lunes, 1 de marzo de 2010

Deleitarse en el hacer teórico















Existencia del complejo simbólico
Resquicios del trabajo intelectual

¿Cómo discutir la problemática del «señalamiento» (sus entidades lingüísticas existentes o no) y su valor instrumental respecto de la producción gnoseológica?


Bases de lo semiótico como un campo de trabajo intelectual
Por Pablo Pallas

Para iniciarte en un campo de asignatura como el de la «semiótica», quizá resulte conveniente formular algunas consideraciones de orden metodológico (i.e., quizá conviene previamente discutir el propio modo de existencia de los estudios que se resuelve emprender). Lo primero es, pues, intentar convencerte de participar diligentemente en esta plataforma de formación teórica. Hay que adentrarse en un abismo y, en efecto, algo así la persona humana solo lo hace o motivada por algún delirio o por obra de una pasión profunda. De una manera u otra, la cautela (en su sentido aristotélico) debe ser siempre nuestra inseparable sombra. Porque cuanto más avancemos hacia esa luz que es el Conocer, más se prolongará la proyección del trabajo propio. En la asignatura semiótica se te invita a que asumas tus contenidos formativos propios y discutas no a partir de la mera opinión sino, tal como ya nos lo previniesen los peripatéticos hace siglos, mediante fórmulas apodícticas. ¿Por qué? Porque la opinión o doxa, aunque connatural al deseo de ver mundos, es lo menos sustantivo de aquella persona humana que se recrea por la vía de la palinodia socrática en la actitud positiva. ¿Por qué? Porque su estructura explicativa no se resuelve en un lenguaje lógico o especializado -entendido como formulación de juicios- que habilite la construcción de conocimiento con valor de verdad. Una indagación apodíctica acerca de un objeto de interés, en cambio, implica dudar de la premura propia de cómo acaso saber algo, para, en cambio, asumir la existencia del otro y discutir, rebatir, escudriñar, conjeturar, i.e., finalmente, argumentar y justificar palmo a palmo lo que se afirma de manera autológica (en vez de meramente personológica). Y esto resulta así porque el sujeto de crítica recrea la transindividualidad de su saber-hacer enfrentando y dilucidando -respecto de sus circunstancias- las nematologías de la identidad que constituyen la tetradimensionalidad que inevitablemente se vive y donde la propia personalidad estáes. Por tanto, no nos desvanecemos en explicaciones sino en el ejercicio libre y pleno de la «inferencia» (i.e. de sus formas lógicas: abducción o retroducción, deducción e inducción) que no es otra cosa que desarrollar capacidades y habilidades teletécnicas para razonar, mediante el imprescindible uso del código escrito con que un asunto debe pues dictaminarse. Nuestros diálogos (los mundos de oralidad que provoquemos), así, resultarán siempre propedéuticos respecto de las razones que infiramos concluyentes, de ese logos (o «ensamblaje») que resolvamos mediante la experiencia-no-personal y las palabras con cosignificación de tiempo, mediante la necesaria confrontación de las ideas con la realidad. 

Hay una discriminación justa que es de orden pedagógico y que conviene exponerte: la asignatura semiótica es un campo de trabajo no concordante con el ejercicio o semiótico o semiológico en sí mismo (estos vocablos, además, se complican en lengua española por hallarse semánticamente ocupados; para la RAE lo semiótico es, en su tipo de definición lexicográfica, entre otras significaciones, parte de un campo médico que trata de las enfermedades en su diagnóstico y pronóstico, aunque también es de uso el concepto -distinto- de “semiología médica” para el reconocimiento de signos y síntomas, etc.). La vaguedad de lo que  se abarca y que no resuelve finalmente una definición teórica fue discutido en su oportunidad por diversos pensadores, entre los que destaca como requisito programático de asignatura R. BARTHES. Y es que un término, más que acotarse a su sola etimología (aunque así es como se realiza una definición nominal etimológica), a manera de lapsus orientativo, se interpreta respecto de i. alguna enunciación y contexto, ii. de la clave que en sí comprende y iii. de la dimensión correspondiente de pensamiento en que se halle particularizado (entonces un «diccionario», envuelto además en su propia doxografía, no resolverá mucho). Veamos, de manera cuodlibética, simplemente un caso burocráticamente asignable: la asignatura física que se enseña y se aprende en el secundario no se corresponde con la Física en tanto disciplina científica que ejercen con producciones α-operatorias sus respectivos especialistas. La asignatura semiótica, por tanto, no forma teóricamente para ejercerse o como semiótico, o semiólogo, o hermeneuta, o hermético, o sematólogo, o exégeta, etc. La asignatura propone prepararte para que constituyas la distancia metodológica existente entre un «comunicador» que se ejerce efectivamente opinando (o, en sentido pos-estructuralista, mediante alguna positividad) y un comunicólogo que investiga los atributos de lenguaje de ese hecho transaccional (en sus acciones y sucesos, al influjo de un fin) para ordenar de manera lógica aquellos intercambios mediante los que se organiza el conocimiento en producción. Ya con esto, así, es posible especificar además la finalidad de la asignatura semiótica respecto del equipo de estudio: lograr una formación eficaz para que tú mismo concretes, al igual que cada una y cada uno de tus colegas discentes, una «posición comunicológica» -i.e. criterios de relación- acerca del conglomerado de construcciones que se deban abarcar por ser significativas y automórficas (en términos matemáticos), respecto de alguna manifestación material especialmente terciogenérica. Esto implicará, asimismo, distinguir lo comunicativo de lo interpretativo, así como la existencia propiamente de los escopos posibles, según la realización del logos que los comprenda, en aquel ejercicio de descriptar y resolver que el sujeto institucionalizado emprenda -siendo, claro, etológicamente inteligente- y siendo además una manifestación viva y sustantiva del cosmos.   

Si bien hay que evitar el esquematismo a la hora de discutir la caracterización gnoseológica de un campo de trabajo, valga explicitar alguna que otra composición específica de términos acerca de «lo semiótico». Hay un abanico amplio de propuestas teóricas; en algunos casos se sostendrá que la semiótica (no en tanto asignatura o fórmula divulgadora de conocimiento que resulte dependiente de un estatuto pedagógico, sino como plataforma propiamente productora de logos) es una disciplina científica, en otros casos se dirá que es una disciplina no-científica, y, para algunos otros investigadores ni siquiera es una disciplina sino algún tipo de tradición interpretativa. Más allá de estas diferencias, en la asignatura se desarrollan las temáticas semióticas a partir de lo que podremos denominar inquietudes del sujeto de trabajo con su profesión. Esto quiere decir que a partir de lo semiótico, sin duda, se filosofará (no acerca de todo lo identificable como «signo» sino, preferentemente, respecto de aquellas expresiones que resulten comprendidas como manifestación transaccional de lenguaje, o de cognición, o de lógica). Se discute la composición histórica de aquel conocimiento que los teóricos proponen como semiótico o concerniente con éste y se discute por tanto, in medias res y no ex novo, su propia concreción de operaciones. De manera muy general, insisto, extremadamente general, es posible comprender que la semiótica y la semiología tratan acerca del desarrollo de la teoría general de los signos, en tanto objeto lisológico, aunque se abocan al logos en tanto campo(s) de estudio. Y los estudios de vexilología, de heráldica, de sigilografía, o de paisajismo, etc., se les emparentarían. La hermética por su parte es un campo especulativo en el que se analizan escrituras con el propósito de desarrollar un conocimiento para pocos. La hermenéutica se involucra también con el objeto-texto, o por considerarlo sagrado o inherente a una vivencia formativa, aunque, para ejercer en sus disposiciones una labor interpretativa universalista o para todos (siendo que algo así comprende, contemporáneamente, una discusión acerca de la teoría de la verdad). Otros campos, a su vez, ya de alguna manera nombrados, el de la exégesis comprendida como simbología bíblica (acerca de lo que hay variedad de materiales producidos; la Pontificia Comisión Bíblica ha elaborado La interpretación de la Biblia en la Iglesia, o El pueblo judío y sus Sagradas Escrituras en la Biblia cristiana, entre otros) o el de la sematología (especialmente viquiana) como correlato del logocentrismo, etc., no resultan pues de tratamiento explícito en la asignatura por razones de programa. 

En todas las multiformes novelaciones mediante las que se discute por tanto el objeto-signo lingüístico (o, al decir aristotélico en su opus lógico, las cosas -en tanto «letras»«sonidos»«verbos»- que son signos porque refieren a aquello de lo que tratan), resulta necesario anotar que de lo que se «habla» es de cómo inciden los señalamientos que origina el sujeto de expresiones, en su entorno, contorno y dintorno, institucionalizados, para identificarse en el estar y ser, i.e. para históricamente dominarse como realidad. En términos filogenéticos, hubo una inflexión cognitiva en los humanos por la que el sujeto operatorio raciomorfo en sus operaciones políticas e históricas no solo construye un objeto sino además que lo hace con consciencia del objeto como mi-objeto u objeto-para-mí. Y del que además relata su pertenencia por comprenderlo (mediante lo que J. ORTEGA y GASSET especificará como ensimismamiento). Ya esto nos permite iniciarnos en la problemática ontológica (aunque no necesariamente metafísica sino cartográfica) de qué es la semiótica, o de formular como interrogante una propuesta similar: ¿existe la semiótica o las entidades semióticas? Y junto con esa coyuntura vaga, ya es posible entonces discutir también si esos supuestos semióticos, en tanto existan como valor lingüístico, inciden o no en la construcción de un conocimiento con valor de verdad. Este ejercicio teórico es el que trasvasa todas las discusiones de todas las temáticas que se imparten en la asignatura. Por tanto, resta preguntarse: si estudio comunicología para ejercerla, ¿cuál es la sabiduría que para tal ejercicio me proporciona la asignatura?  Para responder esta cuestión dudosa, hay que recordar lo siguiente: la comunicología carece de estatuto de cientificidad y, más allá del trasfondo neo-oscurantista que manifiesta esa insuficiencia, ya el solo hecho de discutirse «cómo es que se hace para comprender» permite reconsiderar una y otra vez las fronteras entre los obrares poético-filosófico-científico que el positivismo mecanizó (aunque no es tampoco una opción simplemente confundirlos entre sí). Si bien la comunicología en el siglo XXI todavía no ha tenido a su propio Tales de Mileto que la arrebate de la «mítica» teórica, o de la hipotética delirante, y de su quietismo lisológico, las plataformas semióticas la han nutrido de esperanza filosófica (sin esa débil luminiscencia, ni siquiera habría oportunidad técnica y académica de descubrir alguna verdad respecto de lo comunicológico, como tampoco acerca del ejercicio comunicativo de lo institucional que todavía resulta incipiente y vulgar en sus postulaciones). 



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Reynoso - Relativismo lingüístico

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