexiones gramaticales deberán encontrarse también en el espíritu: “entre los términos mentales propiamente dichos, algunos significan naturalmente de manera nominal, y son naturalmente nombres; algunos significan naturalmente de manera verbal y son naturalmente verbos; así como para las otras partes del discurso... Además, tal nombre está naturalmente en nominativo, tal otro en genitivo, y así sucesivamente... De esto resulta que régimen y construcción convienen a los términos mentales propiamente dichos, y no por la acción de modos de significar que les serían agregados”.81

Esta “expropiación” se consuma en Ockham: intentionum animae quaedam sunt nomina, quaedam verba, quaedam sunt aliarum partium, quia quaedam sunt pronomina, quaedam adverbia, quaedam coniunctiones, quaedam praepo-sitiones82 (de las intenciones del alma algunas son nombres otras verbos y algunas son de otras partes porque algunas son pronombres, otras adverbios y otras conjunciones y preposiciones [Traducción de O.Q.]).

2) El análisis lógico del lenguaje hablado, comparado con el lenguaje mental, separará los elementos esenciales de los inesenciales. Un buen número de matices de significación de cuya teoría se ocupaba la grammatica speculativa serán eliminados. Jolivet remite, a propósito de este asunto a la Summa Logicae I, 3 de Ockham: “así como la multiplicación de los nombres sinónimos no fue encontrada en vista de una necesidad de la significación, sino en vista del adorno del discurso o por otra causa accidental análoga (pues todo lo que es significado por medio de nombres sinónimos puede ser expresado suficientemente por uno solo de ellos, y entonces ninguna multiplicidad de conceptos corresponde a esta pluralidad de sinónimos); también parece que la distinción entre los verbos vocales y los participios no ha sido encontrada por la necesidad de expresión; por ello parece que a los participios vocales no deben corresponder en el espíritu conceptos distintos. Se puede expresar la misma duda a propósito de los pronombres”.83

Estas distinciones y otras que señalaremos luego, quiebran el paralelismo de los tres órdenes de modos (essendi, intelligendi, significandi), que jugaban un papel tan grande en el gramático especulativo.

3) Esta distinción entre elementos esenciales e inesenciales es una consecuencia de la diferencia entre la significación natural (de los conceptos) y la institución voluntaria (de las palabras), esto es, entre lo regular y lo arbitrario. De esta manera un autor como Johannes Aurifaber confina los modi significandi al campo del intelecto. Encuentra dos sentidos a la expresión modus significandi. En el primer sentido es simplemente “el modo de actuar del intelecto”; en el segundo, sería “alguna cosa que el intelecto ha dejado en construcción, y por medio de la cual el sonido significa y saca el modo de su acción de significar y con-significar. En este sentido, se niega la existencia del modo de significar, por-que la palabra significa como resultado del solo uso y ejercicio, no por algu-na cosa que habría adquirido formal o subjetivamente”.84

De esta manera, comprueba Jolivet, también el lenguaje hablado es expulsado en gran parte al dominio de lo empírico, de las irregularidades ligadas al “uso y el ejercicio” (con toda la carga pragmática que estos términos conllevan).

4) El corolario de esta teoría será la separación de la lógica y de la gramática. Tanto el lógico como el gramático se ocupan de las partes del discurso (oratio), pero de maneras diferentes: el lógico, en cuanto este estudio parece común a toda lengua; no así el gramático, pues, si es latín, tendrá por objeto las construcciones propias de la lengua latina y si es griego, las que son propias de la lengua griega.85 Tanto la gramática general presupuesta por la doctrina de los modi significandi como el acuerdo entre lógica y gramática presupuesto por el paralelismo entre los modos de significar y de conocer, desaparecen. Lo expuesto en estos dos últimos puntos es suficiente para conferir al lenguaje una suerte de autonomía pero al precio de su universalidad; ya no es un dominio coherente en sí mismo y acordado a los del pensamiento y del ser; sólo estos dos son universales. Ese residuo exterior a la lógica que, en el lenguaje resulta de la institución arbitraria de las palabras, es el objeto propio de la gramática.

5) A causa de la importancia que tiene la crítica del realismo en la filosofía de Ockham, es conveniente señalar la relación estrecha entre la teoría de la significación y la del universal. Siendo el universal “un signo que puede predicarse de muchos sujetos”, se podrá distinguir, por un lado, un universal que lo es naturalmente, y que es una “intención del alma” (intentio animae); y por otro, “un universal por institución voluntaria”: “y así, el sonido emitido (vox prolata) es universal porque es un signo instituido voluntariamente para significar varios sujetos”.86

Por consiguiente, el universal natural es una intención del alma mientras que la palabra, si es universal, lo es sólo a título secundario.

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